Columna
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Atención al queso

Al abrigo de asuntos sin duda más graves ha pasado desapercibida la puesta en marcha de una de aquellas intolerables medidas que hace nada levantaron una auténtica polvareda con sólo ser anunciadas: el atuendo identitario de uso obligatorio que induciría la vesania disgregadora en los tiernos usuarios de las galescolas (los kinder gulag les llegó a llamar algún comentarista ocurrente). Los uniformes de intención excluyente resultaron ser unos mandilones normalitos en azul y blanco, los colores de la bandera gallega y también los de los babis de toda la vida, tan inocentes que bien podrían haber sido diseñados por Ágata Ruiz de la Prada. No es la única amenaza que ha dejado acechar en el horizonte de la infancia.

También se diluyó la campaña alertando contra los mensajes revolucionarios que propagaban de forma nada subrepticia las canciones del Xabarín entre la chavalada. Murió bajo el propio peso del sentido del ridículo o porque alguien cayó en la cuenta de que se habían creado y emitido en el apogeo de la era Fraga (la paranoia no respeta ideologías: en aquella época había quien sostenía que la figura del jabato-mascota televisiva era un homenaje subliminal al presidente de la Xunta, debido a un supuesto parecido entre las cabezas de ambos personajes). Aunque quizás reviva la furibunda polémica de los aspectos más indeseables del himno gallego, esos que lograron permanecer ocultos todo un siglo bajo el inocente disfraz de un abstruso coloquio interfloral, en lugar del habitual llamamiento a derramar generosa y voluntariamente la sangre propia o la de los vecinos.

Este fuego graneado no es nada nuevo, ni siquiera tiene relación con la campaña de lanzamiento de Rajoy como el Manuel Luque de la gobernabilidad ("busque, compare y etcétera"). En plena Transición, una revista tan comprometida con el progresismo como Cambio 16 (véase el paréntesis anterior sobre la prevalencia de la paranoia) criticaba que en la propaganda de una romería nacionalista en A Coruña el precio de la entrada se especificase en una extraña moneda llamada "peso", pero se advirtiese que las consumiciones había que abonarlas en metálico. "Si hace falta, se inventa una moneda, pero a la hora de la verdad las cosas hay que pagarlas en las españolas pesetas", concluía sarcástico el incisivo comentarista.

En la forma, este tipo de campañas forma parte de lo que escritor norteamericano David Foster Wallace, en su análisis sobre los medios neocon incluido en su libro Hablemos de langostas, define como "un tipo peculiar, moderno y muy popular de industria informativa que consigue disfrutar de la autoridad y de la influencia del periodismo sin las cargantes restricciones de la ecuanimidad, la objetividad y la responsabilidad que hacen que intentar decir la verdad sea una tarea tan aburrida para todo el que lo intenta". En el fondo, la intención última de este chaparrón de despropósitos es, ante todo, saciar la sed de agravios periféricos de determinados sectores de la sociedad española. Pero también la de actuar en Galicia como una lluvia fina que acabe provocando un corrimiento de tierras argumental. Se dicen tantas cosas tantas veces que -de nuevo Foster- "la verdad se vuelve una simple cuestión de perspectiva y de ideario".

Hay tantas verdades y se pueden situar en tantas posiciones que el punto de equilibro puede estar en cualquier lado. Tanto valor tiene una propuesta parlamentaria sobre el conocimiento del idioma gallego por parte de las fuerzas de seguridad como la inaudita contestación de que haga el pino el que la propone, a cargo de un representante de esas fuerzas de seguridad (que se supone que para ingresar en ellas ha tenido que demostrar más conocimientos y pasar más pruebas que la de desenvoltura verbal). Si es verdad que pretenden hacer desfiles de retoños que entonan "os booos e xeneroooosos" mientras gatean, lo mejor y lo ecuánime sería despojar al Himno de la letra, o cambiársela, o no cantarlo.

De todas formas, como el sentido arácnido de los detectores de enzimas disgregadoras parece estar fallando últimamente, no estaría de más alertarles de la sospechosa costumbre de que, en determinadas tabernas populares, la gente exija queso del país, vino del país... ¿Por qué del país? Yo de ellos, lo haría mirar. Una vez que te acostumbras, se echa de menos no estar bajo los focos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 12 de septiembre de 2007.

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