Reportaje:4 | EL RELATO DEL 11-M

La investigación

El conserje Luis Garrudo regresa a su casa con los periódicos gratuitos bajo el brazo. Conecta la radio. Las noticias empiezan a torcerse hasta que el horror se hace insoportable.

Garrudo no se puede quitar de la cabeza la imagen de los hombres abrigados caminando hacia la estación. Pero se resiste a vincularla a lo que dice la radio. No sabe si llamar a la policía. Su desasosiego aumenta al tiempo que la cifra de muertos. Pese a todo...

-¿Y si son imaginaciones? ¿Y si son simples trabajadores y los meto en un lío? Pero, ¿y si el del gorro y la bufanda es un terrorista?

Una policía novata descubrió la bomba número 13 dejada por los terroristas en una bolsa de deporte
Díaz-Pintado dice que se habló de ETA, pero se descartó porque era extraño que hubiese metido a tantos terroristas en Madrid.
De la Morena recordó el consejo que le dio un comisario cuando él empezaba: entre detener y no detener, tú detén siempre. A la mañana siguiente, ordenó apresar a los dueños del bazar. Bajo arresto, los indios dieron el nombre: Jamal Zougam
"Coloqué la mochila en tierra y el corazón se me puso a cien de pura adrenalina... Pensé en la muerte"

A las 10 y media de la mañana, ya no puede más. Aprovecha que el presidente de su comunidad de vecinos, un ferroviario jubilado llamado Luis del Moral, baja a la calle. Garrudo se lo cuenta todo. Salen al portal de la calle del Infantado y comprueban juntos que la furgoneta Kangoo sigue allí. Del Moral decide que hay que contárselo cuanto antes a la policía. Se acerca a la estación y se lo dice al primer agente que ve. Y acierta. Acierta de pleno. Acaba de poner a la policía en la pista correcta, en la primera pista correcta. Ha colocado en las manos de los investigadores el hilo del que tirar.

El subdirector Operativo de la Policía, Pedro Díaz-Pintado, se entera del atentado a las ocho de la mañana. Está en el aeropuerto de Barajas. Junto a él, su jefe inmediato, el director general de la Policía, Agustín Díaz de Mera. Los dos están a punto de embarcar en un vuelo hacia Asturias. Nada más conocerse la noticia de la primera explosión, ordenan a su chófer que los lleve a Atocha sin perder un segundo. Son de los primeros en llegar. De hecho, un policía de servicio que no los reconoce les pide sin contemplaciones que se marchen, que existe el peligro de una nueva explosión. Deciden montar la central de mando justo enfrente de la estación, en la sede del Ministerio de Agricultura. Hay un motivo principal. Desde allí pueden usar los teléfonos fijos. La zona está saturada y hace rato que los móviles han dejado de funcionar.

Díaz-Pintado tiene 63 años de edad y 40 de policía. Lo suficiente para saber que no hay nada como ver las cosas con los propios ojos. Sugiere a su superior desplazarse a los lugares de los hechos lo antes posible: a El Pozo, a Santa Eugenia.... Pero Díaz de Mera le responde que el ministro Ángel Acebes acaba de convocar una reunión en Interior y tienen que acudir ambos. Es allí donde se acuerda trasladar los cadáveres a los pabellones del recinto ferial Ifema. Tomada esa decisión, y una vez que se constata que toda la ciudad se está volcando en la ayuda de las víctimas, los policías empiezan a hacer su trabajo. Es la primera vez que se plantea una pregunta que se convertirá en santo y seña de los días que han de venir.

-¿Quién ha sido?

Lógicamente, al principio todo el mundo piensa en ETA. Díaz Pintado lo recuerda así:

-Se hablaba de ETA, claro que se hablaba de ETA. De un tiempo a esta parte, la banda estaba obsesionada con los trenes, aunque ya había cosas que no encajaban. Por ejemplo, la cantidad de bombas: 10 que habían explotado, dos que habían hecho estallar los artificieros. Para hacer eso se necesitaban una cantidad importante de terroristas, y era extraño que ETA hubiera metido a tanta gente en Madrid sin darnos cuenta.

Un inspector de la Policía Científica identifica los cadáveres de la estación de El Pozo. De pronto, recibe la orden de volver con su equipo a la base. Se entera de que en las dependencias de Canillas -la central de la policía- se está registrando la furgoneta Kangoo de la que le habían hablado por la mañana y a la que él no otorgó al principio demasiada importancia.

