Crítica:POESÍACrítica
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Poesía y destino

La poesía del venezolano José Barroeta (Trujillo, 1942-Mérida, 2006) está ya delineada en su primer libro, Todos han muerto (1971), que da título a esta Poesía completa: su fraseología libre y precisa del ritmo psíquico, pautada por la evocación de los familiares muertos como cifra de la infancia y el origen perdidos, cercana a César Vallejo pero casi dando un rodeo por el mundo de fantasmas de Juan Rulfo: "La última vez que visité el pueblo, / Eglé me consolaba / y estaba segura, como yo, / de que habían muerto todos". Era poco más que un adolescente cuando lo escribió -a los diecisiete años participó en un recital con Pablo Neruda- y el aura de Rimbaud se inscribe en él. Toda su obra formará parte del espectro simbolista y surrealista que se abrió en Venezuela tras la publicación de Elena y los elementos (1951), de Juan Sánchez Peláez. Sin embargo, la mezcla inestable de dolor y de risa ronca que hay en su verso, el intenso eclipse de subjetividad y materia que lo recorre, lo mantuvieron a salvo de la euforia adjetival en que, con frecuencia, incurrió la descendencia americana de la Nadja de Breton. El humor amargo está dilucidado en la concisa e inteligente "presentación" que Eugenio Montejo escribió para este libro. Y en la fórmula señalada por Víctor Bravo en el excelente prólogo: "El movimiento

TODOS HAN MUERTO. Poesía completa (1971-2006)

José Barroeta

Barcelona. Candaya, 2006

450 páginas. 22 euros

[característico de Barroeta] entre el orfismo y su parodia".

Fue acaso el último poeta maldito, ese que nunca dejó de pertenecer a la "pandilla de Lautréamont", tal como se denominaba el grupo caraqueño formado a principios de los sesenta. La misma historia de este libro acentúa ese viso de fatalidad: Todos han muerto iba a ser una selección de poemas espigados de los cinco libros que publicó hasta 1996. Pero en diciembre de 2005 al poeta le diagnosticaron una dolencia ya incurable. Consciente de que le quedaban pocos meses, trabajó en su última colección de poemas, Elegías y olvidos, y sus editores barceloneses decidieron transformar la antología en una obra completa. Fue el último episodio de una vida transcurrida en la ebriedad, la melancolía y la entrega a la poesía como destino irrenunciable: "Tú no perdonas a quien eriges", dice en El vicio, refiriéndose al mismo tiempo a todas esas "rutas inequívocas".

La figura de Ulises está pre

sente no tanto como el festejo del viaje a lo Kavafis sino como la búsqueda de un origen perdido en el mundo y que el poema puede atisbar: el poema, en efecto, es eso que sucede cuando "todos han muerto", en un espacio anterior o posterior al tiempo: "Mi madre Emilia Paolini, nieta de un italiano / aventado por hambre y destino / de la isla de Elba a los valles calientes de Trujillo", escribe. Es la ascendencia dolorosa e irrisoria del americano, del hijo de inmigrantes que parece nacido a un idioma más que a una tierra, o -mejor- a un perpetuo y complejo ejercicio de registrar la fricción entre un idioma y una tierra que no acaban de amoldarse. De ahí su intensidad, esa cadencia que, una vez leída parece destinada a resonar como un péndulo en el oído y la memoria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 24 de agosto de 2007.

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