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Reportaje:GREGOR SAMSA | MIS PERSONAJES DE FICCIÓN

La cucaracha Kafka

Gregor Samsa narra cómo Kafka, tumbado en su cama, se va convirtiendo en un ser extraño con innumerables patas. La autora se mete en el caparazón del insecto para contar su propia génesis. Para hablar de su padre, deprimido, que ve con asco a su nuevo hijo. Nuria Amat nació en Barcelona y entre sus libros se encuentra 'El país del alma', que fue finalista del Premio Rómulo Gallegos, 'Reina de América' -que obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona- y 'Queen Cocaine', nominado para el Premio Literario Impac.

Yo, el miserable animal de la oscura habitación de al lado, soy un escritor llamado Kafka. Por mucho disfraz que quieran colocarme, soy el producto repulsivo de la desesperación anímica, del insomnio nocturno, de la angustia familiar y del desengaño amoroso. Soy el sueño de un escritor fracasado que para poder escribir mi vida decide hacerse el muerto.

Cuando Kafka se sentó a escribir mi historia lo primero que sintió, antes de dar con la primera línea, fue un abrumador deseo de vaciarse en mí, en una repugnante cucaracha, un escarabajo, cualquier clase de bicho inmundo, sin nombre específico, al que llamó Gregor Samsa. Yo le sugerí: "Llámame K". Pero lo que perseguía, al no precisar el tipo de insecto y darnos toda suerte de descripciones ambiguas, era confundirnos, y que nunca llegáramos a conocer el individuo que estaba tras de mis incontables patas. Un monstruo de caparazón parduzco y abombado, condenado al desprecio y a la desaparición. Imaginó que escribía mi corta vida de hombre fracasado y animal sin nombre, mientras, cansado de vivir, se encontraba en cama pensando en cómo zafarse del autoritarismo arbitrario de sus padres, las exigencias de su novia, el agobio que le producía la oficina. Deprimido, harto y sin poder decirlo, no consigue hacerse entender y decide quedarse acostado ignorando que para el mundo se está transformando en un monstruoso insecto.

Mi escritor insiste en no querer levantarse de la cama, pero yo, que camino como un escarabajo, lo hago por él

Fue el 17 de noviembre de 1912. Mi escritor no tenía ganas de levantarse. Hacía pocos días que la mujer amada le había dado alguna muestra de intimidad pero, luego, silencio absoluto. No respondía a sus llamadas. Si hoy no tenía noticias de ella, significaba que todo había terminado. Así que, como tantas otras veces desde que era niño, se había quedado en cama esperando esta decisión. Acostado de cara al techo, se distraía mirando sombras y paredes. Hacía frío. Éste fue el primer síntoma de nuestra unión. Su cuerpo se estaba transformando en el mío. Detrás de la puerta, los rutinarios ruidos familiares, el padre dando órdenes, la criada disparando sartenes y cucharas. La familia desayunaba sin él.

Horas antes, le había escrito a su novia: "Mientras estaba tumbado en la cama, he visto la imagen de un gran escarabajo, un abejarrón, o un ciervo volante, creo... De un escarabajo de gran tamaño, sí. Lo puse como si estuviera hibernando y apreté las patitas contra mi cuerpo abombado. Y susurro un corto número de palabras que son órdenes a mi triste cuerpo, parco y encorvado junto a mí. Pronto habré acabado, él se inclina, se marcha fugaz, y lo hará todo bien, mientras descanso". Era yo. Por supuesto.

Mi escritor insiste en no querer levantarse, pero yo, que camino como un escarabajo, lo hago por él. Por él, me enfrento a su familia, que me recibe con el horror de toparse con una bestia espantosa. Me pregunto si reconocen en mi caparazón, de tamaño de un metro, al doble de su hijo Gregor Samsa, que mi amo ha inventado para fastidiarles. Me hace trepar por techos y paredes. Me dota de voz profunda pero muda y por mucho que suplique me golpean e insultan. Debo esconderme debajo de la cama. ¿Para qué habré salido? ¿Puede una cucaracha defender a un hombre? Produzco un terrible asco a toda la familia, incluido a mi escritor, que a estas alturas ya me mira con los mismos ojos de sus parientes y considera mi relato de "excepcionalmente nauseabundo". Situación que me lleva a preguntarme si no seré yo el autor de la cucaracha Kafka. Mi personaje se cree él mismo un símbolo de la desesperación del animal condenado al mutismo y al eterno alejamiento. Duda de ser una persona. A Kafka, yo le era familiar desde hacía mucho tiempo, el padre le trataba como una pulga, la cocinera como una bestia, el aprendiz de la tienda familiar como un perro enfermo. Abandonado por su novia, se siente gusano venenoso. Y todo ello, por culpa de todos sus intentos de escribir. Soy el testigo mudo de una historia que ahora recupera su voz. Calificar a un escarabajo de hombre es un insulto humano. Pronto va a ser zarandeado y barrido por la escoba, dado que en su estar de cucaracha persiste en seguir escribiendo la vida de Franz Kafka.

-¿Muerto? -dijo la señora Samsa.

-Esto es lo que creo -contestó la criada. Y como prueba empujó todavía un buen trecho con la escoba el cadáver de Kafka.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de agosto de 2007