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COLUMNA

Que nos lo aclaren

Hay muchos personajes de real importancia en la vida política, social y cultural española que no cuentan con una biografía. Y es que no sólo el trabajo de biógrafo requiere una generosidad que no abunda aquí, sino que no todo hombre o mujer importante tiene vida para ser contada. De ahí la fortuna de Esperanza Aguirre al haber dispuesto de la dedicación de una biógrafa, además de poseer, aún distante de la edad longeva, una vida de interés para ser contada. Si hay más biografías de muertos que de vivos, que no lo sé, es posible que algo tenga que ver con la necesidad de los biografiados de acumular experiencias vitales, contar con tiempo vivido, pero también es cierto que ahora se vive más rápidamente y quizá no sea preciso exponerse a que, a un descuido, te honren antes con un funeral que con una biografía.

Esta podía ser una explicación para los que dan por precipitada la biografía de Aguirre, que al fin y al cabo tampoco es una niña, aunque la niña que fue también aparece en el libro, con sus anécdotas y sus ternuras. Una biografía que se precie no rechaza el anecdotario, ni el perfil íntimo de su protagonista, y el error de Mariano Rajoy es haber dado el libro por anecdótico en lo que menos tiene de tal. Por eso es una lástima que lo que esta biografía contenga de pensamiento político sustancial se haya visto oscurecido, incluso para Rajoy, a causa del cotilleo del lector que ha sacado de contexto las penurias económicas de la biografiada en la administración de su casa.

Bien es verdad que, en el contexto y fuera del contexto de sus confesiones, la provocación de Aguirre es la misma, pero uno de los atractivos de esta biografía es que la protagonista sea una provocadora viva. Del mismo modo que una de las ventajas que tiene el biógrafo del vivo es que puede contar con la colaboración de éste, sin renunciar a su propia descripción del biografiado, y que la voluntad de ayuda de Aguirre a su biógrafa ha sido en este caso notoria.

La entrevista es un buen recurso para este logro, piensen lo que piensen los puristas del género, si los hay, porque la entrevista da lugar a la confesión y la confesión hace derivar la biografía hacia la autobiografía o las memorias. Las memorias tienen, respecto de la biografía, la fuerza y el desgarro del yo, y la biografía de Aguirre gana en interés en lo confesional. En España no han abundado tanto los memorialistas, aunque los tengamos muy buenos, como en el caso de los anglosajones. Pero la diferencia esencial entre las memorias de un español y un anglosajón es que el primero se dedica al prójimo, preferentemente, y el segundo se desnuda a sí mismo. En lo que su biografía tiene de memorias, Aguirre es muy española, como cabe esperar de ella, tan castiza, y como bien han podido comprobar sus víctimas, con lo que ella queda estupenda. Puesta a confesarse, prefiere hacerlo con los pecados del otro, de manera que, si por su biografía circulan pecadores muy diversos, debe ser porque ella ha tenido una intensa convivencia con ellos, buena documentación y no poca memoria.

Es verdad que la memoria acomete infidelidades que transforma en el tiempo detalles y percepciones, pero por muy impura y licenciosa que sea una biografía lo que no admite es la ficción. Así que cuando Aguirre sostiene que Alberto Ruiz-Gallardón conocía de antemano el atentado que Tamayo y Sáez iban a perpetrar contra la voluntad popular, y se lo calló, no puede tratarse de una invención que dé al traste con el rigor del libro. Sobre todo porque, de ser una invención, con lo que daría al traste sería con su decencia y no parece que le convenga a esta Comunidad que la presida alguien con ese inconveniente. Gallardón sostiene, sin embargo, que Aguirre no dice la verdad, con lo que este libro nos deja al menos una reflexión para después de su lectura: ¿Tiene el alcalde de Madrid que responder de su complicidad con una trama antidemocrática de gran envergadura o es la biografiada Aguirre una calumniadora? No sé si la pregunta interesa al crítico de libros, pero el ciudadano de Madrid ha de exigir que se aclare si es culpable Gallardón o lo es la presidenta. Con este interrogante sin resolver no podremos llegar a mayo de 2007.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de diciembre de 2006