Reportaje:

Sarkozy, bajo 'fuego amigo'

Barones de la derecha intentan destruir la credibilidad del ministro del Interior francés

La campaña de acoso y derribo de Nicolas Sarkozy, el candidato favorito de la derecha para suceder a Jacques Chirac en la presidencia francesa, ha arrancado con inusitada fuerza y parece haber hecho mella en el ánimo del ministro del Interior. Pero los ataques y las maniobras desestabilizadoras no proceden de las huestes socialistas, enfrascadas en la guerra para designar a su candidato al palacio del Elíseo, sino de sus propias filas, concretamente de las fuerzas leales a Chirac, encabezadas por el primer ministro, Dominique de Villepin, y la titular de Defensa, Michèle Alliot-Marie.

El líder de la gubernamental Unión por un Movimiento Popular (UMP) se las prometía muy feliz. Amo y señor del partido, nada parecía impedir que el próximo mes de enero los militantes votasen abrumadoramente su candidatura a la presidencia. Nadie, en las filas de la mayoría gubernamental, parecía capaz de desafiarle. Los escándalos y las derrotas políticas sufridas por Villepin durante la primera mitad del año parecían descartarlo completamente. Pero la campaña no ha hecho más que empezar y hasta finales de abril falta una eternidad.

La ofensiva procede de los leales a Chirac, con el primer ministro Villepin a la cabeza

Seguro de sí mismo, Sarkozy viajó hace un mes a EE UU con motivo del aniversario de los atentados contra las Torres Gemelas, se fotografió con el presidente George W. Bush y llegó incluso a pedir disculpas por la "arrogancia" francesa cuando el entonces ministro de Exteriores, Dominique de Villepin, se opuso a la invasión de Irak en una memorable sesión del Consejo de Seguridad de la ONU. Las fuerzas chiraquistas tomaron nota.

Las primeras críticas por su "actitud servil" frente a Washington no tardaron en llegar. Los sarcasmos sobre la foto en la que aparecía junto a Bush, a su misma altura, cuando se sabe que la estatura de Sarkozy está muy por debajo de la del presidente norteamericano, fueron demoledores. Pero venían básicamente de la izquierda. Pronto, sin embargo, la derecha chiraquista la que tomó el relevo. Y la semana pasada empezaron a llegar las primeras señales de que algo se cocía contra Sarkozy desde el poder.

Varios medios de comunicación apuntaron que el líder de la UMP "daba miedo a la derecha"; otros insinuaron que el ministro del Interior tiene una personalidad inestable, peligrosa y que tiene tendencia a perder el control. Un ministro del Gobierno filtró a la prensa que en la eventualidad de que la segunda vuelta de las elecciones presidenciales enfrentara a Sarkozy con la socialista Ségolène Royal, no dudaría en votar por esta última. Y otro miembro del Gobierno sentenció: "Hay que hace lo que sea para que Sarkozy tropiece con la alfombra, es un acto de sanidad pública".

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Suscríbete

El domingo por la tarde llegaba la puntilla. Entrevistado por televisión, Villepin, amparándose en la herencia gaullista de su partido y en el modelo presidencial imaginado por el fundador de la V República, explicó que la elección presidencial es "ante todo el encuentro entre un hombre o una mujer y el pueblo francés", de modo que la elección por la UMP de un candidato no cerraba la puerta a otros pretendientes de la derecha, entre los que él mismo no se descartó. Paralelamente, una de las figuras más cercanas a Chirac, la ministra Alliot-Marie, aseguraba que el congreso de la UMP de enero no tiene como objetivo "investir a un candidato", sino "aportar el apoyo, en particular financiero, del partido".

Sarkozy encajó el golpe. "Si quiere ser candidato, que lo diga", replicó. "Creo en el debate, en la democracia, en la competencia. Si hay otros candidatos, mejor (...) El que tenga algo que decir y quiera presentar una alternativa, que tenga el coraje de hacerlo. Pero que lo haga dentro de la UMP, no fuera". Pero el martes anuló todos sus compromisos, incluido el desayuno ofrecido por Villepin en el palacio de Matignon, sede del Ejecutivo, al que debían acudir los líderes de la UMP. Sarkozy tenía una fuerte migraña. O al menos ésa fue la excusa, porque no es la primera vez que el ministro del Interior esgrime un fuerte dolor de cabeza cuando se ve sometido a fuego graneado, especialmente el procedente de su propio bando.

Bernard Accoyer, el presidente del grupo parlamentario de la UMP, pidió a Villepin que interviniera "solemnemente" para restablecer la "unidad" en el partido. Había Consejo de Ministros. Sarkozy ya no tenía dolor de cabeza y acudió a Matignon. A la salida, en contra de lo que es habitual, Dominique de Villepin reiteró ante las cámaras la importancia de la "unidad" entre su Gobierno y la UMP, y aseguró que su única preocupación es "el servicio de los franceses". Una tregua que nadie se cree.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS