Reportaje:LA ESPAÑA DE 2007 | LA DEMOCRACIA CUMPLE 30 AÑOS

Abrazados a la comunicación total

La revolución tecnológica ha marcado el gran cambio de la sociedad

Más allá de cualquier otro factor, la influencia más determinante en el cambio de la sociedad española -como en la escocesa o en la neozelandesa- se basa en el fenómeno de la comunicación total.

Somos diferentes porque la evolución tecnológica y cultural ha procurado instrumentos y experiencias desconocidas pero de todos modos si el proceso ha resultado turbador se debe, especialmente, a que las novedades las hemos conocido muchos y a la vez.

La escuela, la clínica, la religión, la política, la empresa de los años setenta, fueron objeto de profundas revisiones por mediación del pensamiento crítico. La educación, la sanidad, la ciencia, la creencia, acusan ahora conmociones por mediación de los media. Medios de comunicación total, baratos y gratuitos, visuales, textuales o sonoros, que han intervenido en la concepción de la naturaleza, la ciencia, la ética y la visión general del mundo.

Los adolescentes se enamoran, conspiran o enloquecen dentro de la constelación electrónica
Los media producen y desintegran la realidad con la misma celeridad que un 'fast food'
La circulación del arte, la música o la moda se corresponde con el imperio de la ligereza
Con el ordenador se trabaja en el tren, en el parque o en el hogar como en la oficina

Si, por ejemplo, se trata de la educación, la universidad o la escuela registran la peor etapa por razón del conocimiento paralelo e incompatible que los estudiantes reciben a partir de los media. Hasta hace poco el eje social giraba en torno al modelo juventud que impusieron los programas del sesentayocho. Ahora, sin embargo, el argumento conflictivo de mayor interés para padres y educadores, para creativos o policías, se ha desplazado hacia el enigmático panorama de la adolescencia.

Los nuevos adolescentes desconciertan a toda clase de autoridad y marcan una tendencia que, lejos de considerarse superficial, anuncia la veloz conformación de una sociedad en marcha. Contrariamente a los componentes de la Generación X -ahora en la treintena-, la actual generación entre los 12 y los 18 se comporta con desconocida actividad, agresividad y despecho de las ideas recibidas.

Se desenvuelven y expresan con las tecnologías de la comunicación y con ellas juegan, se enamoran, conspiran, se ensimisman o enloquecen. Su competencia avanza dentro de la constelación electrónica y casi todos sus lenguajes, deseos, vicios y virtudes, deben parte considerable de su diseño a los signos y significados de las pantallas.

A través del SMS se convocan, a través del móvil se compinchan y mediante el chat mantienen una trama de conexiones tanto menos perdurables como numerosas y poco sujetas a las convenciones. De hecho, entre la cosmología de adolescentes y la sociedad constituida ha cundido un abismo tan formidable que, a su lado, la guerra generacional de hace tres décadas parece un cómic.

¿La política? La política se presenta hoy ante ellos como el cuadro de una naturaleza muerta. La democracia de las urnas y los sagrados días de la votación reaparecen como escenas vetustas e inanes.

Los actuales profesionales de la política y sus partidos siguen comportándose como si no pasara nada aunque, más exactamente, colapsados por el estupor de lo que acaso está pasando. La COMUNICACIÓN TOTAL ha convertido los sistemas de representación vigentes en legados del pasado y, más pronto que tarde, todos los países adoptarán métodos que permitan una elección y evaluación continúa, como el mercado continuo, como el entretenimiento continuo, como el trabajo o el comercio abiertos las 24 horas, todos los días del año.

Ni el líder elegido podrá dar su cargo por supuesto durante el mastodóntico periodo de cuatro años ni se exigirán farragosos procedimientos para la destitución en los tiempos de la comunicación inmediata. La política conocida va cayendo en picado pero también Dios, el Sexo o el Otro de toda la vida. Ni el campo o la ciudad, ni el cine o el vídeo, ni el arte o el pecado, pueden resguardarse en la morosa esencia de los tiempos de Carrillo o Adolfo Suárez.

La política y sus profesionales constituían depósitos de esperanza social y se contemplaban como encarnaciones de la democracia adorada. Ahora, en cambio, estos personajes tienden menos a encarnar una idealización que un tejemaneje. Su decreciente estima puede atribuirse a su pérdida de calidad intelectual pero aún manteniendo la misma entidad de hace tres décadas es dudoso que hubieran resistido el desgaste de la comunicación permanente, la corrosiva luz de las cámaras.

