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Crónica:DIETARIO VOLUBLE

La gota gorda

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Como estoy en Cartagena de Indias, me siento más libre que si estuviera en el país natal. Aquí no soy el prisionero de un entorno. Si no fuera porque carezco de ellas, hasta sería capaz aquí de descargarme de tensiones patriotas. El calor es abrumador fuera del cuarto. Se entelan fulminantemente las gafas si uno sale de la habitación, y poco después pasas inmediatamente a sudar la gota gorda. Por eso tal vez me hago fuerte aquí. Además, creo que necesito desahogarme y contar lo especialmente dura que ha sido, tras años dedicado a la novela, mi reciente experiencia de regresar al cuento.

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Volví al cuento pero sin darme cuenta de que en realidad seguía con los hábitos del novelista. Seguía utilizando un tempo moroso, nada adecuado para el relato. Las frases se alargaban sin prisas y se concentraban premiosamente en los detalles. Hasta que comprendí que así no iba a ninguna parte. Tenía que ser más consciente de que había regresado al cuento y estaba obligado a un sentido de la brevedad que no pedía la novela. Pero el conflicto máximo no procedía únicamente de ese lastre de las malas costumbres adquiridas como novelista. La tensión más fuerte la ocasionaba el duro esfuerzo por contar historias de gente normal y tener a la vez que reprimir mi tendencia a divertirme con textos metaliterarios: el duro esfuerzo, en definitiva, por contar historias de la vida cotidiana con sangre e hígado, como me habían exigido mis odiadores, que me habían reprochado excesos metaliterarios y brutal ausencia de gente de carne y hueso.

Sin saber que mis odiadores me reprocharían también lo contrario, es decir, me recriminarían cualquier cosa que hiciera, me entregué de buena fe a los cuentos con personajes de carne y hueso. No es que fuera algo antinatural para mí, pero ya desde el primer momento me sentí muy incómodo con el hígado, el sudor, la peste, las vulgares frases y las lágrimas de mis personajes. No podía olvidarme de lo mucho que me identificaba con Paul Valéry cuando aseguraba que su mente no estaba hecha para las novelas tradicionales, ya que las grandes escenas de éstas, las cóleras, las pasiones, los momentos trágicos, lejos de exaltarle, le llegaban como destellos miserables, estados rudimentarios en los que todas las estupideces andan sueltas, en los que el ser se simplifica hasta la tontería.

Me recriminaban también mis odiadores españoles que mezclara vida y literatura (pero yo me pregunto si hay esfuerzo más cervantino que esa pasión por confundir vida y literatura) y, sobre todo, que hubiera subido a un pedestal tan alto lo literario. No me permitían que dijera lo que, por ejemplo, le toleran y le dejan decir a Francisco Ayala sólo porque tiene ya 101 años: "Yo digo que la literatura es lo esencial, lo básico. Todo lo que no sea literatura no existe. Porque, ¿dónde está la realidad? Un árbol lo es porque uno lo está nombrando. Y al nombrarlo está suscitando la imagen inventada que teníamos. Pero si no lo nombras el árbol no existe".

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He sudado la gota gorda con las secreciones y exudaciones de mis personajes, he hecho un esfuerzo increíble para hablar de la sangre y el hígado de las personas normales. Y últimamente me siento ya bien adaptado a mi nueva asquerosa vida. En el fondo, siempre me han impresionado cuentistas como Raymond Carver con todas sus historias de camareras y camioneros y otros seres anodinos perdidos en la grisura de una cotidianidad aplastante. Reconozco que es uno de los genios del cuento. También me gustan esos autores que, por ejemplo, describen un campo de patatas con una precisión magistral. Pero a mí siempre me ha costado hacerlo. Si tenía que describir un campo de coles, lo hacía, pero se trataba de unas coles germinando en un sótano, por ejemplo, y acababa teniéndome que corregir yo mismo, golpeándome sádicamente la mano con la que escribía aquellos surrealismos.

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He superado todo esto y he incorporado sangre, hígado, coles y patatas a mis cuentos, pero lo he pasado mal. Me he dedicado a hablar de seres corrientes y vulgares, es decir, de españoles y catalanes amostazados, apopléticos y analfabetos, pero lo he pasado mal, muy mal. Y todo para que dijeran que he cambiado un poco de estilo. Es absurdo porque en el fondo debería haber sabido que para cambiar de estilo basta con cambiar de tema. Lo he pasado mal porque he transpirado mucho con mis personajes. A los de mi primer cuento no he podido olvidarlos. Se pasaban el día metidos en mi cocina, discutiendo mientras fregaban los platos. Discutían por cualquier cosa. Era uno de esos matrimonios que se quieren mucho, pero se tiran los platos literalmente por la cabeza. Una banalidad, algo muy visto. Sin embargo, me volví preciosista con ellos, ni un error a la hora de abordar su inmensa vulgaridad con precisión. El problema llegó cuando descubrí que nunca se iban de casa. Me levantaba a medianoche para ir a buscar algo a la nevera, y allí estaban los dos, apoyados en la pared del pasillo, junto a la cocina, insomnes, ella diciéndole que era un fracasado y él respondiéndole que se mirara la boñiga que tenía en la nariz. Un espanto. Un horror de gente. Demasiada carne, nariz y hueso. Además, ¿cuántos relatos se habrán escrito ya sobre las mismas tonterías?

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Sin embargo, para no caer en la desesperación, me he ido haciendo a la idea de que esa pareja y otras también de carne y hueso son fenomenales y que sus vidas mínimas deben ser escritas en mi casa. Además, ¿qué diablos? Ahora vivo satisfecho de haber vuelto al cuento y disfruto cuando veo personas que todavía son humanas, que son como pobres cobayas que repiten los errores de siempre de todas las personas que han pasado por el mundo. Me fascinan todas esas señoras y señores enormemente vulgares con su nariz y su hígado tan bien puestos. Además, ¿pero qué diablos? ¿Acaso no se trataba de cambiar de estilo?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de abril de 2007