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COLUMNA

Oxímoron Sarko

Nicolas Sarkozy se sitúa, por genealogía, en la línea sucesoria del general De Gaulle. En términos maoístas, es la cuarta generación. Biznieto, en lenguaje familiar. Posgaullista tras los neogaullistas -los presidentes Pompidou y Chirac, con los paréntesis del centrista Giscard d'Estaing y del socialista François Mitterrand-, llega o intenta llegar el locuaz y brioso Sarko, extraña síntesis y cúmulo de oxímoros cuajados en una ambición desbordante y desbordada: bonapartismo liberal, gaullismo atlantista, comunitarismo republicano, libre empresa con intervencionismo del Estado (sea en Alstom o en Airbus). (Oxímoron: figura retórica que combina dos términos contrapuestos o contradictorios: hielo abrasador, mundo inmundo).

La V República gaullista, instaurada a partir de la reticencia respecto a los partidos políticos, es un régimen presidencialista, que da amplio margen para gobernar por decreto. Un presidente gaullista no pertenece a un partido, sino al contrario: es el partido el que le pertenece (Mitterrand también en esto fue lo contrario de lo que predicaba, y el Partido Socialista le perteneció durante toda la presidencia). El actual, creado alrededor de Chirac y apropiado por Sarkozy, lo lleva inscrito en su nombre fundacional: Unión para una Mayoría Presidencial, que se metamorfosea sin cambiar de siglas en Unión para un Movimiento Popular, artefacto de última generación que tiene como antecedentes una ristra de siglas, movimientos más que partidos, alrededor de una figura que se pretende carismática a la que se quiere elevar o sostener en la máxima magistratura.

Se trata de una idea de democracia más plebiscitaria que parlamentaria, como demuestra la elección directa a dos vueltas del presidente de la República y el recurso solemne a la consulta popular, en la que Francia se ha comprometido recientemente a la hora de ratificar el ingreso de Turquía en la UE si llegara el caso. En la escena europea, el gaullismo reivindicaba la soberanía nacional frente a Bruselas y el derecho de veto ante las decisiones de los otros socios, puesto en práctica de forma sonada en 1965 con la "crisis de la silla vacía", que significó la ausencia de ministros franceses de los consejos europeos durante medio año como rechazo al voto por mayoría cualificada. Respecto a Alemania, el gaullismo evoca la reconciliación franco-alemana, rubricada en el Tratado del Elíseo (1963), y origen del eje Berlín-París, antes Bonn-París, como impulsor de la construcción europea. Ante Washington, significó la idea de una tercera vía o de un contrapoder en el equilibrio entre los dos bloques de la guerra fría.

Sarkozy, dernier cri del gaullismo más evolucionado y a la vez el más americano entre todos los políticos franceses, anda estos días algo de baja en las encuestas, acercándose peligrosamente a la dulce Ségolène, y minado por el ascenso de otro centrista, François Bayrou, y por la resistencia de Le Pen. Pero está en alza, en cambio, en su cotización internacional, navegando con habilidad el océano de sus contradicciones. Es el único candidato presidencial que quiere evitar un referéndum sobre la Constitución europea. Desea darse la mayor prisa posible para eliminar el derecho de veto y propone para ello un tratado europeo simplificado que pueda ser aprobado por el Parlamento francés en 2007 y llegue a entrar en vigor con las elecciones europeas de 2009. Aunque considera superado el eje franco-alemán, no hay duda de que la canciller Angela Merkel cuenta con Sarkozy, tanto como él cuenta con ella, para impulsar en perfecta sincronía la salida del atolladero en que está la UE. Si llega a convertirse en el monarca republicano de Francia y prospera su proyecto de tratado minimalista, en sustitución de la descarrilada Constitución, además de dar un impulso a la construcción europea, dejará en una pobre posición a los países que han aprobado inútilmente en referéndum un texto perdido en el vertedero de Bruselas.

Sarkozy es de los políticos que cultivan una apariencia de franqueza y sinceridad: no decir lo contrario de lo que se hace ni hacer lo contrario de lo que se dice. Pero incluso en esto constituye un deslumbrante y oscuro oxímoron.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de marzo de 2007