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Reportaje:

Blair en la hora del adiós

El próximo domingo, Tony Blair cederá a Gordon Brown el liderazgo laborista. Tres días después le entregará las llaves del 10 de Downing Street. En la hora del relevo, el novelista Martin Amis acompañó en mayo al primer ministro por Belfast, Washington, Irak y otros lugares. Éste es su retrato de un Blair crepuscular.

De pronto se me ocurre que el jefe del Gobierno de mi país es delegado de último curso de bachillerato

Bush cree que es muy ingenioso. Lleva seis años rodeado de gente que se parte de risa por cualquier tonteríaDisparos de mortero acaban de destruir un Toyota Landcruiser en el aparcamiento de la Embajada en Bagdad"Es 'Apocalipsis now' mezclado con Disneylandia", asegura un coronel de Estado Mayor

Un mandato viciado por la excesiva proximidad a Bush, que Neil Kinnock calificó de "trágica"

En Basora, Blair se quedó sin oxígeno. Parecía terriblemente poco informado, sin las palabras adecuadasHe hablado con Blair de persona a persona, pero, salvo momentos sueltos, uno nunca está a solas con él

Tony Blair escogió el laborismo, pero se reinventó como su antítesis. Es un mutanteTiene siete u ocho clases de sonrisa. Al repartir saludos, hacia el final, su sonrisa es un rictusEntrevistador: "Su legado principal será...". Los ojos azules de Blair parpadean y parecen quedarse en blanco

Amis: "También se envejece por dentro". Blair: "Uno no se vuelve más duro, se vuelve más tierno". Amis: "Pero usted está hecho de acero". Blair: "Mm... Blindado".

Bush y Blair caminan codo con codo hacia el Despacho Oval. El ambiente recuerda, quizá, a una academia futurista de poder en estado puro.

Tony se sube a su helicóptero Black Hawk. Yo subo a mi Cobra. Mientras volamos disparamos ráfagas para que los proyectiles más crédulos sigan su señal de calor.

"Cuando llegue el momento, seguramente me aferraré a la aldaba de la puerta. Pero hasta ahora estoy dispuesto a dejarlo marchar [el poder]".

El primer ministro tiene algo en común con los islamistas británicos: se salta los semáforos en rojo. Y no se pone el cinturón de seguridad.

Londres, N 1

NO ESTÁ MAL recorrer la ciudad en coche con Tony. El revestimiento de acero del vehículo, como señala el primer ministro, es de un espesor casi cómico; tanto, que el interior parece casi más de un Ford Focus que de un Jaguar, y hace falta tirar con toda la fuerza posible para cerrar la puerta. Pero la cierro y arrancamos. Los policías, encorvados, con sus bandas de color amarillo fosforescente, zumban a nuestro lado como avispas decididas para despejar el camino delante de nosotros. Prácticamente no tenemos que frenar ni una vez entre Downing Street y el Westway

[una vía rápida al norte de Hyde Park]. El poder se le acaba, pero todavía podemos disfrutar de este lujo durante un poco más de tiempo. Y sí, la verdad, está bastante bien recorrer la ciudad en coche con Tony.

El mejor instante se produce cuando nos aproximamos a Hyde Park Corner. En vez de rodear el arco, como todos esos pobres desgraciados, pasamos a través, en diagonal, por debajo del arco y la estatua neoclásica de la locura del poder (Apolo en su carro, con los cuatro caballos), y luego giramos a la derecha para dejar de lado un distrito postal tan de moda como Londres, N1. Hablamos del islamismo en Gran Bretaña, y Tony, cuando va de un sitio a otro, tiene una cosa en común con los islamistas británicos: suele saltarse los semáforos rojos. Los islamistas lo hacen para demostrar que desprecian las leyes del país en el que viven (y la razón). Tony lo hace para desbaratar los planes de los islamistas.

Me doy cuenta, de pronto, de que el primer ministro no lleva el cinturón de seguridad. Se lo indico con afecto y se encoge de hombros.

