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Editorial:

El Congreso avisa

La aprobación por las dos cámaras del Congreso estadounidense de un presupuesto bélico para Irak de 124.000 millones de dólares, junto a un calendario de retirada que debe iniciarse este mismo año, representa el primer desafío articulado a la política presidencial en el país árabe invadido. Una política que, al margen de su contundente descalificación por la opinión pública, adquiere su más cabal dimensión catastrófica a la luz de aquella foto, de la que se van a cumplir cuatro años, en la que un Bush jubiloso anunciaba, en la cubierta del Abraham Lincoln, la misión cumplida del derrocamiento de Sadam Husein.

El dominio demócrata del Parlamento tras las elecciones de noviembre ha hecho posible el comienzo de una aproximación realista a Irak. Bush, como ya ha anunciado, ejercera su derecho constitucional de veto contra la propuesta legislativa que le enviarán las Cámaras quizá la semana próxima. Los resultados de las votaciones por representantes y senadores están muy lejos de las mayorías que se necesitan para anular un veto presidencial. Pero resulta evidente que la Casa Blanca y el Congreso tendrán que llegar a algún tipo de compromiso si quieren evitar que la cuestión iraquí acabe dinamitando el escenario político estadounidense. En su debate televisado del jueves, los ochos aspirantes demócratas a la presidencia coincidieron en la necesidad de sacar rápidamente las tropas de Irak.

Bush ha repetido en los últimos tiempos, como consecuencia del varapalo republicano de noviembre, que está aplicando en Bagdad políticas sustancialmente diferentes. Los hechos le desmienten. La estrategia presidencial sigue basándose en una aproximación militar a una situación que a estas alturas -como se desprende incluso de las comedidas palabras del máximo responsable sobre el terreno, general David Petraeus- Washington ya no está en condiciones de manejar. El Congreso ha exigido con sus votaciones el cambio de unos planes en los que ya nadie cree, salvo aparentemente el presidente y alguno de sus más estrechos colaboradores. La realidad es que el Gobierno iraquí apoyado por Bush, el del chií Al Maliki, lejos de representar una idea de unidad y reconciliación, es un poder divisivo y excluyente. Lejos de haber apaciguado la explosiva situación con que se encontró hace un año, la ha alimentado con su sectarismo étnico, político y religioso. Lo ilustran mejor que cualquier discurso las abrumadoras cifras de muertes violentas que puntean cada día la realidad del país árabe: ayer mismo la gran matanza de Kerbala.

Resulta obvio que los más de 150.000 soldados de EE UU no van a permanecer en misiones de combate en Irak por mucho tiempo. El Congreso ha dado vía libre a un imprescindible debate sobre cómo comenzar a zafarse con dignidad de esa losa formidable y a la vez con el menor costo posible para la mayoría del martirizado pueblo iraqui, víctima de una trágica aventura de repercusiones planetarias. Al monolítico presidente Bush le toca hacer un gesto urgente de lucidez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de abril de 2007