Los media actúan como artefactos de acción y devastación. Producen y desintegran la realidad a gran velocidad, cocinan un producto y lo consumen con la misma celeridad que un fast food. Todas las categorías se han reciclados en la esfera orgánica de la COMUNICACIÓN TOTAL en cuyo ámbito absoluto se contempla en directo la pobreza y la opulencia, la futilidad de Paris Hilton o la gravedad de Saramago. Tanto la comedia como la tragedia, tanto el cinismo como la solidaridad, la injusticia o la epidemia se juegan decisivamente en los media.

Los medios omnipresentes, omnipotentes, han convertido en irrisorios a los nacionalismos, vistosas las fiestas locales, divertidas las diferencias, patéticas las proclamas contra el clima. Nada puede presentarse con solemnidad en un medio sin arriesgarse al peor ridículo.

La circulación de las culturas, del arte, la música o la moda, se corresponde con el imperio de la ligereza. El material debe ser liviano para ganar aprecio y circular sin trabas. Un maletín con teléfono móvil pesaba 7 kilos y costaba un millón de pesetas en los años 80, ahora ni pesa nada ni vale nada.

Pero, igualmente, el trabajo actual no requiere silencio, ni herramientas diferenciadas, ni lugar especializado. Se trabaja en el tren, en un parque, en el hogar o en el café, con el mismo estilo y material que en el bufete o en la oficina. Basta abrir el ordenador y el entorno se redecora según el tema de la pantalla.

Trabajamos o amamos, nos procuramos bonos o medicinas, se adquieren automóviles o se envían donaciones contra el paludismo, través de la COMUNICACIÓN TOTAL. Los medios, de acuerdo a las exigencias propias del relato audiovisual, han traducido el terrorismo en espectáculo para todos los públicos y la guerra en casos particulares. Con la misma inspiración, han transformado al vecindario real en entelequia y al habitante de países remotos en el prójimo del sueño cristiano.

Los accidentados y los campeones, la mujer maltratada y la niña secuestrada, el hombre que recibe el rostro de un desconocido y los siameses escindidos, han abandonado las páginas de sucesos para ocupar la portada del telediario. Con este sensacionalismo, la información llega tanto al palacio como a la casa del pueblo, menudea en las pantallas que nos guiñan, en los periódicos que nos regalan en los autobuses, en las esquinas o en los mercados. Los kioskos han pasado de ofrecer periódicos y revistas a vajillas y complementos mientras la noticia viene a buscarnos personalmente como si formara parte de un socorro elemental.

Ya no hay patanes perdidos en la paz de la aldea frente a ciudadanos instruidos de la civilización urbana. Los peones se arraciman ante la carrera de Fórmula 1 y todos se encarnizan por un penalti discutible antes que por el ignominioso funcionamiento de la Justicia tan lenta y acomodaticia que ha dejado de pertenecer a la verdad.

No es concebible la vida sin comunicación y no ya al estilo del posfranquismo en que comunicarse suponía implicarse, sino a la manera en que las comunicaciones equivalen a provisiones para existir sin más. La comunicación es vida.

La existencia española 30 años después de las primeras elecciones vira de la relación personal a la elección virtual, del cuerpo a cuerpo a lo digital. Entendiendo por digital no el simple cruce de mensajes útiles, sino de valores, músicas, imágenes, ponderaciones sobre el bien y el mal.

Hace 30 años, la televisión se juzgaba en buena medida como un mal cultural. Ahora, con tantos televisores como españoles, no es el televisor quien entra en casa sino el sujeto quien entra en el televisor. De hecho, nadie pudo imaginar que tantas familias modestas dispusieran de tantos programas donde reconciliarse con su padre cruel, una cuñada antipática o un enemigo ancestral.

El corazón tiene su sede en la televisión. Buena, mala, regular. Es impertinente referirse de este modo a un medio que ha hecho más por contentar a los enfermos que ninguna asociación de caridad o mucho más por denunciar el desorden del tercer mundo que todas las organizaciones revolucionarias juntas.

Finalmente, la televisión a fuerza de multiplicarse se ha convertido, como los viajes, los coches o las ropas, en un low cost vital. En realidad, cualquier forma de comunicación enlazada con la contigua conforma un flujo intangible y natural que se asemeja a los servicios comunes del agua, la electricidad o el gas. ¿Incomunicados? Ni siquiera en las cárceles o en los peores asilos falta el Google, Mujeres desesperadas y los spams matutinos sobre el e-mail.

Un joven descansa sobre una mesa durante la concentración de cibernautas Campus Party 2003 en Valencia.
Un joven descansa sobre una mesa durante la concentración de cibernautas Campus Party 2003 en Valencia.C. FRANCESC

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