Columna
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El estrangulamiento de la operadora

Engatusados por uno o varios megas de más ofertados por una voz de compañía telefónica, miles o decenas de miles de usuarios han pasado desde la odiosa Telefónica a las insidiosas Tele2, Jazztel y toda la banda. Melifluas o resueltas, prometen ventajas, anuncian su eficiencia y se esfuman en la absoluta abstracción una vez que hemos firmado los contratos.

En medio del insostenible silencio, el día más sobrecogedor coincide con el instante en que se verifica la pérdida de la línea. Primero se hablaba poco, y después se instala la afasia recíproca, el abandono en el infinito de la incomunicación. A un día o dos de obsesiva expectación sigue la aterradora evidencia de que la línea no retorna en cinco días, ni en siete, veinte o más.

¿Protestas? La compañía atribuye a la Telefónica sus dificultades estructurales o argumenta, adicionalmente, que nuestro domicilio sufre una avería extraña. ¿Nuestro domicilio? ¿Una extraña avería? Nuestro domicilio fue impecable antes de mantener contactos con Tele2. Prácticamente todos los domicilios donde han puesto su mano estas empresas se hallan averiados y sin que haya modo de concretar la naturaleza del percance. ¿Qué hacer, qué pensar, a quién clamar?

Efectivamente, algunos empleados que atienden las desesperadas llamadas de los condenados admiten que no les funciona un determinado dispositivo, llamado portable. El resto, a quien se accede a través de la interminable gincana de dígitos, promete asistencia en las próximas fechas y menciona el problema del portable propio o ajeno como razón del mal. La solución, sin embargo, no llega. Algunas víctimas padecen el corte de la línea por meses y no parece que uno u otro, Tele2 o Telefónica, Telefónica o Jazztel, muestren inquietud.

Si el exterior y a la vista bulle de operaciones urbanísticas inspiradas en la corrupción, en el interior y bajo una losa de telesilencio varias compañías despliegan, al modo de El Pocero, las maniobras más viejas del timo. Es imposible conocer si basan su negocio en la misma tortura repartida al azar o llevan a cabo otras actividades perversas. Cuesta trabajo asumir, en cualquier caso, que el Gobierno les permita hacerlo.

El presidente Zapatero ha requerido de sus ministros disposiciones prontas e impactantes para ganar electores en los próximos comicios. El centro de todas esas medidas no sería tanto el simple ciudadano como el ciudadano/consumidor, porque todo consumidor desprotegido es un demediado, como se encarga de manifestar Tele2.

Los votos serán para el gobernante que permite actuar no sólo en las urnas, sino en los actos de la vida diaria, para el partido que entienda el régimen democrático como la elección de una vida con mayor calidad y en donde la soberanía salte del estabulamiento parlamentario a los territorios de la comunicación o de la telecomunicación.

Existen oficinas para presentar reclamaciones, pero tan encriptadas como las centralitas de Tele2. Se ofrecen impresos oficiales para expresar las quejas, pero se deshacen en el firmamento como la voz fantasma de la teleoperadora.

Un alto cargo del Ministerio de (Sanidad y) Consumo me reprendió por habérseme ocurrido tratar con esas corporaciones incompetentes, pero, para entonces, cientos de miles habíamos incurrido en la misma credulidad del Estado de derecho y su protección. Fue una creencia de incautos. La fe, me dijo mi interlocutor oficial, sólo la merece en parte Telefónica, y los demás, nada. Con ello, muchos hemos regresado a la Madre Matilde, pero acaso somos tantos que tampoco dispone del tiempo para acogernos ahora. Los inconvenientes se hilan a la falta de plantilla, las prórrogas crecen y crecen como bacterias del río y, dentro del universo de la telecomunicación, estrangulados por la línea afónica, nos vemos como extraviados en un gran hospital de damnificados. Invisibles, mutilados por esto o aquello, creciendo nuestro malestar hasta el punto crítico en que la información dentro y fuera de la red corra víricamente y las próximas víctimas sean ya realmente las corporaciones que nos asedian, nos engañan y nos desvalijan con la muda colaboración de los ministros del ramo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 27 de diciembre de 2006.

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