Se siente "avergonzado por las motos", dice. Me pregunto si el motivo de que Tony tenga un aspecto tan juvenil es ése: 10 años sin tener que sufrir atascos. Pero no siempre fue así. La escolta policial, como tantas otras cosas, es consecuencia del 11 de septiembre.

Edimburgo

ESTAMOS EN EL CORN EXCHANGE, el centro de conferencias en el que Tony va a criticar a los nacionalistas escoceses. Durante el rato de calma antes del discurso, se me acerca y dice: "Esta mañana me he quedado de piedra".

Claro, pienso, no me cabe la menor duda. Desde luego que ha tenido que quedarse de piedra. En la primera página de The Independent, una fotografía oscura (que da un aspecto acosado y aislado, sobre todo) y el gran titular, Blairak. "Un sondeo exclusivo revela que el 69% de los británicos cree que, cuando deje su cargo, su legado histórico será...". Pero, por supuesto, es una ingenuidad ridícula por mi parte pensar que eso es de lo que quiere hablar Tony. No va a ser él quien saque a relucir el tema. Ya se ocupan todos los demás habitantes de la tierra. No hay exageración posible: la persistencia sanguinaria y exasperante de la cuestión de Irak.

Nunca es demasiado temprano. Para mí, sí, pero no para él. Esta mañana, tras un largo discurso (con sesión de preguntas y respuestas) en el King's Fund sobre el Servicio Nacional de Salud, y luego la aparición televisiva, Tony acudió a una ruidosa celebración en el cuartel general de los laboristas, y no eran más que las ocho y media de la mañana. ¡Música disco en un aparato de música de color turquesa! ¡Café! ¡Té! La encuesta exclusiva de The Independent revelaba también que el 61% de los británicos cree que Blair ha sido un buen primer ministro, el 89% entre los seguidores del laborismo.

Blair escogió el laborismo, pero se reinventó como antítesis de él. Es un mutante: una especie de cristiano demócrata de clase media, alemán y norteamericano a la vez. En comparación con él, Gordon Brown es como el fish and chips y Woodbine. Pero el partido le adora: es el hombre que les salvó, les despertó y les proporcionó victorias arrolladoras.

En el Point Conference Centre de Edimburgo, durante otro momento tranquilo, Tony vuelve a acercarse y me dice: "¿A qué se ha dedicado hoy?". "Me he sentido protector respecto a mi primer ministro, ya que me lo pregunta". Nuestra relación, al menos por mi parte, se está volviendo lamentablemente coqueta. "No es la primera vez que sufre un revés en las elecciones parciales. Y en el Parlamento Europeo. Pero seguramente éste va a ser su primer... rechazo".

"No será mi primer rechazo. El 2004; 2002".

"Cheriegate. Era una basura, ¿verdad?".

"Una basura total. ¿Pero qué me dice usted?", me pregunta. "Cuando alguien critica sus libros, no deja que eso le deprima".

El primer ministro me ha confesado hace un rato que por la mañana, en televisión, le descolocó el contraste entre su rostro en el monitor y las imágenes luminosas y despreocupadas de 1997. "El proceso de envejecer en la pantalla", dice. No es un antes y un después como el de Abe Lincoln, el guapo pionero completamente consumido por la Guerra de Secesión. Ahora bien, se mire por donde se mire, 10 años es un periodo muy largo en política.

"También se envejece por dentro", le respondo. "Uno no se vuelve más duro. Se vuelve más tierno. Y vienen a la cabeza ciertas expresiones, como el trabajo de una vida". Sí, o el legado. "Pero usted está hecho de acero. Como su coche".

"Mm. Blindado".

El cuarto de estar

EL 10 DE DOWNING STREET, ancho, alto y profundo, parece un hotel rural amueblado como la sala de espera de un médico en Harley Street, con una mezcla de gente que va de un lado a otro. Después de superar a un portero que eructa discretamente, uno puede ver, por cada secretario que anda o corretea ("¿está todavía el primer ministro en su despacho?"), cada portavoz y cada tecnócrata que camina como en sueños, a un tipo que pasa tirando de un cubo de basura o de un carro de equipajes.

