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Necrológica:

Pedro Espinosa, pianista

Adalid de la música contemporánea, estrenó multitud de obras nuevas

Pedro Espinosa nació en Gáldar (Gran Canaria) en 1934. Se formó con Luis Prieto y Javier Alfonso, así como con Long, Cortot y Malkuzinski. Desde el principio de su carrera mostró una afinidad muy especial con el repertorio contemporáneo para piano, protagonizando estrenos absolutos de compositores españoles y siendo el primer intérprete español de mucha música de hoy. Víctima de una larga enfermedad, murió en Las Palmas el pasado día 10 de septiembre.

Con Pedro Espinosa desaparece uno de los pianistas españoles más importantes de su generación y, sin duda, el que de una manera más constante se dedicó a la música de nuestro tiempo. Estrenó en España la integral para piano de Berg, Webern y Schönberg, Pájaros exóticos de Olivier Messiaen, y las Sonatas 1 y 2 de Pierre Boulez, y fue protagonista de las primeras interpretaciones absolutas de piezas a él dedicadas de compositores como Tomás Marco, Antón García Abril, Carmelo Bernaola, Ramón Barce, Agustín González Acilu o Antón Larrauri, de modo que, sin su trabajo, no podríamos tener una visión cabal de la producción de toda una generación de autores españoles.

Pedro Espinosa se dio a conocer en un concierto celebrado en la Sociedad Filarmónica de Las Palmas el 16 de noviembre de 1949, es decir, cuando sólo tenía 15 años. La familia Del Castillo le procuró una beca para estudiar en el Conservatorio de Madrid -obtendría el Premio Extraordinario-, donde, con su maestro, el también canario Javier Alfonso, comenzaría su carrera de pianista especializado en estrenos con la Sonata para dos pianos y percusión de Béla Bartók, un compositor que en aquel entonces era recibido, todavía, con recelo por parte de los públicos de nuestro país. Su interés por el repertorio del siglo XX no se referiría sólo a la música más radical -recordemos sus estancias en Darmstadt- sino que también se centraría en compositores como Maurice Ravel -la Academia que lleva el nombre del autor francés le premiaría por su versión del Concierto para la mano izquierda. No en vano, se formó igualmente con Marguerite Long, experta en la obra del autor del Bolero. Tampoco hay que olvidar sus estudios con Alfred Cortot, Witold Malkuzinsky o Jean-Louis Steuerman y lo que ello supuso de apertura al gran repertorio. Igualmente gustaba de tocar la producción pianística del padre Donostia y de Federico Mompou, y sería un pionero en el redescubrimiento para el público español del exiliado Roberto Gerhard. También reservaría un lugar especial para músicos que con el tiempo han ido adquiriendo su verdadera importancia, como el padre Antonio Soler, y de otros a los que luego situaron en su verdadera importancia los intérpretes especializados en música antigua, como Antonio de Cabezón.

Generoso con los compositores de su tiempo, lo fue también con sus jóvenes discípulos, como Iván Martín, Sergio Alonso o Juan Francisco Parra, a los que formó y animó a través de diversos proyectos pedagógicos. Pero su figura descubridora de música y músicos no nos debe hacer perder de vista la realidad de su extraordinaria técnica, que se revelaba espectacular en las dificultades de las obras de Stockhausen -las Klavierstücken- o Charles Ives -la gigantesca Concord Sonata-. Su gran lección fue comprender que en todos esos casos se trata de músicas escritas en nuestro tiempo, por creadores que viven las mismas cosas que quienes los interpretan o los escuchan, y hacerlo desde una inquietud intelectual siempre alerta -llegó a intervenir en conferencias-concierto con Theodor W. Adorno-.

Nunca le agradeceremos bastante a Pedro Espinosa su dedicación y su entrega. Afortunadamente, su legado ha sido ya recogido, con inteligencia y sabiduría, por jóvenes pianistas que han consolidado ya una solvencia indiscutible en la creación contemporánea, como son Juan Carlos Garbayo o Alberto Rosado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de septiembre de 2007