EL LIBRO DE LA SEMANA

Lo anhelado y lo visto

BUEN CONOCEDOR de España, la cual amó y recorrió profusamente como corresponsal, el italiano Edmundo de Amicis plasmó sus paisajes y gentes en un primer libro de viajes, España. Viaje durante el reinado de Don Amadeo I de Saboya. En él cuenta que al traspasar los muros del Serrallo fanariota, la primera impresión que tuvo fue semejante a la de enfrentarse a la inenarrable belleza de la Alhambra.

Estambul, sumida en un devenir babilónico, no representaba para De Amicis una ciudad, ya que "no trabaja, no piensa, no crea... fantasea a la sombra de sus mezquitas y deja hacer

... era algo mejor que una gran ciudad". Y razón no le faltaba, ya que Estambul son tres ciudades en una, una conglomeración de estratos griegos, romanos y asiáticos, un palimpsesto depositario del esplendor de las antiguas civilizaciones de la fabulosa era bizantina, un orbe plurinacional, un dilema irresoluble.

Como una odalisca sobre su sepulcro, Estambul se asienta sobre las ruinas de un pasado glorioso para escenificar un experimento desmesurado que aúna lo decadente con lo estrafalario, lo perenne con lo pasajero. Más sutil que el roce de un velo, más incisiva que la mirada de un eunuco, languidece desparramada, dejando que unos y otros beban de sus aguas a fin de quedar hechizados para siempre.

El escritor turco Orhan Pamuk, último Nobel de Literatura y autor del fascinante Estambul. Ciudad y recuerdos (Mondadori), dice que el libro de De Amicis es el más auténtico que se haya escrito sobre esta ciudad.

Lejos de coincidir cronológicamente, ambos convienen sin embargo en evocar con voz velada el perfil de una ciudad de dos dimensiones, la que quisieran poder haber visto y aquella que el destino les ha permitido contemplar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 27 de julio de 2007.

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