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Crítica:

Exceso sobre miseria

Los contrastes entre la arquitectura espontánea y la improvisada de los desmesurados barrios marginales crecidos en torno a las grandes ciudades, como São Paulo, sirven de punto de inicio a una especulación de Dionisio González, que injerta en esa estética la de los lenguajes de la arquitectura posmoderna.

El trabajo de Dionisio González (Gijón, 1965) parte de una realidad social que recoge en imágenes visuales por medido de técnicas fotográficas. Con esas imágenes, en las que se muestran favelas de la ciudad de São Paulo, intenta hilvanar una narración que se encuentra entre el discurso político y la moralina social. El arte, por supuesto, puede ser empleado como herramienta política, como elemento de agitación y como educador social, pero para conseguir ser eficaz sin dejar de ser arte reclama una gran claridad y convicción en las ideas que se exponen, una sutileza en la argumentación y un dominio de los medios plásticos con los que se construye la obra de arte. Las imágenes que muestra Dionisio González son visualmente atractivas y están técnicamente bien construidas, pero los argumentos ideológicos con los que pretende armar su discurso son, cuando menos, confusos.

Ciertamente, la favelización de ciudades, como sucede con São Paulo, constituye un problema cívico de primer orden, por eso está requiriendo el análisis de muchos expertos en diferentes disciplinas. La magnitud cuantitativa de este fenómeno es inmensa y creciente, las consecuencias todavía imprevisibles, por eso parece frívola la mera suplantación de imágenes que nos propone Dionisio González, la sustitución o superposición infográfica de esas construcciones realizadas con materiales impertinentes, que dan resultado a unos hábitats sin forma preconcebida, capaces de mutar según las necesidades u oportunidades, por la no menos impertinente inclusión de formas tomadas de los estereotipos de la arquitectura posmoderna, con sus volúmenes expresionistas, sus espejeantes vidrios, sus materiales industriales de impecable factura y sus muros ciegos.

Los dos fotomontajes que presenta están muy bien elaborados y son visualmente atractivos, lo que sí se puede considerar como un mérito, sobre todo si se piensa en cómo la publicidad ha usurpado al arte el campo de la representación visual. En buena medida, la eficacia visual la ha conseguido el artista al realizar unas piezas de enorme tamaño, en las que se aprecia una continuidad en la costura de las imágenes y se constata el comedimiento con el que han sido ejecutadas las inserciones. En estas obras el artista se aleja del esperpento y del surrealismo para apoyarse en la lógica de lo visualmente posible.

Si el discurso de Dionisio González en el plano ideológico es insostenible y banal, la relación visual que establece entre elementos de diferentes culturas y niveles económicos resulta atractiva por otros motivos, ya que al colocar en un plano de igualdad la arquitectura del exceso posmoderno con las formas de la miseria cuestiona la precariedad de los valores en los que se apoya la arquitectura actual y la incapacidad de ésta para ceñirse a la necesidad, cosa que sí parecen conseguir los anónimos favelistas con sus obras de reciclaje. De esta manera, sirviéndose de las técnicas de simulación, propias de la posmodernidad, pone en entredicho el formalismo posmoderno y, sin pretenderlo, denuncia el alejamiento de la arquitectura contemporánea de los auténticos problemas sociales y habitativos. Si los favelistas construyen con materiales sustraídos que aprovechan de maneras inverosímiles, ¿por qué no van a poder usurpar los estilemas del lenguaje arquitectónico posmoderno?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de febrero de 2007