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Análisis:AGENDA GLOBAL | ECONOMÍA

El 'macguffin' de Mayo del 68

En junio, la tercera vuelta.

EN EL PENÚLTIMO MOMENTO, Sarkozy sacó un conejo de la chistera con el objetivo de mantener la superioridad en los sondeos frente a la socialista Ségolène Royal: una versión maniquea de lo que supuso Mayo del 68 para Francia y el resto de Europa. Nicolas Sarkozy, el ministro del Interior de un hombre como Jacques Chirac, que un día equiparó comunismo y liberalismo (tan "desastroso" es uno como otro, dijo), se atrevió a criticar el relativismo moral de las ideas sesentayochistas.

Como el maestro Hitchcock, el candidato de la derecha presentó un macguffin, un falso culpable, un pretexto, un rodeo, un espejismo, una coartada, una muleta con la que se atrae en el cine al espectador para contarle otra historia completamente diferente. Como si lo que ocurre en Francia, lo bueno y lo malo, fuese responsabilidad siempre de otros, no de él y de los equipos de Chirac que han gobernado los últimos años. Lo recordaba el periodista Joaquín Prieto en este mismo periódico (EL PAÍS del 29 de abril pasado): el presidente de Francia no es precisamente una figura decorativa. No depende del Parlamento ni se somete a sesiones de control, ni necesita votos de investidura, ni puede sufrir mociones de censura; quema a los Gobiernos cuando y como le conviene, sin que esto le afecte; está protegido de cualquier investigación judicial, nombra a todo el Gobierno, preside el órgano supremo de los jueces y supervisa personalmente tanto la política exterior como la de defensa, además de vigilar toda la acción del Ejecutivo, para lo cual asiste a los Consejos de Ministros. Algo tendrán que ver el poder de Chirac y sus ministros fuertes, como Sarkozy, en las teorías del declive que tanto hieren a Francia. Por ejemplo, en las opiniones mayoritarias de los ciudadanos respecto a la globalización (más del 60% opina que es una amenaza para las empresas y el empleo) o a la economía de mercado (sólo el 36% la apoya sin reservas).

Sarkozy habla del declive francés como si Chirac o él, ministro del Interior del primero, no tuvieran que ver con el mismo. Como si hubiera estado en la oposición. Sus críticas a Mayo del 68 son una coartada

Las críticas al sesentayochismo han sido aclamadas por parte de la derecha mediática española, tan acomplejada históricamente respecto a esos valores que otros atacan: siempre han preferido discutir sobre ideologías (representaciones falsas de la realidad) que sobre ideas, aunque haya sido por personas superpuestas. En el prólogo del libro de conversaciones con Sarkozy, que la FAES ha editado en España (La República, las religiones, la esperanza), Aznar ataca "a una izquierda relativista que añora el paraíso socialista que ocultaba el muro de Berlín". Aznar nunca decepciona.

Más discutible fue la presencia de algunos intelectuales franceses que antaño apoyaron Mayo del 68, en la tribuna del mitin desde la que se lanzaron las consignas exterminacionistas. Pero como demuestra Tony Judd en su estupendo estudio de reciente aparición (éste sí, auténticamente crítico) sobre la intelligentsia gala (Pasado imperfecto. Editorial Taurus), parte de los intelectuales franceses nunca son más fieles a su pasado que cuando rompen con él.

No corresponde ahora polemizar sobre las bondades de un movimiento que el año que viene cumplirá 40 años, muchas de cuyas conquistas son hoy derechos adquiridos de difícil regresión. El debate más bien está en cómo conseguir que Francia recupere los ritmos de crecimiento económico de los países europeos más dinámicos; que reduzca una tasa de desempleo (el 8,3%) que incorpora en su seno la realidad de que más del 21% de los jóvenes menores de 25 años está en paro y que este porcentaje supera el 44% en algunas de las periferias urbanas que protagonizaron las revueltas de hace un año; que la deuda pública, de más de un billón de euros, supera los porcentajes admitidos en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento con el que se han dotado todos los países que pertenecen a la zona euro, etcétera.

Discutamos de historia, pero también del presente y sus responsabilidades. Como escribió Montaigne, nadie está libre de decir sandeces, pero lo penoso es cuando se dicen de forma solemne.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de mayo de 2007