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CARTAS AL DIRECTOR

El valor del gesto

Por una vez que sociólogos, psicólogos y antropólogos se ponen de acuerdo en algo y nos confirman que, en gran medida, nuestra calidad de vida depende de la calidad de las relaciones que establezcamos con nuestros semejantes, nosotros, con una constancia que raya la obsesión, seguimos empeñados, erre que erre, en llevarles la contraria. Disfrutamos de lo lindo regateando y racionando todos aquellos gestos de amabilidad, de deferencia, de generosidad, que podrían hacer más felices y más fáciles nuestros encuentros con los que nos rodean. Algún grosero amargado dijo un día que amabilidad y debilidad van de la mano, y nos lo hemos creído. Por eso estamos permanentemente mosqueados, a la defensiva, no vaya a ser que nos tomen el pelo. Este miedo irracional a que se nos suban a la chepa nos ha convertido en seres huraños, miserablemente tacaños a la hora de mostrar gestos de interés por los demás, y también excesivamente generosos a la hora de exhibir muestras de reproche. Si no le ponemos remedio, de tanta mueca hostil, de tanto entrecejo contraído y de tanta mirada torcida, se nos va a quedar a todos un rictus "de mala uva" que no podremos arreglar ni con botox. Y poner buena cara sigue siendo gratis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de diciembre de 2006