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COLUMNA

La España rota

En un interesante artículo publicado hace pocos días en este periódico, un filósofo iraní evocaba la personalidad de un pensador y activista de etnia pastún, Abdul Ghaffar Khan, a quien el autor considera el Gandhi musulmán por propugnar tácticas no violentas de lucha anticolonial. El recuerdo es pertinente, como lo sería una presentación de los casi desconocidos alevíes, una minoría turca chií con 15 millones de creyentes que defienden la igualdad del hombre y la mujer, son pacifistas y resueltamente europeístas, en la línea del por ellos admirado Kemal Atatürk. Ciertamente, la identificación entre islam y violencia carece de validez, pero es que el problema no es el islam, sino el islamismo, y eso no lo resuelve el bueno de Abdul Ghaffar Khan, de quien el comentarista nos dice que "ha servido de inspiración constante a los musulmanes de todo el mundo para fomentar la paz y la justicia". Algo más que dudoso. El propio autor informa de que el movimiento creado por Abdul Ghaffar ha desaparecido e incluso en su tierra de origen, el hoy Pakistán, resulta un desconocido. Una suerte contraria a la de Gandhi. Más bien, si tenemos en cuenta su identidad pastún, sería la excepción que confirma la regla. Por lo que toca a Abdul Ghaffar Khan, la crítica occidental puede seguir tranquila en su insuperable ignorancia o yahiliyya.

La ponderación es un elemento imprescindible en el análisis histórico, trátese del pensamiento musulmán o de cuestiones tan alejadas como la Guerra Civil española. Un grano no hace granero, dice el refrán, y un pensador aislado no puede lícitamente servir de base a una propuesta interpretativa de equidistancia. En lo que concierne a nuestra guerra, nadie duda de que figurasen personalidades de relieve, incluso de alto valor humano, en el bando franquista, del mismo modo que al abordar la brutalidad de la represión, carece de sentido olvidar o menospreciar la llevada a cabo en la zona republicana. Para lo primero, pensemos en un Pedro Laín Entralgo, que sin embargo tuvo el valor de informar de cara a la España futura acerca de esa opción equivocada en su libro Descargo de conciencia. En cuanto a la represión, la historiografía solvente ha establecido ya una clara frontera entre la intención programada de aniquilamiento expresada por los sublevados desde los prolegómenos de su felonía, y el predominio de la barbarie espontánea en la zona leal.

En este sentido, resulta ejemplar la labor de recuperación de la memoria llevada a cabo en la Universidad Complutense con el doble propósito de rehabilitar a los profesores depurados por no ser franquistas -más que por ser republicanos o de izquierda- y de estudiar el contenido de tal represión. La emotiva ceremonia de homenaje en el Paraninfo, celebrada a fines del pasado mes, tiene el apoyo de un libro preparado por un equipo de investigación dirigido por el historiador Luis Enrique Otero. El título es La destrucción de la ciencia en España, y en lo que concierne a la Complutense encaja a la perfección con lo sucedido. Franco había decidido desde 1935 llevar a cabo una "operación quirúrgica" que extirpase para siempre la izquierda del cuerpo social y político español. Personajes como José María Pemán y José Ibáñez Martín ejecutaron esa amputación en el campo de la enseñanza. Un solo dato: de los 128 catedráticos en activo con que contaba la Universidad de Madrid en junio de 1936, casi el 45% fueron depurados. Puestos a perseguir, llegaron hasta Gregorio Marañón, que en plena guerra fue un activo propagandista contra la República. Cierto doctor Vallejo Nájera destacó que "el carácter revolucionario y antipatriótico destila en casi todas sus obras".

El aparente delirio represivo tenía un sentido más profundo: el rechazo de la España tradicional a la modernización científica que se expresara ya con claridad en la primera expulsión de catedráticos al sobrevenir la Restauración canovista. Por algo la Institución Libre de Enseñanza es el instrumento satánico. Los verdugos pretendían parar definitivamente la modernización científica, asociada para ellos a la idea laica del progreso. No lograron más que un aplazamiento, con el efecto indirecto de dotar a México de las élites intelectuales aquí formadas. Y, como el libro de Otero nos recuerda acertadamente, destrozaron de paso muchas vidas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de diciembre de 2006