Columna
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La ciudad del aburrimiento

Está por ver si Barcelona será la ciudad del conocimiento, pero de lo que no hay duda es de que lleva camino de convertirse en la ciudad del aburrimiento. Cuesta entender cuál es el objetivo del Ayuntamiento de Barcelona en lo que al ocio de sus ciudadanos se refiere. Se está aplicando con tanta saña la normativa en todo lo relacionado con bares, discotecas y otros lugares festivos que dentro de poco costará encontrar un local en el que tomar una copa tranquilo porque te multarán por bailar o por reír un tono por encima de lo permitido. No es que se prohíba la trasgresión, es que empieza a estar mal vista la diversión.

Dicen que los disc-jockeys están emigrando porque cada vez hay menos locales para pinchar; cierran locales históricos y con pedigrí, como antes la Cibeles y ahora La Paloma, porque algunos vecinos se quejan de los ruidos ¡de una sala de fiestas que lleva cien años funcionando!; y se acaba la música en directo o la posibilidad de bailar en otros locales del centro porque no consiguen la licencia aunque la soliciten con empeño.

El espacio público cada vez es más privado, salvo en las fiestas organizadas o controladas por el propio municipio, y el sector del turismo, la nueva industria, está fagocitando el paisaje urbano hasta hacerlo irreconocible. Barcelona es la botiga més gran del món, pero hubo un tiempo en que también era una ciudad viva, un tanto canalla y en la que la rauxa compensaba tanto seny.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 22 de diciembre de 2006.