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Crítica:

Almanaque vital

En El jazz en la boca, el poeta leonés Ildefonso Rodríguez recoge, en una especie de diario, sus reflexiones, sensaciones o intuiciones en torno a un tronco común: el arte y la vida. Poetas, músicos, imágenes y aforismos transitan por unas páginas concebidas para dar pie a otras ideas, como un improvisador de jazz.

"Dos prácticas artísticas, o gremiales, me han ocupado media vida: la escritura y la música, un saxofón, unos cuadernos (...) Cuando toco, cuando escribo, voy reuniendo lo esparcido. Esto es un almanaque". Así presenta el poeta Ildefonso Rodríguez este libro. Nacido en León en 1952, ha publicado hasta ahora siete libros de poemas en busca de la claridad que subyace en la experiencia de la poesía; en lo que a la música se refiere él es lo que en el jazz se conoce como un improvisador, es decir, quien parte de un tema y, apoyándose en las armonías, se interna, se pierde y se reencuentra; cuando escuchamos improvisaciones -dice- muy a menudo no reconocemos la canción hasta que, de pronto, ésta se reinstaura en un recodo de la memoria; se trata de "hacer que las palabras vean, que el oído vea lo que el ojo escucha". Música y escritura.

EL JAZZ EN LA BOCA

Ildefonso Rodríguez

Dossoles. Burgos, 2007

216 páginas. 20 euros

El jazz en la boca es una especie de diario que recoge reflexiones, sensaciones, intuiciones, proposiciones ceñidas al arte y la vida. En el camino del ejercicio de la poesía y de la música, Ildefonso Rodríguez ha ido construyendo lo que él llama un almanaque, es decir, una colección de hojas que contienen de todo un poco, para que tanto él como el lector puedan vivir y mirar el paso de los días desde la experiencia artística. Son apuntes muy diversos aunque de tronco común y por ellos caminan músicos de jazz y no sólo de jazz, consideraciones vitales, revelaciones poéticas, imágenes, poetas, aforismos y hasta pequeños ensayos, que siguen el ritmo de los días. Tempo, tono y ritmo de los que participan no sólo el pensamiento sino también la memoria, la piel, la humedad, las lágrimas, el sabor, las voces, los olores, todo aquello, en fin, de lo que se compone la canción, sea música, sea palabra; y todo a través de lo que él llama una afinación personal, esa que es propia, única, del artista.

De pronto, por ejemplo, en

contramos un texto como éste: "Ritmos: bailan en parejas las palabras y llega alguien que viene de lejos. Es el baile comunal, llega la desconocida". He ahí el comienzo perfecto de un misterio, de un relato abierto a la imaginación. O bien la creación entendida como "crear espacio, niveles, profundidad, ángulos". O la precisión de una descripción sentida: "Ese temblor frío de Miles Davis cuando toca My old flame. O la ley de las correspondencias aplicada a un músico que escucha unas guajiras mientras pela unos espárragos verdes en la cocina y cuando horas más tarde su sabor llega a la boca la guajira regresa a su percepción: 'sentir el sabor, oír guajiras, un mismo hecho". Así está hecho este libro que no elude la extensión y profundidad de textos como los titulados El sonido de un símbolo o Número y neuma. No se debe leer de seguido y por eso hay que tenerlo a mano, como el bloque de hojas de un almanaque.

Y este libro es también un tratado diario de Estética.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de agosto de 2007

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