Reportaje:

Los niños sí van a París

La Diputación de A Coruña lleva a 800 escolares a conocer la capital francesa

El avión despega de la pista de Alvedro, y la cabina se llena de chillidos infantiles. "Para muchos de los niños, éste es su primer vuelo, y en muchos casos, la primera vez que viajan tan lejos de casa", comenta en la parte delantera el presidente de la Diputación de A Coruña, Salvador Fernández Moreda. Moreda, socialista, junto con diputados de su partido, del PP y del BNG, acompaña al primero de los cuatro grupos de niños que han participado en la campaña Vivir o mundo. Un programa que cada año lleva a unos 800 escolares de la provincia, entre los 12 y los 14 años, a visitar distintas ciudades de Europa.

Este año toca París. Empezando por el aeropuerto Charles de Gaulle, dos horas en espera de que aparezcan las maletas. Por la tarde, visita en autobuses al París histórico, y a la caída de sol, visión desde el Sena, a bordo de un bateau mouche. Al paso por la imponente fachada del Louvre, en la orilla izquierda, la megafonía describe la pirámide de cristal diseñada por el arquitecto Ieoh Ming Pei, pero es acallada por decenas de gargantas infantiles que han descubierto a una pareja besándose apasionadamente en la margen derecha.

"No parecen ustedes españoles, no gritan", comenta el guía al grupo de periodistas

"Te tiene que gustar esto", resume la técnica de pastorear a casi dos centenares de preadolescentes excitados por las novedades uno de los doce monitores que los gobiernan. Se llama Daniel Longarela y es un compostelano de 27 años que lleva 7 "en esto". "Lo que hay que tener es paciencia", añade una compañera, Helena Fernández.

Además de vocación y paciencia, hay técnicas como dividirlos en cuatro grupos, identificados con gorras de los colores del parchís. O hacerles entonar canciones de reafirmación -"Viva el follón / bien organizao / porque con él / en París lo pasamos bien"- en los momentos críticos. Es inevitable que hacer atravesar a la vez un semáforo a 50 infantes se parezca un poco a la instrucción de los marines: "¡Rojos, rojos!, ¡ahora!, ¡cruzad, cruzad!". Así, combinando el palo y la zanahoria, se puede visitar el Arco del Triunfo, Trocadero y la Torre Eiffel en una tarde -la primera jornada-, sin bajas ni pérdidas. O sumergirse todo un día -la segunda jornada- en ese universo de la multioferta de atracciones, sensaciones y consumo que es Disneyland Resort.

El tercer día toca el Louvre propiamente dicho. 350.000 obras de arte en dos horas y media. "Cuando vuelva a clase no me voy a acordar de nada", se lamenta uno de los mayores y más alejados de la guía que explica cómo la Venus de Milo fue encontrada por un labrador cuando araba. Otro escolar se quejaba de que La Gioconda estuviese poco protegida, según una de las monitoras, Judit del Río, que reconoce que la zona en la que más se aburrieron fue la de escultura, y la más estimulante, "la de las momias".

"La guía estaba sorprendida de lo mucho que preguntaban los niños", comenta Del Río (aunque halagar al guiado parece norma obligada de cortesía: "no parecen ustedes españoles, no gritan", comenta el guía al grupo de periodistas).

Sin embargo, a Nicolás Fraga, que tiene 12 años, es de Culleredo y éste no es su primer viaje (fue a Argentina y Uruguay con sus padres), el Louvre no sólo es lo que más le gustó, sino que sus obras preferidas fueron "las esculturas de Miguel Ángel".

Por la tarde, pese a que una niña le comenta a su compañera de fila que "esto es el Pompidou, ese museo tan feo", esto es la Ciudad de las Ciencias de La Villette. Rubén, de Paderne, y Sara, de Coirós, no parecen muy felices ante dos monitores interactivos de la exposición de nanotecnología, aunque se animan cuando pueden comprobar en un estanque que la parte superior de los nenúfares no se moja nunca gracias a una estructura de micropartículas (o algo así).

La jornada, y el viaje, finalizan en Montmartre, en uno de esos restaurantes que intentan recrear el ambiente del arte bohemio de finales del XIX. "Comimos bien todos los días, no como una vez que nos llevaron a Candanchú y sólo daban bisté y patatas", encomia Daniel Pájaro, de O Pino. "Nos dieron pollo en todas partes, menos para desayunar", disiente, y exagera, Daniel Barreiro, de Culleredo.

Papeleras en forma de bolsa y cosas grandes

En el aeropuerto, durante los largos trámites de embarque ("Viva el follón..."), hay un cierto consenso en que lo mejor fue la Torre Eiffel de noche y Disneyland.

Entre los souvenirs, también gana la torre, seguida de los peluches Disney. "Lo mejor fue el primer día. Lo peor, que tuvimos mucho tiempo y no lo supimos aprovechar", resume Jean Baptiste Etheve que, como su nombre indica, es de origen francés aunque haya nacido en Oleiros, y se ha pasado el viaje atendiendo peticiones de traducción.

A su compañero de colegio, Álvaro, lo que le llamó la atención de la ciudad francesa fue que las papeleras fuesen bolsas de plástico suspendidas de aros. A Daniel Pájaro, "lo grandes que son las cosas, como los cuadros y los monumentos, y lo adornadas que están las casas". A Daniel Barreiro, "lo amables que son los franceses". El vuelo de vuelta despega sin chillidos. Viajados y no viajados están ya demasiado agotados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 27 de abril de 2007.