La sensación inmediata es de un ambiente claramente educado, tolerante y casi igualitario. "A Tony", me dice uno de los empleados, "se le da muy bien hacer que nadie se sienta menos importante". Al fin y al cabo, Downing Street está presidido por un hombre que responde a un diminutivo. Cosa que, en teoría, también pasaba con Ted Heath y Jim Callaghan, pero no con (por ejemplo) Dai Lloyd George, Andy Bonar Law, Stan Baldwin, Nev Chamberlain, Winnie Churchill, Hal Wilson ni, ya puestos, Tony Eden.

La Administración de Tony, dicen algunos, es un ejemplo de Gobierno "de sofá": los cauces normales de influencia se dejan bastante de lado, y el primer ministro confía en su círculo íntimo de subordinados y asesores de comunicación. En mayo y junio de 1997, se decidió que la regulación de los tipos de interés pasara a ser competencia del Banco de Inglaterra; cuando le dijeron a Tony que un cambio tan trascendental debía ser objeto de discusión en el Consejo de Ministros, él respondió: "No les importará. Haremos varias llamadas".

Hoy me dan acceso al cuarto de estar (el den) para contemplar la denocracia en acción. La discusión aborda el cambio climático y las conversaciones exploratorias para la creación de un "mercado del carbono". Tony escucha seis o siete opiniones ("Esos dos siguen poniéndose verdes... La canciller Merkel quiere un acuerdo... La reunión con los indios fue positiva... El japonés estaba muy sensible... El americano se mostró muy difícil") y luego presenta su conclusión: "Necesitamos dejar claro lo que significa para las empresas estadounidenses, que no van a filtrar contratos a los chinos. Lo solucionaré con él. Con Bush".

Luego subimos al Salón Blanco para un podcast con Bob Geldof sobre África; África, una obsesión desde hace un cuarto de siglo para Bob y un tema que entusiasma a Tony desde hace 10 años. Después bajamos a la gran mesa, en la que se ha convocado una reunión multinacional de obispos. Se ha dicho que el poder es una droga, un afrodisiaco, un "sucio veneno" (palabras de Máximo Gorki); también es, gran parte del tiempo, carcinogénicamente aburrido. Como todos los políticos, Tony tiene siete u ocho clases de sonrisas. Las números dos y tres van bien para los obispos. Cuando reparte saludos en una sala abarrotada, hacia el final, su sonrisa es un rictus, y los ojos se endurecen como piedras preciosas.

Lo que no ve el mundo es todo ese aburrimiento, el esfuerzo oculto de dosificar y contentar, poner buena cara y mostrarse alegre. Es lo que hace que la política siga siendo medianamente honrada e impide el proceso al que aludió antes Bob Geldof en el Salón Blanco: "Es ligeramente de mal gusto, ¿no? ¿Qué es lo que ha pasado? ¿La fama se ha politizado o la política se ha vuelto famosa?". Y surge la pregunta: ¿Qué será Tony cuando se retire? ¿Un ex político? "No", responde. "Seré un ex famoso".

Belfast

IR EN CARAVANA desde el aeropuerto George Best hasta el castillo de Stormont no es nada divertido, como siempre. A veces vamos a 110 kilómetros por hora, y la distancia de seguridad que nos separa del desastre es muy inferior a los setenta y tantos metros que recomiendan las normas sobre autopistas: es más bien de tres o cuatro metros. Los conductores están entrenados para no olvidarse de la visión periférica y concentrarse en el parachoques horrorosamente cercano del jeep que va delante. Es una obsesión que el pasajero pronto aprende a hacer suya.

Mientras la caravana recorre el kilómetro y medio de Stormont Road, se nos echan encima unas figuras agitadas, tremendamente hostiles, y el cordón pasa algunos momentos de apuro. ¿Son unos cuantos fanáticos y resentidos que exigen el regreso al periodo de los disturbios? No. Están aquí por Irak.