-En esos casos se reciben muchas llamadas, muchísimas personas que dicen que han visto algo... Lo cierto es que, sobre las dos de la tarde, nos avisan de que han encontrado en la furgoneta una cinta en árabe. Bajamos al garaje. Me metí en la furgoneta, comencé a registrarla, y debajo del asiento delantero vi una bolsa de basura azul. La cogí, la abrí, y vi que había unos detonadores. Diez detonadores. Ordené al momento que desalojaran el garaje donde estábamos, y que vinieran los especialistas de explosivos. Yo me llevé la cinta. Estaba obsesionado con esa cinta. No quería que se perdiese bajo ningún concepto. Hice una copia y pedí que la tradujeran de inmediato.

El hilo del que se empezó a tirar a las diez y media de la mañana sigue aguantando. La Policía Científica empieza a investigar el origen de los detonadores y encuentra restos de dinamita dentro de la bolsa de basura. Por si fuera poco, la cinta contiene salmos del Corán, de la sura La familia de Imrán, en la que se describe la batalla que libra el islam contra sus adversarios. Díaz-Pintado ha logrado por fin arrastrar a su jefe Díaz de Mera a las estaciones arrasadas. Se trasladan al Ifema para supervisar la identificación de cadáveres. El director del parque ferial les pregunta si han almorzado.

-Y como no había otro sitio -recuerda el subdirector de la Policía- fuimos a su despacho. Eran las tres y media de la tarde y estábamos allí, con unas coca-colas, unas cervezas y unas patatas fritas cuando recibo una llamada del comisario de la Policía Científica. Me contó el hallazgo de los detonadores.

En la policía las órdenes siempre van hacia abajo, pero las noticias suelen elegir el sentido inverso. Nada más enterarse Díaz de Mera del hallazgo, tiró de su teléfono móvil.

-Tengo que contárselo al ministro.

A las seis de la tarde de ese 11 de marzo, un grupo de policías novatos llega a la comisaría del Puente de Vallecas. Su superior les encarga una labor muy incómoda.

- Tenéis que ir a la estación de El Pozo.

Maletas, mochilas, bolsos de señora, carpetas, cazadoras, zapatos... Los efectos personales de los viajeros que han salido corriendo, de los heridos, de los muertos. Todo ha sido metido en bolsas de basura enormes. Los agentes de policía acercan las furgonetas a un agujero abierto en el muro de la estación por las bombas. Carga las bolsas y las llevan a la comisaría, pero allí les indican que se las lleven de nuevo. Nuevo destino: pabellones de Ifema. Las dejan allí, pero al regresar de vacío a la comisaría les ordenan que las vuelvan a traer de nuevo. Es una noche de locos. Son novatos y ni siquiera se les ocurre protestar. Noche cerrada. En la parte de atrás de las furgonetas que van y vienen por Madrid suenan una y otra vez los móviles de los heridos y de los muertos. Sus familiares les siguen llamando. Tantas horas después del atentado aún hay quien espera que alguien muy querido conteste al otro lado de la línea. Que diga hola, estoy bien, todo ha sido una pesadilla.

Las bolsas se apilan por fin en una habitación de la parte de atrás de la comisaría. Una agente, también recién salida de la academia, se incorpora en el turno de noche. Es su segundo día de trabajo. Le encargan algo todavía más penoso que recoger las bolsas del andén de El Pozo.

-Hicimos una relación de efectos. Entre otro compañero y yo. Yo sacaba las cosas de las bolsas de basura, se lo describía a mi compañero, y éste lo apuntaba en una lista en el ordenador. Un pantalón con la etiqueta de El Corte Inglés, un discman marca Aiwa, un CD de David Bisbal...

A las dos de la madrugada, Díaz-Pintado -el subdirector Operativo de la Policía- decide irse a la cama:

-Por experiencia sé que el día siguiente siempre es peor. Así que decidí descansar.

Y justo a esa hora, en Vallecas, la policía que cumple su segundo día de servicio extrae de una de las bolsas gigantes de basura una bolsa de deporte azul. La abre y saca un teléfono móvil.

-Lo levanté y vi que tenía unos cables metidos donde la batería que conectaban con un paquete como lleno de plastilina blanca. Pensé que era una bomba.

