Columna
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Sáhara

He aquí que Zapatero se ha echado en brazos de Marruecos y se ha puesto a darse besos de tornillo con ese régimen tan fino, tan moderno y tan democrático. Más aún: nuestro hombre ha respaldado con entusiasmo el plan alauita de autonomía del Sáhara. Ante lo cual los saharauis, haciendo gala una vez más de su ponderación y su cintura diplomática, de esa civilizada sensatez que es justamente lo opuesto a la barbarie terrorista, se han limitado a "lamentar la precipitación del Gobierno español para apoyar el plan marroquí", en vez de acordarse de los antepasados de Zapatero y de paso de las madres de todos nosotros, como sería lo propio ante semejante muestra de oportunismo político y de lastimoso abandono de nuestras responsabilidades. Como los saharauis dicen (pero casi ningún medio recoge), un proyecto de autonomía para el Sáhara Occidental no tiene base legal, porque ese territorio no es una provincia marroquí. Y la posición de Zapatero, añaden, no hace más que alentar "las ambiciones expansionistas marroquíes en detrimento de la legalidad internacional". Además, añado yo, de dejar a los pobres saharauis aún más inermes ante la ferocidad represiva de Marruecos.

Ciertamente asombra que este Zapatero tan preocupado por atender las ansias nacionalistas de todo pichichi, resulte estar de repente sordo como una tapia cuando se enfrenta no ya a una reivindicación de independentismo, sino a un caso ejemplar de territorio ocupado ilegalmente por un país vecino. Los saharauis fueron invadidos, perseguidos, bombardeados por los marroquíes. Y hay resoluciones de la ONU que les amparan. Se diría que todo eso se lo pasa Zapatero por el talante. Tampoco acabo de entender que nuestro paladín de las civilizaciones aliadas dé la espalda de manera tan olímpica a un pueblo islámico moderno que apuesta por la vía diplomática y no por el terrorismo. Qué malísimo ejemplo estamos dando cuando no escuchamos a los pacíficos. Claro que tampoco estamos haciendo gran cosa por otras víctimas, las de la dictadura cubana. También ahí estamos extrañamente tibios, extrañamente dudosos, demasiado cerca de los verdugos. Es una política internacional desconcertante.

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