En el interior, Blair liquida unas cuantas entrevistas antes de las históricas palabras en el Gran Salón. Mientras tanto, yo dedico mi tiempo a analizar su acento, una mezcla anárquica de Durham, escuela privada de Edimburgo, Australia (desde que tenía un año hasta los cuatro) y la costa de Essex. "Wanted" suena "wantud", y "destructive" suena "destructuv". Cuando una palabra acaba en t, se la traga ("nok", en lugar de "not"), y hace una parada glotal en una palabra como "whatever": "wha'ever". Blair está hablando de las vacaciones de su niñez en Donegal y su primera "media" Guinness cuando, como era inevitable, el entrevistador dice: "Una última pregunta, primer ministro. Ésta es una gran victoria, pero da la impresión de que su principal legado será...". Los ojos azules de Blair parpadean un instante, y luego parecen quedarse en blanco.

Observo la ceremonia de juramento en la Asamblea a través de circuito cerrado, y es un espectáculo digno de verse. El fanatismo del viejo Paisley, todavía guapo a sus 80 años, y la naturalidad de Martin McGuinness, de Sinn Fein, el vivo retrato del profesor de Conrad, el exiguo megalomaniaco de El agente secreto cuyos "pensamientos acariciaban las imágenes de ruina y destrucción".

En el exterior, un recordatorio de las preocupaciones locales: "Nada de santuarios en Maze" [nombre de la famosa prisión situada a las afueras de Belfast] y "Justicia para los protestantes". Pero la mayor pancarta es la que proclama, con todas sus fuerzas: "El legado de Blair: 600.000 muertos en Irak. Y en la siguiente parada, una visita de cortesía al venerable diario The News Letter, se ve a una persona que forcejea en la calle con un policía sentado encima de ella y un perro policía que le ladra, y estas palabras: "Bliar

. Se busca, criminal de guerra".

Ted Kennedy dice que él lleva involucrado en este proceso [de paz en Irlanda del Norte] desde el Domingo Sangriento de 1972 (que fue el año sabático de Blair al acabar el bachillerato: en aquel entonces, era un Bee Gee loco por el terciopelo y con una guitarra que se llamaba Clarence). En el Domingo Sangriento murieron 13, y el número de muertos de todo aquel periodo es de unos 3.500, el equivalente a un mal mes en Irak. Más tarde, en Basora, Blair dirá a las tropas que la lucha en la que participan es "infinitamente más importante que Irlanda del norte", por la sencilla razón de que ayudará a construir "el futuro del mundo".

En el avión, durante una breve audiencia con el primer ministro, le digo que los acontecimientos del día, desde luego, son estimulantes, pero que también intimidan un poco. ¿Cuánto se tarda en evolucionar del terror a la política? ¿Puede imaginarse a los espíritus de Múqtada al Sáder y Abu Musab al Zarqaui mirándose en un futuro Parlamento iraquí con ojos sonrientes?

"Tiene que pasar", dice. "Algo así acabará por pasar".

Washington

SIT ROOM NO ES NINGUNA contracción rara de esas que les gusta hacer a los estadounidenses. Sit room es la forma abreviada de denominar la Situation Room, la sala de la Casa Blanca en la que se reúne el Gabinete de crisis, y en la que, esta mañana, Bush, Blair, Condi y Cheney celebran una videoconferencia con sus comandantes y embajadores en Irak. En cualquier momento veremos a los dos gobernantes caminando de manera cuidadosamente escenificada, codo con codo, hacia el Despacho Oval, para hablar allí, con otros participantes, sobre África, Irán y la "seguridad energética". El ambiente en estos pasillos, con los ayudantes, el servicio secreto y algún que otro político de paso, de cabello tan rígido como si fuera de caramelo o mazapán, no se parece a ninguna otra cosa. Recuerda, quizá, a una academia futurista de poder en estado puro.