Y era una bomba. Una de las bombas que no habían explotado en el tren de El Pozo. La bomba número 13. Una bomba que estuvo paseándose por Madrid en la parte de atrás de una furgoneta de la policía.

La comisaría es desalojada. El subinspector Pedro y otros dos artificieros de guardia acuden a Vallecas. Pedro pide que le conduzcan a la habitación donde está la bolsa sospechosa. Luego ordena que lo dejen solo. Mete la mano en la gelatina. Se acerca el dedo a la nariz. Reconoce el olor a almendras amargas tan característico de la dinamita. Sale de la habitación y habla con sus dos compañeros. Deciden sacar la bomba de la comisaría. Intentar desactivarla allí dentro equivaldría a desalojar los edificios cercanos de madrugada y con una población aterrorizada, confusa, recién golpeada por el mayor atentado de la historia. Deciden jugársela, llevársela de allí e intentar desactivarla a cielo abierto. Una extraña caravana de tres coches atraviesa las calles de un Madrid desierto. El primero, un patrullero con el destello azul de las luces de gálibo, conducido por un policía que conoce el barrio. El segundo vehículo lo lleva Pedro. Lleva la bomba al lado. Circula a 100 metros de los demás.

-Así, si explotaba, sólo me cogía a mí.

Cierra la comitiva el coche oficial de los artificieros. Llegan al parque de Azorín. El artificiero Pedro saca la bomba y se adentra entre los árboles.

-Busqué el rincón más alejado de los edificios y coloqué la mochila en una zona de tierra, junto a una pradera de césped. El corazón se me puso a 100 de pura adrenalina. Pensé en la muerte, como pienso siempre, pero es un pensamiento que está ahí, que no te distrae. Era una noche cerrada. No se veía nada. Enseguida me di cuenta de que el teléfono de la bomba lo había montado un genio. Donde los terroristas de ETA necesitan tres pasos, allí estaba resuelto en uno. El teléfono estaba desconectado, era lo normal. Hay mucho misterio en torno a eso, pero tiene una explicación sencilla. Cuando tú quieres que el teléfono te despierte, le marcas una hora y luego lo apagas, para que nadie te llame mientras duermes. Los terroristas hicieron lo mismo. La bomba no funcionó porque los cables no estaban bien atados con cinta aislante. Cuando la desactivé, me sentí el tío más feliz del mundo.

A las cinco y media de la madrugada suena el móvil del subdirector Díaz-Pintado.

-Me avisan de que han desactivado una bomba, que el explosivo venía recubierto de una bolsa de basura igual a la encontrada en la furgoneta Kangoo.

Ya hay una prueba definitiva en la que apoyarse e investigar: un teléfono con una tarjeta. El hilo que encontró el portero y que el presidente de la comunidad de vecinos acercó a la policía es, definitivamente, el bueno.

Y sobre él se lanzan los especialistas de la policía. Por la tarde ya saben que el teléfono y la tarjeta se vendieron en un bazar de Alcorcón. Pero eso no sirve: hay que encontrar quién lo compró. El comisario general de Información, Jesús de La Morena, encarga a dos agentes que se desplacen al bazar. Los dos policías regresan, ya tarde, y comunican a su jefe que han fracasado, que los dueños, de nacionalidad india, no quieren colaborar.

De la Morena recordó esa noche el consejo que le dio un comisario cuando él empezaba:

-Entre detener y no detener, tú detén siempre.

A la mañana siguiente, el sábado 13 de marzo, De la Morena ordena a los dos policías que regresen a Alcorcón y que apresen a los dueños del bazar. Bajo arresto, los indios confiesan el nombre del comprador de un lote de tarjetas en el que estaba incluida la del teléfono móvil de la bomba que no estalló. En cuanto escucharon su nombre, supieron que habían acertado. El comprador era Jamal Zougam, el propietario del locutorio Nuevo Siglo, de Lavapiés. Su nombre figuraba desde hace tiempo en los archivos de la policía por radical.

-Ése es el momento clave -asegura De la Morena-. Ahí determinamos que la pista era la islamista. También que el comando era numeroso, que aún disponía de más explosivos, que podían estar dispuestos a suicidarse y que iban a volver a atacar. Y el tiempo jugaba en nuestra contra.

Jamal Zougam sale esposado de su locutorio del barrio madrileño de Lavapiés.
Jamal Zougam sale esposado de su locutorio del barrio madrileño de Lavapiés.CRISTÓBAL MANUEL

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