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COLUMNA

Las mentirijillas del consejero

Joaquim Nadal, aparte de ser el tipo que mejor sonríe del Gobierno, es el hombre que mejor sabe mentir de la política catalana. Entiéndanme. Me refiero a mentir en el sentido político del término, que es como una mentirijilla, nada, una cosa de niños. En realidad se trata del eufemismo "faltar a la verdad", y como tal no es un pecado capital, sino una simple falta. Los ciudadanos de a pie somos unos mentirosos de verdad, y ahí está el catecismo para castigar nuestras tristes debilidades, pero los políticos, de todas las condiciones, practican la mentira infantil, que siempre es piadosa, tiene poquísima memoria y, generalmente, resulta impune. Total, un candidato electoral que no mienta es, sin duda, un pobre tipo. Pero hay formas de mentir, y en el estilo está la diferencia. Por ejemplo, la mentira de Aznar cuando avaló la guerra contra Irak fue una mentira de trazo grueso, una mentira de derechas, que todo el mundo sabe que es como las autopistas de derechas, que son más caras. La mentira de Nadal, en cambio, tiene esa elegancia gerundense que nos deja a todos con ánimo apacible y diciéndonos para nuestros adentros: "Este tipo nos la está dando con queso, pero es un tipo simpático, de casa, como si nos la estuviera metiendo la tieta soltera". Veamos la última, el otro día en la entrevista que Josep Cuní le hizo en Els matins, de TV-3, donde aseguró que la corrupción urbanística no existe en Cataluña. ¡Ah, qué alarde de saber moverse por la ambigüedad retórica, qué dominio del diccionario, qué subtítulo con la frase "no me pillaréis con la hemeroteca, porque lo que estoy negando lo niego sin negar en mí, de manera que niego sin negar!". Nada. Santa Teresa en versión catalana. Y así, el bueno de Quim nos dijo que no existe una Marbella o un Andratx, o un Telde catalán, como mínimo en las dimensiones de ambos dos notorios referentes, o sea que sí existe, pero es más de ir por casa, como todo en Cataluña, que incluso en la corrupción somos gente moderada. ¿Recuerdan el chiste mítico de los esposos, en el palco del Liceo, observando a la amante de un conocido? Y la esposa comentando: "Querido, la nuestra es mucho mejor". Es que somos así, gente sin despeinarse, con clase incluso cuando nos ponen los cuernos, almas pequeño-burguesas encantadoras y educadas. En realidad, eso vino a decirnos Quim Nadal, que nuestra corrupción es educada, mejor que la de los otros, sin Zaldívares arrastrándose por platós ni ex guardia civiles reconvertidos en alcaldes que se pasean en Porsche al año de gobernar. ¿De qué marca de superlujo es el coche del hijo de alguien que gobernó veintitantos años? Pero tardó mucho tiempo en comprárselo, no como este tipo balear, que ostentó capital nada más gozar de vara. Seamos serios. Nosotros no somos corruptos ni practicamos la corrupción política. Nosotros sabemos ahorrar.

Será eso, cuestión de ahorro, lo que podemos contemplar en el litoral catalán, cuya vista a vuelo de pájaro es una versión alargada de Marina d'Or, pero con discreción catalana, es decir, sin Anne Igartibure. Así pues, estimado Quim, la destrucción sistemática de toda la costa catalana, acelerada a velocidad estelar en los últimos años, con rincones del Empordà o de Tarragona donde hay que meterse en el agua para no contemplar ladrillo, no tiene nada que ver con la corrupción municipal que existe en toda España. Y si hablamos de montaña, en algunos pueblos del Pallars hay que subir a la azotea para ver un árbol. Pero no. No tenemos ni un solo alcalde que haya movido unos terrenos, recalificado unas fincas, mirado hacia otro lado, financiado una campañita electoral, ayudado al partido mientras ayudaba al bolsillo; nada, toda la política municipal en materia urbanística es limpia como una patena, o como mínimo no tan feamente corrupta como en tierras españolas. Esto sí que es patriotismo, y no los jueguecitos de Puigcercós con las banderas. Si me permiten, pues, y asumiendo que las mentirijillas del consejero son verdades, como todas las que se producen en el verbo político, voy a quejarme de ese urbanismo tan limpio que azota nuestras costas, nuestros interiores, nuestras montañas, cual martillo de herejes del paisaje nacional. No sé si lo han hecho plano legal en mano o moviendo plano, no sé si tenemos despachos donde rige la ética implacable o si gozamos de alcaldes de moral alegre, no sé si el partido lo sabía o han sabido parecer lo contrario, no sé nada. Solo sé que el patrimonio paisajístico de Cataluña se ha deteriorado de tal manera en los últimos 10 años, con un escaso control sobre los abusos y, a menudo, las vergüenzas, que hoy tenemos un suelo mucho más castigado, una especulación urbanística campando por sus anchas y un compromiso en la protección más que escaso. Y lo que estoy diciendo está avalado por los propios informes europeos, que muestran una seria preocupación por nuestra notable falta de preocupación en la materia. No puede ser que, con los niveles de deterioro visibles en todo el mapa catalán, aún hoy no se considere una prioridad el freno severo de la destrucción paisajística. O tenemos una corrupción notable a nivel municipal, o tenemos una legalidad muy alegre, o padecemos las dos plagas sumadas a una tercera: todo ello no nos importa demasiado.

Está también el libro gordo de Petete, el nudo gordiano, antipático, incómodo, nada, esa tontería de la financiación de los partidos políticos que llevamos arrastrando desde que nos hicimos mayores. Elección tras elección, contemplamos como el Tribunal de Cuentas castiga a los partidos por excederse en el gasto electoral, y en todos los casos hablamos de cifras espectaculares. Elección tras elección, nos miramos con cara de pillos: ya se sabe, es lo que hay. Elección tras elección nos prometen que en la próxima van a intentar resolver el tema. Y elección tras elección, nos tragamos el sapo de que las pelas salen de la militancia y alguna cosilla más, y no preguntamos. Y es que ser catalán es fantástico. No tenemos corruptos, sino ahorradores. No tenemos financiación irregular, sino partidos amigos que se saben sus cuentas. No tenemos alcaldes de moral distraída, sino gestores impecables. Y si tenemos destrucción paisajística, especulación urbanística y crecimiento de ladrillo desmesurado, es porque nosotros sabemos destruir con clase. Lo dicho. Me encanta Quim Nadal.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de diciembre de 2006