El estilo no es propio de primer ministro, sino de presidente: la institución presidencial es objeto constante de honores y exaltación. Se nota al llegar a la verja de la Pennsylvania Avenue, en la que uno, armado de carnés de prensa (en plural), la chapa que certifica la pertenencia al grupo y un documento de identidad, tiene que enfrentarse a los ceñudos burócratas de turno, encarnaciones de un escepticismo asqueado. Todo el lugar desprende una tolerancia cero y la orgullosa tensión del protocolo más estricto. Lo más estadounidense se observa en la coreografía sostenida y el miedo a la espontaneidad. Pensándolo bien, sí que se parece a algo: a un plató de cine. Después de unos retrasos increíbles e innumerables falsas alarmas, además de varios ensayos que salen mal (con dobles), Harrison Ford y Jeremy Irons nos conceden 15 segundos, y volvemos a los retrasos, las falsas alarmas y los ensayos horribles.

Casi todo el mundo, desde los charlatanes semianalfabetos de la blogosfera ("¡Bueno! ¡Así que el perrito de Downing Street vuelve a escuchar el silbido de su amo!") hasta el rey Abdulá saudí (que ha empezado a criticar a Estados Unidos porque "no quiere que se le conozca como el Tony Blair árabe"), prácticamente todos están de acuerdo en que el mandato del primer ministro ha quedado viciado por su excesiva proximidad a George Bush, una relación que Neil Kinnock calificó de "trágica", y Jimmy Carter, de "abominable". El propio Blair, en mi opinión, fue asombrosamente sincero cuando, en una entrevista reciente en la NBC, dijo que "en cierto sentido... el primer ministro británico tiene la obligación de llevarse bien con el presidente de Estados Unidos". Una tradición que se remonta, con fluctuaciones, a Churchill y el final del peso imperial del Reino Unido. No podemos pretender que decir que no a Estados Unidos sea algo fácil y que no causaría fricciones. Una cosa es ser "uno de los miembros más importantes de la UE", y otra, ser lo que Clinton llamó "la única nación indispensable de la tierra".

Alcanzo clandestinamente a ver algo de esa disparidad en el Salón Roosevelt, mientras saboreo un caramelo de chocolate que me ha ofrecido graciosamente Karl Rove y aguardo a que Harrison y Jeremy rueden su próxima escena. Varios colaboradores del primer ministro comparan sus experiencias de viajes al extranjero con sus homólogos en el equipo del presidente. Cuando Blair va a algún sitio, cuenta con un séquito de 30 personas (más cinco guardaespaldas). Cuando Bush va a algún sitio, lleva un séquito de 800 (más 100 guardaespaldas); y, si visita dos países distintos en un mismo viaje, esa cifra asciende a 1.600; si son tres países, 2.400. Al llegar al país de destino, Blair utiliza el transporte que ponen a su disposición. Bush fleta un avión de carga para llevarse su propia limusina, su propia limusina de repuesto, sus propios camiones de combustible y sus propios helicópteros.

Bush y Blair intercambian sus adioses políticos en una rueda de prensa que ofrecen en la rosaleda de la Casa Blanca. El presidente está convencido de que es muy ingenioso (además de otras cosas), porque lleva seis años rodeado de gente que se parte de risa por cualquier tontería que dice. Pero hay que reconocer que, en este día, Bush está en plena forma, generoso y afectuoso, y se apresura a reconocer el sufrimiento político que ha ocasionado a su socio (necesariamente) menor. También hace un homenaje en clave a la "influencia" de Blair cuando menciona el calentamiento global ("un problema grave"), y se refiere en tono tolerante a la solución de dos Estados en Oriente Próximo.

Por su parte, el primer ministro vuelve a expresar con pasión su argumento fundamental: después del 11 de septiembre, Occidente no tenía más remedio que unirse contra un enemigo planetario, y él hizo lo que hizo porque pensó que era lo que correspondía. Mientras hablan los dos, se oyen los gritos lejanos de los manifestantes en Pennsylvania Avenue. Suena como si entre los arbustos, junto al estanque ornamental, hubiera un duende indignado, pero microscópico, que chilla todo lo que puede pero apenas logra hacerse oír por encima de los interminables maullidos de las cámaras.

