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COLUMNA

Mercadillo

En el valle de Xaló de la Marina Alta, junto al Mediterráneo, se celebra cada sábado un mercadillo de segunda mano en el que se pueden comprar objetos raros, aunque no tan raros como son algunos de sus vendedores. Las hondonadas y laderas de ese valle, cubiertas de almendros y cerezos, poseen una luz semejante a la que impregna los cuadros de Matisse, un aire azul atemperado por los pedernales calcáreos del Montgó, al que se añaden algunas pinceladas de un rojo transparente cuando en mayo las cerezas ya han cuajado. El mercadillo sabático de Xaló esta vez estaba amenizado por una orquestina de búlgaros, un acordeón, dos trompetas, un violín y un saxofón, cinco músicos con bigotón y sombreros de fieltro marrón hasta las orejas, que tocaban valses primaverales de su tierra. Los tenderetes se extienden a la sombra de los plátanos al filo de una riera, y sobre las tablas hay relojes, microscopios, monedas, balanzas romanas, instrumentos quirúrgicos, todo un desecho de cacharros oxidados puestos a la venta. Los habitantes de este valle lo constituyen en buena parte nórdicos y anglosajones jubilados, que se extienden desnudos al sol de invierno hasta convertirse en sarmientos. En este mercadillo, algunos extranjeros sacan también a la venta algunos de sus objetos usados. Esta mañana un inglés muy circunspecto vendía sus viejas sandalias; un belga vendía un paraguas; un sueco vendía una mecedora rota; un suizo vendía un gramófono; un holandés vendía un destornillador y un largavistas. Estos objetos se exhibían sobre un paño a los pies de cada propietario, que esperaba al cliente sentado impávido fumando una pipa o leyendo el Daily Telegraph. Un alemán, con pinta de profesor de Heidelberg, se gana la vida como limpiabotas en el mercadillo de Xaló. Bajo los sones de la orquestina de búlgaros en ese momento el limpiabotas alemán, con el pelo de maíz híbrido, le estaba lustrando el calzado a un colombiano muy ahumado y no parecía haber entre ellos diferencia de raza, cultura ni religión. Uno permanecía de pie, apoyado contra un chopo con orgullo de gallo fino, y el otro, postrado ante sus botas de anca de potro, se aplicaba en darles betún y cepillo. Cerca un mendigo anglosajón de ojos azules pedía limosna. Tendía una mano en el aire y al mismo tiempo usaba la otra para hablar por el móvil. Tal vez el paraíso será como este valle: una luz de Matisse con una brisa de cerezas maduras, donde cualquiera podrá comprar un paraguas usado mientras tocan valses unos búlgaros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de junio de 2007