Marcas de género
A propósito de las niñas que van con velo islámico a la escuela, Sol Gallego-Díaz se pregunta: "¿No deberíamos buscar, con inteligencia, una manera de ofrecer mayor resistencia, incluso legal? ¿Una forma de animar a las mujeres musulmanas que viven en nuestro país a combatir las tradiciones que fomentan la desigualdad?" (EL PAÍS, 12-10-07).
De entrada, resulta fácil sumarse a esta propuesta. Ahora bien, ¿por qué interesarse sólo en el combate contra las prácticas culturales o religiosas que discriminan a las mujeres en la comunidad musulmana? ¿Por qué no pensar también en cómo combatir las prácticas culturales que marcan a las mujeres en las sociedades occidentales? Por ejemplo, ¿no deberíamos buscar la forma de animar a miles de españolas a que dejen de ponerse esos zapatos de tacón alto que les machacan los pies, a que abandonen esas faldas estrechas que limitan su movilidad, a que no pierdan el tiempo embadurnándose la cara de maquillaje? ¿Por qué no pensamos cómo se podría evitar que cada vez más mujeres, y más jóvenes, se metan en el quirófano para aumentarse el pecho o hacerse una liposucción? En materia de imagen e indumentaria, las mujeres occidentales no estamos en condiciones de dar lecciones de igualdad a nadie.
Las marcas de género en Occidente, todas ellas signos de dominación (lo mismo que el hiyab), son actualmente muchas y variadas. Su uso es asumido por sus destinatarias mediante mecanismos de socialización mucho más eficaces que cualquier prescripción normativa, ya sea legal o religiosa. Millones de mujeres occidentales, sin necesidad de que nadie se lo imponga, se afanan en adaptar su imagen a las pautas estéticas que rigen actualmente para su género. Desde edades cada vez más tempranas, nuestras niñas y adolescentes se preocupan por estar guapas y sexies, siendo éste uno de los criterios fundamentales para su valoración dentro del grupo y, en consecuencia, también para su propia autoestima.
La vuelta al velo por parte de las mujeres musulmanas es, ciertamente, un factor de involución en materia de igualdad de género. Pero la hipersexualización actual de las sociedades occidentales también lo es. La dimensión alcanzada hoy por la objetualización sexual de las mujeres y la mercantilización del cuerpo femenino no tiene parangón en ninguna época histórica anterior.
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