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Crónica:DON DE GENTES

Vuelve el hombre

Se ha impuesto el modelo masculino de James Gandolfini. A ese 'sex appeal' -mucho pelo, mucha carne, promesa de gruñido y mordisco- se han apuntado las mujeres. ¡Woooow!

"QUE SÍÍÍÍÍ, QUE SÍ, que vi el último capítulo de Los Soprano". Esto se lo respondo a dos lectores que, conociendo mi afición por la serie, me escribieron sorprendidos porque no haya dicho esta boca es mía al respecto. Me explico: ganas no me faltaron, pero una columnista, si es limpia y honrá, ha de estar pendiente de no repetir las columnas que escribieron otros columnistas, y el tema último capítulo de Los Soprano estaba megasobado. Por tanto, me contuve. Lo mismo me pasó con el asunto Woody, para el cual, lo digo sin ánimo de lucro, tenía una crónica tremenda, chispeante, de las que hacen época, titulada Bienvenido, Mr. Allen (con todo lo que ese título implica), pero me la pisaron y muy bien pisada Diego Galán y Ramón de España. Dejando a un lado el que servidora tenga vergüenza torera e intente no escribir sobre un material sobeteado, me daba pavor escribir sobre el final de la serie porque tuve una amarga experiencia que me marcó hará tres años, cuando se estrenó Match point. No sé cómo se me fue la olla y conté, cuando la película aún estaba en cartelera, que Scarlett Johanson muere. Como resultado, una fiel lectora de este periódico y fiel ex lectora mía me escribió una carta bomba: "¿Está contenta? Me paso la vida luchando contra esa gente que se empeña en contarte las películas de pe a pa, y ahora va usted, con sus manos limpias, y me jode una tarde de mi vida. Es usted una hija de puta. Yo la leía siempre. Hasta hoy". Con este precedente, ¿quién se atreve a hablar de finales? Porque todo parece indicar que el paso siguiente de esta lectora temperamental sería mandarme a casa unos sicarios para que me volvieran la boca del revés. Así que yo calladita, como una perra. Eso sí, voy a introducir algunos conceptos que no tienen nada que ver con el argumento en sí. Tengo la teoría de que Los Soprano ha generado, en el inconsciente erótico colectivo, un nuevo ideal como objeto de deseo: el hombre grande, bisóntico, que vuelve a casa lleno de secretos y que tiene el miembro dispuesto a satisfacer a las mujeres del mundo, a la santa y a las churris; el hombre que lleva una pistola en el bolsillo; el hombre que se cree italiano, aunque nunca haya estado en Italia, pero ha conservado milagrosamente los gestos de sus abuelos y una nostalgia por no se sabe qué; el engullidor de pasta, de canolis (que son como los piononos granadinos, pero cinco veces más grandes); el hombre de modales rudos en la mesa; el que se pone la servilleta para que el tomate no le manche la camisa impecable; el que va a misa, le da un beso a su señora a la salida y se larga a echar un quiqui con una periquita; el que hace donaciones a organizaciones solidarias; el que, como decía el poeta argentino Raúl González Tuñón cuando la madre se le muere, le pone luto a la guitarra. Esa clase de individuo, con semejante sex appeal, se ha impuesto. Es un gusto que comparten el mundo gay y el femenino. El mundo gay ya había dado un paso adelante, instituyendo la categoría de oso como canon de belleza. Oso, mucho pelo, mucha carne, promesa de gruñido y de mordisco. Nada de mariconadas. Gandolfini era, pues, la materialización de ese ideal. La cosa es que las mujeres se han apuntado, y los Gandolfini que encuentras por la calle lo saben y actúan en consecuencia. El otro día andaba yo con una amiga en una cafetería del Village tomando una limonada, una cosa muy de señoritas. A nuestro lado, dos terneros gandolfinianos engullían paninis como si fueran cacahuetes. Un Gandolfini me dijo: "¿Lo que hablan ustedes es italiano?". "No, no", le dije yo, "español". "Ah", me dice el tipo, "es que yo soy italiano y creía que ustedes hablaban italiano". Parece una conversación absurda, si no fuera porque una está ya acostumbrada: los descendientes de italianos están convencidos de que también lo son. Después de las presentaciones me cuentan que son policías, vamos, detectives, de narcóticos, y que en ese momento están de servicio. Y yo digo: ¡venga ya! Y uno de ellos, para demostrarme que no mentía, va, se levanta la camiseta y me enseña la pistola, la pistola metida entre el pantalón vaquero y la espalda. Luego nos da la tarjeta, por si tenemos algún problema o por si otro día queremos tomar otra limonada. Campana, se apellida el tío. Tony Campana. ¿No es extraordinario? Tony me dice que podemos quedar un día y que él me cuenta historias. Tony dice que una novela con su poco de amor (eso lo pongo yo) y su dosis detectivesca (él) siempre funciona. El otro Gandolfini interviene: "Yo también soy artista, a mi manera. Tony, enséñale lo que te hice". Y Tony, el detective Campana, sin hacerse de rogar, se levanta y se vuelve a subir la camiseta, dejando no sólo la pistola al aire (lo cual impresiona), sino un prodigioso tatuaje de un tigre que le ocupa casi toda la espalda. Otras tías en la mesa de al lado dicen: "¡Woooow!". Y ese "woooow" va por el tatuaje, por la pipa y por el mismo Campana, que tiene su punto, tan enorme, gandolfiniano, y que por ende está atravesando el mejor momento de su vida. Está de moda. Nos levantamos, y Campana nos pide el teléfono. Algo a lo que sólo se atreven en esta ciudad estos italianos falsos que defienden su derecho al morro como un factor genético. Recuerdo ese momento de Uno de los nuestros, cuando ella dice: "Cuando me enseñó la pistola me puse cachonda". Yo no comparto el gusto. A mí, cuando me enseñan una pistola no me entran más que ganas de correr (y no en el sentido reflexivo del verbo).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de julio de 2007