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CARTAS AL DIRECTOR

En el instituto

En mi clase de 2º de ESO el maestro intenta dar una clase de mil formas distintas, explicando, con ejercicios, leyendo, dictando, charlando, con ordenadores, con periódicos, con la pizarra. Pero nadie le escucha. Estamos 30 alumnos y él. Como cada día, ha expulsado a los cuatro primeros que más molestaban: irán a la biblioteca y sus padres deben firmar la agenda con las actividades indicadas, aunque duda de que lo hagan, ya que, al irse, uno de los expulsados ha exclamado, por ejemplo: "¡Qué miedo, mira cómo me lo hago en los dodotis!". Hoy sólo hacen los deberes tres -ayer fueron cinco-: los más callados, los más tímidos, tal vez los más medrosos. Los otros 23 se dedican a jugar a los barcos, hacer aviones, hablar ruidosamente, cambiar de sitio, molestarse entre ellos, dibujar, recortar, "tipear", reírse felizmente.

Y todo eso mientras el maestro les llama la atención, les regaña, les amenaza con partes de conducta inadecuada -menudo eufemismo-, o intenta intimar con algunos, les invita a que cojan algo para estudiar, les pide que se porten bien, por favor. Nada, se encogen de hombros, contestan cualquier cosa sin sentido y sin educación, lo ignoran directamente. Y así pasan los días en mi clase de 2º de ESO, una mañana tras otra, un mes tras otro, con los repetidores, con los que no entienden nada, con los que no quieren estudiar, con los que no traen ni los libros. Y conmigo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de octubre de 2006