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Crítica:

Esgrima de sombras en la ciudad de la luz

El reportero neoyorquino Alan Furst describe en El corresponsal una emocionante historia de espionaje, amor y periodismo en el umbral de la Segunda Guerra Mundial. Un elegante thriller literario, con ecos de Graham Greene y Le Carré, y la atmósfera de Casablanca, con París como gran escenario. Historias independientes con personajes complejos que se enfrentan al fascismo y al nazismo.

Los alemanes aún no desfilaban de gris por los Campos Elíseos, ni era posible todavía confundir los latidos del corazón con cañonazos. Pero ya se libraba una lucha subterránea, feroz, entre los partidarios de la libertad y sus enemigos.

EL CORRESPONSAL

Alan Furst

Traducción de Diego Friera y María José Díez

Seix Barral. Barcelona, 2006

352 páginas. 18,50 euros

En catalán, en Columna

París, otoño de 1938; es de noche, llueve. Mientras otra tormenta, la bélica, se espesa sobre los cielos de Europa, agentes de la OVRA -Organizzacione di Vigilanza e Repressione dell'Antifascismo-, la siniestra policía secreta creada por Mussolini, asesinan al jefe de un grupo de resistentes italianos refugiados en la capital francesa que se dedican a editar e introducir clandestinamente en su país un periódico antirrégimen. La escena la seguimos, en refinada elipsis, desde el automóvil del tipo que dirige la operación criminal, aparcado frente al hotel donde se encuentran el líder resistente y su amante. Es en la imaginación vengativa y libidinosa del fascista donde vemos el espejo de cuerpo entero junto al lecho, a los asesinos irrumpir en la habitación, las pistolas con las largas bocas de los silenciadores. Luego, uno de los hombres, impermeable, sombrero de fieltro negro, se acerca al automóvil y cruza una mirada con su jefe. "Hecho".

Así es el estilo de Alan Furst (Nueva York, 1945), escueto, ágil, indirecto, elegante. La atmósfera está maravillosamente construida con breves pero precisas pinceladas. No hay nada de más: el lector incluso ha de completar en su imaginación, con los elementos que se le brindan, descripciones, acciones y diálogos. El relato encuentra en la sobriedad, en la contención y en el tempo -moderato, un punto melancólico- una calidad especial, un toque de añejo clasicismo. No es gratuita la comparación que se ha hecho con Casablanca de las novelas de Furst, ambientadas en el mundo del espionaje de la Segunda Guerra Mundial. El corresponsal, que algunos fervientes lectores de Furst, todo hay que decirlo, no consideran su mejor novela (y es cierto que incluye algún irritante cameo y algún episodio que parece autoparódico), es la primera que ha publicado en España Seix Barral en su loable propósito de brindarlas todas (anteriormente Umbriel y Plaza & Janés editaron algunos títulos de la serie).

Historias independientes,

protagonizadas por diferentes individuos, personajes complejos y valientes que se enfrentan de distintas maneras al fascismo y al nazismo, aunque todos desde las peligrosas tinieblas del espionaje, los servicios secretos o las células de resistencia, las novelas de Furst componen un emocionante mosaico de aquella lucha desde las sombras que fue imprescindible para vencer en esa guerra que, como ninguna otra de la historia, era forzoso ganar. Que ello, ganar esa "guerra buena" contra los totalitarismos, requirió el uso, junto a verdaderos idealistas y héroes, de métodos y gentes dudosas, es algo que Furst no deja de mostrar también en sus libros.

Si en otras novelas vemos implicados en aventureras acciones clandestinas a personajes como el oficial húngaro Nicholas Morath (Reino de sombras), el capitán Alexander de Milja (The polish officier, la próxima que publicará Seix Barral, en mayo), el productor cinematográfico Jean Cassar (The World at night y Red gold) o el marino holandés Eric DeHaan -en las dramáticas singladuras bajo bandera falsa de Un oscuro viaje-, en la que nos ocupa el protagonista es un periodista triestino, Carlo Weisz, corresponsal de Reuter educado en Oxford que se ha marchado asqueado de Italia y reside en París. Weisz forma parte secretamente del grupo de intelectuales italianos antifascistas.

Hombre de principios, "tocado por la curiosidad y la compasión" -una definición de periodista digna de Kapuscinski-, equidistante entre un Victor Lászlo y un Ricky Blaine, atractivo, mujeriego, Weisz se encuentra cuando le vemos por primera vez en Mequinenza, cubriendo los estertores de la Guerra Civil española. De vuelta en París, el corresponsal se verá atrapado en las sutiles y pragmáticas redes del servicio secreto de inteligencia británico, con agentes como el grahamgreeneano señor Brown y su subalterno Kolb, el hombrecito gris (uno piensa en un Peter Lorrie) encargado de las más peliagudas misiones sobre el terreno. Esos tipos profesionales, eficientes, aparentemente insignificantes, son característicos de las novelas de Furst como complemento (y contrapunto) a los personajes de primera fila.

Weisz recibe el encargo de

cubrir la corresponsalía de Berlín, lo que le lleva al corazón de las sombras. Allí, en el lujoso hotel Adlon, se reencuentra con su antiguo y gran amor, la aristócrata Christa -casada, hélas!-, y vive un tórrido romance. Hay que señalar que la parquedad de Furst no le impide ser sexualmente explícito en la narración y hasta recrearse si lo considera necesario en la descripción de lencería -en el caso de Christa, color ciruela-. Entre citas amorosas y ruedas de prensa de Von Ribbentrop, mientras se desata la crisis de los Sujetes y se acerca la hora de Polonia, nuestro hombre se enreda más y más en la resistencia. Las aventuras continuarán sin respiro, entintadas con la atmósfera de los mejores relatos de espías.

Atrapado en la gran rueda de la historia, manejado por hilos sutiles, Weisz hace lo que puede y pone su granito de arena en la derrota de los fascismos. Que al mismo tiempo viva una gran historia de amor con su berlinesa parece justo. A ellos, también, siempre les quedará París.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de marzo de 2007

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