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Análisis:Debate de investidura

Mucho más de lo mismo

Que Francisco Camps leyera su discurso de investidura el mismo día que empezaban las rebajas no podía traer nada bueno. Y no lo trajo. Milagrosa Martínez llegó vestida de dominó, y, a tono con esa metáfora psicodélica, a los socialistas les daba la risa lisérgica como si no hubiesen sido arrollados por las urnas. Camps, henchido de sí mismo, bajó de las alturas, se deslizó sobre la alfombra como si se tratase de un tobogán histórico, hizo surf sobre el "caudal de confianza nunca recibido por nadie" y luego se consagró a la prosopopeya acrobática.

Pero cuando parecía levitar, sacó el botijo y el lastre del tiesto lo devolvió al suelo entre sostenidas ovaciones. Entonces echó mano de la caja de medallas y, aprovechando que el viento soplaba de atrás, volvió a hinchar el spinnaker: líderes, los mejores, incomparables, sin parangón, como nunca... Habló del valenciano, el himno y las tradiciones, y se puso rojo. Y en ese punto se metió a definir qué era el pasado y qué el futuro, incluso los conjugó en función de su interés.

Camps habló del valenciano, el himno y las tradiciones, y se puso rojo

Joan Ignasi Pla le replicó que tenía legitimidad, pero no carta blanca. Y le recriminó su discurso de buenos propósitos y pocas propuestas. Estuvo enérgico como si estuviera vivo, y vibrante como si no hubiera muerto en el vientre de la urna. Incluso le ofreció una bandeja de consensos hídricos, financieros e infraestructurales, aunque anunció una oposición dura e implacable en lo que perjudique los intereses generales.

Camps regresó a la Tierra para hurgar en las heridas de Pla y machacar escombros. Le espetó que era difícil comprender sus discursos y fijó en ello la causa del fracaso electoral socialista. Le exigió síes o noes como si el mundo fuera blanco o negro y fundamentó su propio éxito en esa "naturalidad". "Está claro como el agua que pedimos", aseveró en un despilfarro de creatividad. Insistió en los por ciertos y acusó a Pla de volver como si nada hubiese pasado, lo circunscribió al pasado y lo invitó a liderar el socialismo de los próximos años tragando todos los sapos de su repertorio. Y se le quedó mirando como si fuera Robert Mitchum, haciendo hincapié en sí mismo.

Pla repuso que Camps sí que seguía como siempre, con palabras grandilocuentes repetidas muchas veces y maniqueísmos simplistas. Y Camps le dijo que era una fuente de inseguridad jurídica y económica. Exhumó la moratoria, volvió con el botijo y desempolvó la traviesa del AVE de Aznar. Además, desde su peinado descapotable, dijo estar hasta la coronilla del presidente del Gobierno central. Y miró hacia el futuro aferrándose a sus convicciones del pasado.

Luego llegó Glòria Marcos con sus sandalias de clausura y Juan Cotino se largó porque estar allí era una doble herejía. Le puso letra a su cabreo y configuró un actual discurso de finales del XIX. Camps aprovechó para mandar SMS a los invitados y después volvió para subrayar las diferencias entre el pasado y el futuro con su recurrente juego de caricaturas sepultadoras.

Cuando ya estaba todo visto, Esteban González Pons se puso el traje funerario y salió con la pala a enterrar a los socialistas. El flamante portavoz hizo un discurso sin pepitas, pirotécnico y muy aplaudido por lo suyos. Realizó una exhibición de demagogia lírica con ataques al sistema de la izquierda, situándola en la nostalgia y la fantasía ideológica, lo que dibujó en la boca de Camps una sonrisita muy paternal mientras Serafín Castellano se ponía exangüe. Encima le puso un éxtasis de patrañas muy marca de la casa con petróleo y desaladoras, con lo que Rita Barberá hizo una mueca como si hubiese probado un rico postre. Pero Luis Díaz Alperi estaba sobando en el escaño como conclusión metafísica y fogueril, aunque llenaba el vacío perimetral dejado por Julio de España. Y en consonancia con lo que allí se había dicho, el viento tórrido de poniente barría la calle.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de junio de 2007