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COLUMNA

De Castro

Algunos querían que Zapatero representara con De Juana Company el papel de Margaret Thatcher. A la premier británica se le murieron once irlandeses en huelga de hambre y a día de hoy nadie sabe para qué sirvió tanta firmeza gubernamental ni tampoco tanto sacrificio por parte de Bobby Sands y los suyos. Zapatero tiene varios trajes, pero no acabo de verlo de dama de hierro. Tampoco lo veo en esa caricatura de panolis que pone la otra mejilla al primero que pasa. Aquí no pone la otra mejilla ni Dios. La Iglesia, que debía dar ejemplo, es la primera que anda con la tea encendida. Y en la política española de hoy se juega sin matiz, a cara de perro. Con esta medida de prisión atenuada, se habla de "rendición" del Estado. Pero en caso de que De Juana muriera amarrado en la cama, esos mismos críticos pasarían la esquela a la cuenta de Presidencia.

A De Juana, la escritura de un libro en prisión le supuso una sustanciosa reducción de pena. Para que luego digan que la literatura no sirve para nada. Fue en tiempos en que gobernaba el hoy furibundo Aznar. ¿Es la Compañía De Juana la que escribe la partitura en esta obra? No. En realidad, ese mundo está atascado en el problema de la literatura costumbrista: confundir la humanidad con los estereotipos. El gran escritor, el autor más comprometido del momento, es sin duda José Luis de Castro, el juez central de Vigilancia Penitenciaria. Al contrario del torpe costumbrismo, su auto es una pieza de humanidad frente al prejuicio, de civilización frente al odio. Y responde de forma magistral a la principal exigencia del estilo, tal como pedía Ignacio Aldecoa: el anhelo de precisión. "Una lechería podría vender incluso en la oscuridad", dice un poema checo. Pues el auto del juez De Castro puede leerse incluso en la oscuridad. Es una pieza que debería estudiarse en los talleres literarios, por no hablar de las redacciones impermeables y los despachos infranqueables, pero me temo que pasará a formar parte de la literatura underground española. A ver si así hay suerte y lo leen los pistoleros, aunque sea en la oscuridad, y se les ocurre desacostumbrarse: escribir un comunicado final que intente llegarle a la suela de los zapatos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007