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Reportaje:

El mar detrás del hormigón y el alambre

El penal de El Dueso, que cumple 100 años, es como un pequeño pueblo. En la dictadura llegó a tener 3.000 presos, hoy son medio millar

Vivir en un lugar protegido por las marismas, un monte y la playa es un privilegio para casi todos los mortales. Si ese enclave, de más de 330.000 metros cuadrados, está cercado por un muro de hormigón y alambre, el placer se difumina. El encanto se pierde por completo si sabes que de ese lujoso paraje no vas a salir en dos, siete o quince años.

El centro penitenciario de El Dueso, en Santoña (Cantabria), es una de las cárceles más emblemáticas de España. La más bonita, si una prisión puede serlo. Hoy están de celebración. Se cumplen 100 años desde que un real decreto suprimiese definitivamente los presidios africanos y decidiese crear una penitenciaría en el barrio de El Dueso. Pero para muchos de los 403 internos que actualmente residen allí la efeméride no es motivo de alegría. "Prefiero no pensar en ningún cumpleaños, el paso del tiempo te hace recordar lo mucho que te queda aquí, aunque sean días", asegura un recluso que prefiere guardar el anonimato.

"Prefiero no pensar en cumpleaños, te hacen recordar lo que te queda aquí", dice un recluso

Muchos son los detalles que diferencian a este penal de otros. Hay algo que lo hace único: "El patio es tan grande que te da una pequeña sensación de libertad, puedes llegar a dar un paseo hasta de un kilómetro, algo impagable cuando estás encarcelado", cuenta López, el interno actual que más tiempo lleva en Santoña: once años.

El Dueso es como un pequeño pueblo. Con su zona residencial, industrial, educativa... Para llegar a cada dependencia los presos tienen que atravesar la calle Concepción Arenal o General Montesinos. Algunos, si quieren, pueden quedar en la Plaza de Europa para ir a clase. "La búsqueda de la normalización es clave para que los internos se sientan cómodos, que desconecten el tiempo que estén fuera de la celda", explica Pedro Hernando, actual subdirector de Regimen del penal y uno de los que mejor lo conoce. No en vano trabaja allí desde hace 36 años.

Adecuarse a los tiempos no ha sido fácil. Los años de la dictadura, en la que llegaron a juntarse más de 3.000 presos, constituyeron la etapa más difícil. Desde principios de los años ochenta, sin embargo, la cárcel se ha renovado notablemente. De los talleres de alpargatas y balones de fútbol se ha pasado al de revestimiento de vidrios y a la elaboración de diferenciales. La escasez de máquinas de escribir, por miedo a que los reclusos usasen los objetos punzantes, ha dejado paso a Internet. Sin correo electrónico, claro. El "rancho puro y duro" que comían hace no muchos años es historia. Ahora los internos de El Dueso son los únicos de España que pueden elegir entre dos primeros y dos segundos. Con menú especial para vegetarianos y musulmanes.

Las cosas han cambiado tan rápido que Hernando no concibe cosas del pasado. Como el olor que se percibía cuando paseaba por el recinto. Por aquel entonces los internos hacían sus necesidades en un orinal y lo vaciaban a la mañana siguiente. "Cuando llegaba a casa me obligaban a quitarme el uniforme por lo mal que olía", recuerda Hernando.

Los avances llegan a El Dueso, pero el perfil del recluso empeora. Presos y funcionarios con callo coinciden: "No existe el compañerismo de antaño, ahora los que entran son menos solidarios, más pasotas". Unos y otros culpan a la droga de este cambio. Primero fue la heroína y luego las pastillas. "La cárcel siempre ha sido un reflejo de la calle, y estamos pagando las consecuencias", advierte el director del centro, Carlos Fonfría. Un problema con difícil solución. El centro, en colaboración con una asociación antisida de Cantabria, puso en marcha en 2003 un programa de intercambio de jeringuillas "que marcha poco a poco".

El miércoles fue un típico día de primavera en Santoña. Algunos reclusos pasan la tarde en la escuela, otros en los talleres. Dos matan el tiempo tirados en el prado. Entre todos descata un grupo de cuatro. Miran la playa de Berria y el mar apoyados en una barandilla. La misma que delimita sus movimientos. De ahí no pueden pasar. Elías, un preso sobre el que pesa una condena "muy dura", en palabras del director de la cárcel, recuerda, ya dentro del módulo, "algo que no quiere que se olvide: no es nada grato vivir con gente que ha hecho tantas cosas malas o más que tú". Y añade: "Esta cárcel está muy bien, pero no es un hotel; el ver todos los días la playa, el mar, puede llegar a ser deprimente. Verlo ahí, tan lejos y tan cerca".

De Rivas Cherif a Rafi Escobedo

Por el penal de El Dueso ha pasado un puñado de personajes famosos. A mucha gente le vendrá a la mente la imagen de Imanol Arias interpretando a El Lute en Camina y Revienta. No en vano la prisión de Santoña fue la primera que pisó. 40 años después, aún guarda buen recuerdo de ella: "Ahí se tiene la ilusión de sentirse a ratos libre", cuenta.

Antes que El Lute, el dramaturgo Antonio Buero Vallejo ocupó la celda 142 del penal durante los tres años que permaneció en el centro, a principios de los años 40. El general Sanjurjo también cumplió condena en Santoña, desde 1932 hasta 1934, cuando fue amnistiado por Manuel Azaña.

Ramón Rubial, dirigente socialista, fue uno de los personajes relevantes que pasó más tiempo en El Dueso: nueve años hasta que fue excarcelado en 1956.

La mejor y la peor época de la historia del penal están ligadas, sin embargo, a dos nombres. Cipriano de Rivas Cherif, cuñado de Azaña y uno de los directores de escena pioneros en la España de comienzos del siglo XX, llevó el teatro a la cárcel. El Cuadro Artístico del Dueso consiguió sacar adelante una serie de obras como El alcalde de Zalamea o La leyenda de Don Juan.

La mancha negra de la prisión la puso el suicidio en 1988 de Rafi Escobedo, asesino de los marqueses de Urquijo. Durante más de un año compartió celda con Salva, que fue liberado tres meses antes de la muerte de Escobedo. Después de quebrantar cuatro veces su condena, Salva vuelve a estar en El Dueso. Asegura que iba a ayudar a fugarse a Rafi, al que había cogido cariño, aunque no tenían nada que ver. Le recuerda como "un tipo de un carácter muy voluble: de repente tenía una euforia de la leche como estaba llorando". Ricardo Rivas, subdirector de Seguridad de El Dueso, agrega: "El peso de ser quien era pudo con él. No se relacionaba apenas con nadie". Sólo con los funcionarios y con Salva, que se lamenta: "Rafi era muy depresivo, pero estoy convencido de que, si yo hubiese estado con él, no se hubiese suicidado".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de mayo de 2007

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