Tras un acto de celebración en la Embajada británica (por Irlanda del Norte), nos organizan una caravana totalitaria para ir desde Massachusetts Avenue hasta la base aérea de Andrews. En cada cruce, en cada esquina, hay un coche patrulla que vigila la estela de Tony durante casi un kilómetro. Nosotros -nuestras limusinas, nuestro Rolls Royce, nuestra camioneta de las fuerzas especiales- cruzamos a toda velocidad por encima de autopistas despojadas de tráfico y llegamos a la pista para abordar el avión que va a llevarnos, vía Heathrow, hasta Kuwait.

Irak

MI APOYO A LA GUERRA, inexistente hasta que comenzó verdaderamente, no se ve demasiado estimulado cuando me coloco el chaleco de combate, de 10 kilos de peso (como si me preparase para un implacable examen con rayos X), y el casco y subo con dificultad a la parte trasera del Hércules C-130.

Esta mañana me despertaron a las 4.30; antes de salir, cogí: a) dos botellas de agua de un minibar lleno de cosas infantiles, como seven-ups y oranginas, y b) un rollo de papel higiénico del cuarto de baño. Mi desayuno también fue extraño, escaso de All Bran y café humeante. Nos reunimos en la entrada y fuimos al aeropuerto, en un humilde autocar, atravesando la tristeza casi artística de Kuwait City, una conurbación que parece haberse levantado sin ningún toque femenino, en la que los únicos colores son los comerciales, y las únicas curvas, las religiosas, bajo una siniestra neblina de polvo húmedo.

El interior del Hércules no tiene ninguna superficie lisa, es todo tripas: arpilleras, cables, tubos, cinchas. Peligro, aviso, aterrizaje de emergencia, amerizaje. Un soldado grita las instrucciones de supervivencia, pero no entiendo una sola palabra; por supuesto, ni el capitán nos informa periódicamente sobre las incidencias del vuelo ni tenemos ventanillas a nuestro alcance, de modo que la única forma de saber cómo vamos son las señales acústicas: unos resoplidos y chirridos fantásticos, como si estuviéramos en un relato de ciencia ficción sobre una nave de carga medio en ruinas que viaja por el vacío intergaláctico. Otra novedad es la dirección de la fuerza de la gravedad, que ejerce una presión lateral y le obliga a uno a plegarse hacia la derecha al despegar, y hacia la izquierda cuando el aparato comienza bruscamente su descenso.

Tony viaja en la cabina y, al llegar al aeropuerto de Bagdad, desciende impecablemente vestido con traje y corbata. En ningún momento, que yo haya visto, se ha molestado en ponerse esos auriculares que obligan a torcer el cuello, ni el chaleco antibalas con su antipático velcro. Y recuerdo el primer trayecto que hicimos juntos, en el que -en un entorno mucho más agradable- desdeñó el uso del cinturón de seguridad en su Jaguar blindado. ¿Será ésta la característica principal del primer ministro? Los demás, a estas alturas, estamos cubiertos de sudor y mugre. Tony cruza la pista como un personaje auténticamente excepcional, uno de los escogidos.

Ni que decir tiene que no hay ninguna caravana llamativa para recorrer la autopista de la muerte hasta Bagdad. Tony se sube a su Black Hawk; yo subo a mi Cobra y observo con despego fatalista al adolescente pelirrojo que rellena de cartuchos la ametralladora, montada sobre un trípode. Volamos bajo, justo por encima de los cables del telégrafo. A esta altura (me dicen), un misil no tendría tiempo de armarse antes de hacer impacto. El helicóptero recibiría el golpe, pero no explotaría. Mientras volamos, disparamos ráfagas para que los proyectiles más crédulos sigan su señal de calor en lugar de la nuestra. Si uno cierra los ojos, cree oír una música militar, pero atonal, como un tínitus.

