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Análisis:A la parrilla

Mato, luego existo

Hablan en el informativo de la familiaridad y el refugio que ofrece Internet a los nazis, y cómo ellos, tan premonitorios y raciales, propagan el pedestre y belicoso mensaje "el que avisa no es traidor" en el caso de que la satánica democracia les prohíba algo tan democrático como manifestarse para reclamar eso tan anhelado por la civilizada gente de orden como que los negritos retornen a su casita africana, que es donde mejor estarán, y que la sangre occidental no se contamine con residuos tercermundistas.

Cuántas cosas inquietantes me estoy perdiendo por mi desconocimiento de Internet, por no saber navegar en el inaplazable aquí y ahora. Imagino que puede ser una fuente de sabiduría y de comunicación, algo aún más fascinante que los descubrimientos de la imprenta y del cine, pero me mosquea que las hazañas de todos los peligrosos tarados de este mundo y del otro alcancen su razón de ser gracias a la publicidad y la inmediatez que les regala Internet. Qué manía les ha dado con filmar su sordidez y hacerla pública a los psicópatas armados, sociópatas encantados de su condición, pederastas exhibicionistas, adolescentes sádicos, asesinables kamikazes del volante, talibanes especializados en degüello, revientamendigos, cazadores nocturnos de lo que consideran escoria homosexual, drogota, borracha, inmigrante. Y, por supuesto, esa repugnante oferta tiene mogollón de demanda. Ver hard core, esa perversión que antes salía carísima, ahora es gratis y sin necesidad de salir de casa.

Puestos a ver sangre y para cambiar, sería compensatorio que en ese carnaval de imágenes naturalistas observáramos cómo las víctimas ancestrales le vuelan los sesos a sus maltratadores maridos, o cómo una acorralada presa de los skinheads se revuelve en plan Eastwood y envía a criar malvas a los concienciados matones. Se merecen permiso de armas y una pensión vitalicia del Estado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de noviembre de 2007