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COLUMNA

El libro de la vida

Los paisajes bellos son como los grandes amores, excesivos. Generalmente no tienen mesura ni saben de control, y sobrecargan los poros de la piel como si fueran un cortocircuito. Enamorarse, dicen, no es más que sufrir un severo descontrol hormonal, cuya duración tiene fecha de caducidad desde el inicio, y cuya naturaleza no siempre va ligada al amor. Amar es más complejo, requiere una gramática de la vida pactada y trabajada, un esfuerzo cotidiano cuyo resultado, si es positivo, cuaja en una buena convivencia. Pero enamorarse sólo requiere pasión, dolor y carne, lo cual no significa que no sea un chute de vida extraordinario, droga sentimental en estado puro. Dicen que quien nunca perdió la cabeza no puede amar serenamente. No sé. Pero ambos verbos, con sus límites y sus excesos, están en el ADN de la vida, y son, de hecho, el principio y el fin de los sentimientos. Hablaba también del paisaje. En este momento de privilegio, tecleando un portátil situado frente a una laguna coloreada con todos los matices del verde, perdida en el Uruguay costero, en casa de la familia Cohen, la sobrecarga de belleza me causa hasta dolor. Detrás de mí hierven los locos bajitos con sus juegos, la familia concluye un desayuno repleto de vivencias, palabras, recuerdos y complicidad, y toda la atmósfera está pletórica de vida, como si fuera un fragmento de la perfección. Hay tiempos, en los tiempos recorridos, que son como los silencios, redondos, casi puros. Se han perpetrado tantas definiciones de la felicidad que no sobrará la propia, y la mía tiene que ver con el lenguaje que usamos para hablarle a la vida. Lenguaje de tiempo robado al tiempo, suspendido en el aire como copo de nieve, denso de emociones y, a la vez, enormemente frágil. Por supuesto, esos momentos de luz intensa, de paz profunda, siempre se escriben en plural, y no tienen otro sentido que compartirlos. Viejos recuerdos puestos en común en la mesa de la palabra, ideas que intentan arreglar un mundo imposible, hijos que preguntan más allá de las preguntas, esperanzas y anhelos cabalgando más allá de los miedos, sueños que son el sueño de todos. Vivir tiene tanto que ver con el verbo compartir, que casi es el verbo mismo.

La libertad es una criatura vulnerable que tiene que ver con la categoría moral de los gobernantes, el compromiso ético de los periodistas y con el compromiso cívico de los ciudadanos. Una conquista diaria, compleja y no siempre exitosa

Estoy en Punta del Este robándole un trocito de verano al invierno. La luz es atlántica, vibrante e intensa, y los colores tienen el matiz del calor. Jorge y Graciela Cohen, mis generosos amigos que nos han acogido con maletas, niños y todas las cargas pertinentes, son la definición misma del concepto amistad. Se entregan, abren las puertas de su familia y nos regalan sus recuerdos, sus esperanzas, sus lugares comunes, su libro de la vida. De hecho, entregados al completo, nos inscriben en, como si formáramos parte del libro, su libro. Siempre pensé que si tuviera que describir la amistad, lo haría en tangible, hablando de personas reales, porque la abstracción se pierde por recovecos cómodos y simples. Pero un amigo es alguien con nombres y apellidos, ligado a un tiempo y a un lugar, y ese amigo, cuando es el tuyo, se fusiona con lo bello que uno lleva en la mochila de la vida. Te mejora y... te completa. Aquí, ante la laguna, rodeada de todo el verde de la paleta, la pintura del momento colorea mi alma y la ilumina, y todo lo intenso que vivo, tiene que ver con lo intenso que es el amor a la gente que amas.

Tendré el honor, uno de estos días, de dar una conferencia con el periodista Mariano Grondona, en el Conrad de Punta del Este. El tema: la libertad, la verdad informativa, la democracia, y algunos otros valores del compromiso ciudadano. Queda lejos el día, aún. Pero pensando en él, le doy vueltas a las palabras que ayer mismo me dijo el ex presidente Sanguinetti: "En estos tiempos de confusión y relativismo consumista, el compromiso más difícil es el compromiso cívico". La libertad, sin duda, se basa en él. Sin compromiso cívico, la sociedad se convierte en un caos; sin sociedad no tenemos convivencia, y sin convivencia la modernidad se hunde en el abismo de la barbarie. La libertad, pues, es una criatura vulnerable cuya garantía no tiene garantías escritas, sino trabajosos esfuerzos cotidianos, compromisos inescrutables, y no siempre, en nuestras sociedades libres, la libertad goza de buena salud. Tiene que ver con la categoría moral de sus gobernantes, con el compromiso ético de sus periodistas e intelectuales, con el compromiso cívico de sus ciudadanos. Es, pues, una conquista diaria, compleja y no siempre exitosa.

Un pájaro bello y enorme sobrevuela la laguna, ahora plateada. Grita una especie de canto. Me conmueve. Nuevamente vuelvo a los sentimientos, atrapada a la piel del lugar sin salida posible. Jorge Cohen ha venido un momento, delicado, casi molesto por si molestaba, y, al irse, he contemplado su figura alta. Quizá el éxito de un ser humano no sea mucho más que la familia que es capaz de crear, y el amor que se tienen. En este caso, Jorge y Graciela son dos seres humanos extraordinarios, tejedores de una red de sentimientos, amor y fidelidad indestructibles, capaces de proyectar su densa complicidad a los adosados que los contemplamos felices y asombrados. Crezco en situaciones como esta, me formo a través de los valores de ellos, me lleno de humanidad, me dejo seducir por su profunda belleza. El comedor de casa, estoy segura, es el templo más profundo de la vida, el lugar donde las emociones toman forma, donde los miedos se aplacan, donde los lloros se alivian, el espacio donde el amor se cuaja. Este comedor de casa, en un lejano Uruguay que pasa a ser mi patria por unos días -la patria, ¿no es el lugar donde uno es feliz?-, es la metáfora de todo lo que admiro: verdad, honestidad, entrega y estima. Inscrita, pues, en el libro de su vida, su comedor es el mío.

Cierto. Siento algo de pudor por hablarles de mí y no de las ideas que elaboro, o de las luchas que asumo, todo a la distancia apropiada de los propios sentimientos. Pero también es cierto que a veces, en algunos momentos extraños, insospechados e imprevistos, las emociones pasan al primer plano, inundan la pantalla con insolente arrogancia, escriben sus propias reglas. Debe de ser la laguna plateada, que me recuerda lo bella que es la naturaleza cuando le permitimos respirar. Debe de ser esta gente extraordinaria que me acoge, y que me permiten creer en lo humano que hay en la humanidad. Debo de ser yo, que cabalgo a lomos de la vida, en estos días robados a la locura de la vida. ¿Qué voy a decirles? Que amen cuanto saben amar. Que se dejen querer. Y que, en los tiempos de la prisa, la voracidad y el miedo, se dejen capturar por las telas de araña de la complicidad. Compartir es vivir al completo.

www.pilarrahola.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de diciembre de 2006