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CARTAS AL DIRECTOR

Puente cortado sobre el Bósforo

El premio Nobel turco Orhan Pamuk abandonó su país el 3 de febrero para instalarse en Estados Unidos tras el asesinato del periodista turco-armenio Hrant Dink el 19 de enero.

La última obra de Pamuk, Estambul, es una autobiografía en la que retrata a su ciudad. Destaca la voluntad por occidentalizarse de las clases burguesas estambulíes. Explica también cómo el orientalismo fue útil para que los propios turcos se comprendieran a sí mismos. Durante mucho tiempo, la literatura otomana cultivó los géneros tradicionales y olvidó la descripción de costumbres.

La República turca, fundada por Mustafá Kemal Ataturk (padre de los turcos) en 1923, impuso por decreto una occidentalización que les impedía dirigir sus miradas hacia el Imperio Otomano, culpable, a ojos de los kemalistas, del retraso en que se encontraban. Todo lo que evocara ese pasado (derviches, odaliscas, indumentarias) fue prohibido. La única vía que les quedaba para recuperar su pasado era valerse de los relatos de los viajeros occidentales.

Durante los últimos 30 años, Pamuk ha tejido una densa malla con historias de turcos de todas las épocas. Nos ha acercado a los ilustradores de Murat III o a los periodistas del Estambul contemporáneo. Pamuk cree que la literatura se basa en un artificio: contar las historias propias como si fueran ajenas y las ajenas como si fueran propias. El gran escritor turco ha tendido un puente entre Oriente y Occidente más ancho que el que cruza las aguas del Bósforo y une Europa con Asia.

Con su exilio parece cerrarse este puente. La Turquía de los pamuks está en peligro. Sería una pena que desde la Unión Europea no pusiésemos los medios para evitar la amenaza. Apoyemos desde Europa a los turcos que defienden la libertad de expresión como vía para conseguir un mayor pluralismo, tolerancia y justicia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de febrero de 2007