Unos disparos de mortero acaban de destruir un Toyota Landcruiser en el aparcamiento de la Embajada británica, nuestra primera parada en la zona verde. Mientras Tony pasea su rictus de una persona a otra, yo hablo con Jackie, una mujer que trabaja en la Administración. "Ahora, todos los días recibimos proyectiles", explica. "Cuando estamos dentro, no hay problema, y si estamos fuera, tenemos estas unidades para ponernos a cubierto. Son una especie de cajas en las que se supone que hay que meterse cuando se oye la alarma, que suena cinco segundos antes. Es por el metal, por la metralla. Llevamos cinco o seis semanas recibiendo proyectiles. Cuando llevo una falda blanca, ni se me ocurre".

Vamos rápidamente en caravana a una conferencia de prensa en "el palacio", la residencia del primer ministro: grandes sofás, lámparas de araña con bordes dorados, rosas artificiales, luces artificiales. Al Maliki se acerca arrastrando los pies sobre la húmeda alfombra roja a saludar y besar al presidente Talabani, y los tres desaparecen tras la barrera de cámaras de televisión. Hay preguntas agresivas, y se pueden oír las débiles protestas de Blair y la voz de barítono de Talabani con su tono didáctico: progreso, mejora, las fuerzas de seguridad iraquíes, el diálogo con las tribus, la vía hacia Irán, unas conversaciones constructivas, el camino hacia delante... Seguimos hacia Maud House, el cuartel general de la Unidad de Apoyo británica, justo a tiempo para otra alerta. El general David Petraeus -con un aspecto que recuerda a Wolfowitz y una risa nerviosa y crispada- casi ni pestañea cuando suenan las sirenas.

"Es Apocalypse Now mezclado con Disneylandia": éste es el alegre veredicto de un coronel británico de Estado Mayor. Luego llega un interludio en el helipuerto (una especie de piscina de cemento gris vaciada, del tamaño de una manzana de casas), en el que tratamos de encontrar un lugar a la sombra para ordenar nuestro barullo de deprimentes impresiones.

A Blair le ha ocurrido un percance en Basora, en la base aérea, que es prácticamente lo único que queda de nuestras operaciones en el sur, puesto que la ciudad se ha abandonado a la atomización general: facciones chiíes, milicias tribales, bandas armadas. Había dado la mano varios centenares de veces en la cafetería (la antigua sala VIP) y había mantenido varios cientos de conversaciones de 10 segundos; había pronunciado un discurso razonablemente bueno, que fue razonablemente bien recibido. Blair se retiró a otra habitación para tener una sesión a puerta cerrada con el capellán, varios oficiales y unos 25 soldados jóvenes. Y sucedió algo.

Los más veteranos habían hablado del "lado oscuro y difícil" de los sucesos recientes en el campamento (pérdidas de miembros y de vidas), las experiencias transformadoras, cómo "estos jóvenes han tenido que crecer muy deprisa". Y cuando le llegó el turno a Blair, se quedó sin oxígeno. No sólo es que parecía estar terriblemente poco informado (sobre municiones, sobre proyectos, sobre tácticas). Es que no pudo encontrar la voz, la solemnidad, las palabras adecuadas para el tono apropiado. "Entonces, matamos a más de ellos, que ellos a nosotros... Volvéis a salir y les perseguís. Es genial...". El primer ministro parecía el hombre menos preparado de toda la sala. El menos preparado y el más joven.

Cuando se ha ido el primer ministro, me he quedado un rato más. Dos minutos después de su salida, se oye un estruendo que estremece la sala. "Todo el mundo sentado en el suelo", dice el oficial. Mientras nos agachamos, el joven cabo con el que estaba hablando me explica, sin hacer ni una pausa (hasta tal punto es rutina este tipo de interrupción), el poder de fuego del misil anticarro dirigido Tomahawk. Cuando nos dan luz verde, me despido de todas esas caras serias y preocupadas y nos vamos, dejándoles allí, en un desierto real y espiritual, bajo la gruesa capa blanquisucia de polvo y arena, como una gasa médica sucia que tapa la boca. Volvemos a subir al Hércules y nos atamos los cinturones para el vuelo de 30 minutos hasta Kuwait City.

