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Crítica:

El amargo Grial ártico

Fergus Fleming traza en La conquista del Polo Norte, expedición a expedición, la historia del empeño por llegar a esa helada y misteriosa meta geográfica. La crónica definitiva de una de las aventuras más terribles y enloquecidas de la exploración, narrada con toda su épica y espanto, y con fino sentido del humor. Un libro apasionante y entretenidísimo

"¡Desgraciado! ¿También participáis de mi locura?". La exclamación y la pregunta se las lanza bajo el inmisericorde cielo ártico al ficticio explorador Robert Walton nada menos que Victor Frankenstein, que, en la novela de Mary Shelley, ve en el otro a un camarada tan imprudente como él, un hermano en la empresa de traspasar los límites impuestos al hombre por la naturaleza. Descubrir el Polo Norte, el amargo, inútil y gélido Grial ártico, al que la imaginación dotó de las más extrañas propiedades y configuraciones (recordemos el volcán del julesverniano capitán Hatteras o el abismal agujero de Symmes), fue durante siglos un empeño que parecía estar más allá de las capacidades humanas y a él se consagró en cuerpo y alma una variopinta legión de exploradores nutrida de valientes, locos, visionarios, ambiciosos y falsarios, un abigarrado conjunto como nunca se ha visto en la historia de la exploración y cuyo único común denominador es que todos lo pasaron francamente mal.

LA CONQUISTA DEL POLO NORTE

Fergus Fleming

Traducción de J. Beltrán Ferrer

Tusquets. Barcelona, 2007

508 páginas, 24 euros

Fergus Fleming -del que anteriormente ya pudimos leer la estupenda Barrow y sus hombres (RBA) sobre las exploraciones lanzadas por el secretario del almirantazgo británico John Barrow- brinda en La conquista del Polo Norte el relato definitivo sobre esa empresa trufada de heladas ordalías, de heroísmo y cobardía, de belleza y desesperación. Un libro entretenidísimo y apasionante en el que se documentan de manera inolvidable las expediciones a las sobrecogedoras regiones donde el hielo lucha con el hielo, hasta los esquimales lloran de miedo y hay que cortar la mantequilla con hacha. Un libro que sin dejar de comunicar toda la épica, el espanto y la sordidez, que son muchos, del pulso con los hielos hiperbóreos ("el espectro del canibalismo se cernía sobre el témpano", escribe Fleming al narrar el espeluznante viaje del capitán Tyson) está recorrido por un reconfortante sentido del humor. Así, en sus páginas, pasamos de las recurrentes marchas dantescas hasta a ¡73° bajo cero! sobre la traicionera costra ártica, del horror de la descripción de cómo el italiano Cagni, de la expedición del Stella Polaris del duque de los Abruzos, drena con una lanceta su propio dedo congelado, purulento y gangrenado (y luego se lo corta), o de enterarnos de que los oficiales de Kane mataron a los cachorros de sus perros para hacerse guantes, al entierro "con hondo pesar" de 36 litros de whisky Dewar's por Jackson en el cabo Flora, el incómodo estreñimiento de Hall (que se calentaba los pies en el seno desnudo de las esquimales) por beber demasiada sangre de foca, o el placer de Johanssen cuando pudo cambiarse de ropa interior por primera vez en cuatro meses.

El libro, lleno de impagables

anécdotas, se abre en la estela de la perdida expedición de sir John Franklin, desaparecida en 1845 y cuya búsqueda fue excusa para que otros exploradores bregaran en el hielo, y concluye con la llegada (la primera indiscutible, recalca Fleming) de Amundsen, Ellsworth y Nobile en el dirigible Norge al Polo en 1926 (el primer hombre que llegaría a pie a ese lugar atroz en que sólo se puede señalar hacia el sur sería el británico Wally Hebert en 1969). Entremedio, decenas de expediciones atrapadas en la banquisa con sus barcos, titánico empujar de trineos, la melancolía austrohúngara de Payer, la arrogancia de Peary, la impostura de Cook, la ocasión en que confundieron a Nansen con una morsa, motines, traiciones y hasta algún asesinato. Tantas muertes y sufrimientos para conquistar los 90° norte, donde no hay nada sino el mismo hielo por el que se habían arrastrado agónicamente los que pretendían llegar

... Una epopeya asombrosa, al cabo, sintetizada en la frase de Séneca grabada por Peary en una cabaña del Ártico: "Encuentra un camino o hazlo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de septiembre de 2007

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