Reportaje:ESCAPADAS | Chinchón

Un negocio redondo como su plaza

En Chinchón, que sólo son 5.000 habitantes, tienen 27 restaurantes, 17 bares, 24 tiendas de recuerdos, 11 alojamientos y dos empresas de turismo activo, tres si incluimos en esa ajetreada categoría los 12 burros que José Luis Vega pone los fines de semana a dar vueltas en la plaza con la chiquillería a cuestas. Son números espectaculares, más propios de un enclave de la Costa del Sol, rodeado de playas y campos de golf, que de un lugar del páramo yesífero del sureste de Madrid, allende el Tajuña, donde lo más parecido al mar es la lagunilla de San Juan y lo único verde, los toldos de los susodichos negocios.

El éxito turístico de Chinchón no se debe, ciertamente, a su entorno, sino a su corazón, la plaza Mayor, que con nueve mesones, es también su estómago, redonda panza rebosante de sopas de ajo y judías chinchoneras, pepitorias y asados en horno de leña. Además, es bien bonita, bordada como está de soportales, de balcones de madera que llaman claros y de aguas: las de la fuente Arriba y las del antiguo lavadero. Lástima que sea tan difícil verla a gusto, pues cuando no se lidian toros, aparcan cien coches, y los fines de semana que no hay ni unos ni otros, está a reventar de forasteros, más los borricos de José Luis.

Tampoco es fácil ver el Goya que hay en la iglesia, porque lo tienen colgado a una altura excesiva, incluso para un asunto tan elevado como la Asunción de la Virgen a los cielos. Más próxima al espectador (en todos los sentidos) está la pintura que decora el telón del vecino teatro Lope de Vega, una perspectiva de Chinchón que muestra lo poco que ha cambiado la villa desde que se construyó este local en 1891: abajo, la plaza medieval; y, descollando sobre los tejados, una iglesia sin torre y una torre (la del Reloj) sin iglesia.

Alrededor de la plaza y del templo, se arraciman las callejuelas blancas, cuestudas y empedradas, postales de un Madrid rústico, con acento manchego, que el vendaval del progreso se llevó hace décadas del resto de la mitad sur de la región.

En una de esas calles, la de Morata, se halla el museo etnológico La Posada, donde pueden verse mil curiosidades, desde un telar de alfombras de nudos hasta una camilla de la Guerra Civil. La visita a Chinchón no puede darse por terminada sin antes asomarse al claustro del antiguo convento de San Agustín, hoy parador de turismo, y al mirador que hay junto al castillo de los Condes. Al noroeste, más allá de las vegas del Tajuña y del Jarama, por encima del Pingarrón, se ven las torres cada vez más altas de Madrid. El contraste con esta vieja villa, que crece y se enriquece sin alterar su fisonomía, no puede ser mayor.

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