De persona a persona

"AQUÍ DOWNING STREET, no hay nadie en casa", dice el chiste. "Por favor, deje un mensaje después del tono de superioridad moral". El tono de superioridad moral, que tanto indigna a sus detractores, no es algo a lo que Blair haya recurrido para redondear su panoplia de méritos. Es, como su religión, totalmente innato: si no estuviera presente, no habría nada más. Le han llamado maniqueo, han dicho que no ve más que luces y sombras, y que es un antinomio, que está convencido de que es un ser angélico y que lo que hace está bien por el mero hecho de que es él quien lo hace. Me da la impresión de que ése es el mecanismo al que se ha quedado reducido Blair en sus argumentos sobre Irak. Los ejércitos de las sombras están desplegados contra las fuerzas de la luz y no podemos permitirnos el lujo de perder. En mi opinión, las dos frases son totalmente ciertas. No podemos permitirnos el lujo de perder, pero vamos a perder, sin ninguna duda, en ese escenario escogido por la coalición.

En Irak he podido hablar una hora con él, de persona a persona. Aunque lo cierto es que, salvo en momentos sueltos, nunca está uno a solas con Tony Blair. Siempre está el fotógrafo, el documentalista, el ayudante con la grabadora. Está, además, el superyó profesional del primer ministro, precavido como nadie, permanentemente consciente de que la más ligera de sus palabras puede volverse contra él y acosarle como un Saturno cualquiera. En su caso no puede decirse que la imagen corresponda exactamente a la realidad: impone más físicamente, es más sensible y mucho más pícaro que el hombre al que vemos en público. Pero sí, con Blair, lo que dice es exactamente lo que oímos.

"¿Ha visto The Queen?", le pregunto. Estamos volando hacia Alemania en uno de los viejos Hawker-Siddeleys, un aparato lento, pedido en préstamo a la flota real. Recordemos que la reina es la jefa del Estado y que está terminando su undécimo mandato.

"Eh..., no".

Es un ejemplo, le digo, de cómo todo el mundo puede equivocarse en todo. Ver actuar a Helen Mirren siempre es un placer. Pero como Isabel es un desastre. Toda esa ironía, ese sentido del humor. Yo he hablado con la reina, unos 10 segundos, y es una auténtica vaquilla. ¿No cree?

"No voy a seguirle la corriente en eso", dice removiéndose en el asiento.

"Pero, usted. El actor le hace vivir. El brillo de la juventud. El brillo del poder. ¿Cómo es el poder? ¿Se sube a la cabeza?".

Sí, responde, pero la responsabilidad ayuda a tener los pies en la tierra. Uno tiene que ser capaz de arriesgarlo y dejar cierto margen al instinto. Tiene que afrontar la posibilidad de perderlo para poder utilizarlo.

"Esos autógrafos para mis hijas", le digo en el cuarto de estar de Downing Street mucho después, pero antes del viaje a Irak. "Firme en este cuaderno, nada más".

"Ah, no. Necesitamos papel oficial de primera categoría para esto".

"La pequeña quiere también su número de teléfono. Tiene siete años. No le quepa duda de que le llamará".

"Creo que está en el membrete. No. Sólo la dirección. Vamos a ver... ¿Fernanda?".

"Sí. Y la pequeña, Clio. Con i, no con e". No, nunca hay un respiro. "Clio", le explico, "la musa de la historia".

"... Clio. Ya está".

"¿Y cómo se encuentra ahora que está desvaneciéndose? Me refiero al poder".

"Hasta ahora, bien. Cuando llegue el día, seguramente me aferraré a la aldaba de la puerta. Pero hasta ahora, creo que estoy dispuesto a dejarlo marchar".

© Martin Amis, 2007. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de junio de 2007