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COLUMNA

Una mujer arriscada

Empezó cantando coplas a la edad de cuatro años sentada en la puerta de casa para poner un poco de alegría en una familia llena de hermanos muertos. Entonces el barrio de Sagunto era un rabo de la ciudad que se perdía en la huerta y allí las lechugas se cultivaban junto a los rieles del tranvía. Su calle de casas bajas empezaba en el puente de Serranos y terminaba en la cárcel de San Miguel de los Reyes. La voz de la niña llegaba desde las tabernas y colmados hasta los mismos barrotes de las celdas, mezclada con el humus de estiércol de las hortalizas. Por eso su abuela Marieta decía que la niña tenía la voz del diablo.

Algo de razón debía de llevar porque sólo un prodigio sobrenatural podía explicar aquella vibración de la luz que llenaba el cielo de palomas asustadas cuando se arrancaba a cantar con la mano en la cadera y los ojos encendidos. Pero la devoción popular decidió que semejantes atributos sólo podían responder a un milagro de la Virgen de los Desamparados.

Concha Piquer llegó a Nueva York a los trece años de la mano del maestro Penella. Iba camino de México donde le habían conseguido un contrato, pero el empresario del teatro Columbus, la vio cantar en el escenario y ya no la dejó salir de allí. Se pasó un año entero actuando en el Winter Garden, entre la calle 52 y Broadway, cobrando 350 dólares a la semana mientras vivía con su madre en un apartamento de Central Park,

Sobre la aventura americana de la Piquer se cuentan muchas historias, pero lo cierto es que fuera de los escenarios, se moría de nostalgia de su barrio de Valencia, sobre todo cuando su madre tuvo que regresar a España y la dejó sola en aquella ciudad de saxofonistas locos y gánsters con trajes a rayas y zapatos de dos tonos de los años treinta. Pero allí acabó de forjarse su carácter de armas tomar. Aprendió a leer y a escribir y cuando apretaba la nostalgia, la combatía cocinando. Si quería un pollo, le cantaba un quiquiriquí a un tendero de Brooklyn y después se encerraba en la cocina rodeada de pucheros y cacerolas.

Un día de sus 18 años vio a un tipo en el cristal de una barbería con la mitad de la cara llena de espuma y la camisa acribillada a balazos. En ese mismo momento empezó a preparar su regreso a casa y lo hizo a lo grande como los toreros con Suspiros de España.

Lírica, arriscada, teatral, tenía el misterio de la contradicción que ella lidiaba a golpe de abanico. Ahora se cumplen cien años de su nacimiento. Sus canciones eran verdaderos culebrones, como Dios manda, con planteamiento, nudo y desenlace. Historias que subían por los patios de vecinos cargadas de penas, amores y desengaños y se extendían por las azoteas de la posguerra entre las coladas tendidas. Era aquella España aterida con el alma agarrada a una copla de Concha Piquer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de diciembre de 2006