60º Festival de Cannes

Dramático Schnabel, trivial Tarantino

El regreso de dos pesos pesados del cine independiente y el ejercicio de estilo de Abel Ferrara

El tópico quiere que todas las personas, justo antes de morir, vean desfilar ante sus ojos y a una velocidad vertiginosa la película de su vida. Jean-Dominique Bauby vivió ese instante durante un año y dos meses, el tiempo que permaneció totalmente paralizado -sólo podía abrir y cerrar el párpado del ojo izquierdo- en un hospital del norte de Francia. Esos catorce meses le bastaron para escribir, al dictado de su parpadeo, un libro insólito y emocionante, L'scaphandre et le papillon. Ahora, Julian Schnabel ha convertido el libro en un filme homónimo y lo ha presentado en el Festival de Cannes.

Las faltas de 'gramática' de Schnabel carecen en esta ocasión de importancia
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¿Vitrina mundial o francesa?

Para el público español, la comparación con Mar adentro es inevitable. El papel que interpretara Javier Bardem ahora lo asume Mathieu Amalric. Y la diferencia entre ambos es la diferencia entre los dos filmes: lo que en Bardem es un meterse en la piel de los personajes a la manera del Actor's Studio, en Amalric es una aproximación menos sentida y más razonada. La película de Amenábar era muy clásica en su exposición, la de Schnabel es mucho más impresionista. Uno concibe los filmes plano a plano, el otro trazo a trazo.

Las dos anteriores películas de Julian Schnabel eran mucho menos convincentes que esta L'scaphandre et le papillon. Aquí las faltas de gramática de Schnabel carecen de importancia: la historia está contada desde el punto de vista de Jean-Dominique Bauby, es decir, desde un solo ojo que encuadra de manera caprichosa y enfoca si quiere. Lo que no deja de hacer nunca es oír y pensar, y el espectador tiene el privilegio de estar en la mente del protagonista.

El resultado del planteamiento de Schnabel es magnífico. Sin forzar el sentimentalismo, sabiendo colocar notas de humor o de irrisión en los momentos más dramáticos, el cineasta hace que se cree entre el espectador, Bauby y los personajes que rodean a éste, una extraordinaria empatía. La técnica de escritura de Bauby -una persona enviada por la editorial le deletrea el abecedario y él elige la letra correspondiente: un parpadeo equivale a sí, dos a no- se descubre como se descubre la progresión de nuevas relaciones. Las mujeres que rodean al protagonista -su esposa, la editora, la enfermera y, en el recuerdo, su amante- componen un cuadro positivo de lo que puede ser la bondad en acción. Bauby lo va comprendiendo y escribiendo. Durante 14 meses pudo reescribir su vida y sus sentimientos. Luego, le alcanzó la muerte.

Todo lo que tiene de dramático el filme de Schnabel lo tiene de trivial la nueva de Quentin Tarantino, Death proof. Es una película para ver con amigos, comiendo palomitas y comentando en voz alta las barbaridades de los diálogos. Es una película de cine al aire libre, concebida como pura diversión, un cruce entre la grosería despreocupada de Russ Meyer y la violencia metafórica de Punto límite cero, película de Richard Sarafian a la que Tarantino rinde homenaje explícito. Death proof propone dos duelos sucesivos entre dos grupos de mujeres y un asesino de las carreteras interpretado con una fuerte carga autoparódica por Kurt Russell. Al final asistimos a la que debe de ser la más larga, enloquecida y violenta persecución automovilística jamás filmada.

El filme tiene el aspecto casposo del cine popular de los años sesenta, la copia aparece rayada, hay saltos de color y luz, una simulación de cambios de bobina tan aproximativos como los de aquellos cines de programa doble y la banda sonora remite también a la época. Sólo los diálogos, mucho más crudos que los de entonces, nos recuerdan que estamos en el siglo XXI. El talento de Tarantino para la puesta en escena sigue intacto, la indigencia mental de sus propuestas va en aumento.

Algo parecido debiera decirse de Abel Ferrara. Su Go go tales, presentada fuera de competición, es un maravilloso ejercicio de estilo sobre una historia casi inexistente, de ésas que no sólo son viejas sino que se cuentan en dos minutos: unos tipos arruinados amañan un sorteo de lotería pero pierden el boleto ganador. Toda la acción transcurre en un club de strip-tease que tiene la particularidad de emplear chicas al borde de la anorexia, empezando por Lou Doillon. Ahí, bajo la batuta del empresario arruinado encarnado por Willem Dafoe, se da cita una galería de personajes que Ferrara va presentándonos con un ritmo y exactitud impecables. La película es sólo eso: puro ritmo, fabricado a base de movimientos de cámara, montaje y banda sonora.

Quentin Tarantino posa entre Rosario Dawson, Zoe Bell, Rose McGowan y Tracie Thoms (de izquierda a derecha).
Quentin Tarantino posa entre Rosario Dawson, Zoe Bell, Rose McGowan y Tracie Thoms (de izquierda a derecha).REUTERS
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