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Reportaje:

El día oscuro de Charles Carl Roberts

El delirio, las alucinaciones y el recuerdo atroz de unos abusos sexuales perseguían al asesino de niñas amish

Nickle Mines (Pensilvania)

Con sólo cruzar la calle desde la casa de la familia Roberts se llega a la iglesia metodista de Georgetown (Lancaster, Pensilvania). A la entrada se lee: "Abierta al rezo". El profundo silencio sólo es roto por los cascos de un caballo, que tira de una calesa propia del siglo XIX, al chocar contra el asfalto. Unos pasos más allá se entra en la parte trasera de la iglesia y se llega al camposanto. Allí hay una lápida con forma de corazón sobre la que está grabada esta inscripción:

Elise Victoria

Entregada a Dios

Hija de Charles y Marie

Nació y murió el 14 de noviembre de 1997

Elise Victoria sólo vivió 20 minutos.

La muerte de su hija ha sido la excusa de Charles Carl Roberts. Haber abusado sexualmente de dos niñitas hace 20 años, su delirio. Pero lo que hizo en la escuela amish de Nickle Mines el pasado lunes, 2 de octubre, no fue un acto de "violencia espontánea", coinciden los expertos. "Puede que hubiera fantaseado con abusar de las niñas durante mucho tiempo", asegura Christos Ballas, psiquiatra forense de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pensilvania. "Pero cuando llegó el momento, o no tuvo tiempo o no fue capaz de hacerlo y acabó matándose".

En el paraíso perdido de los amish hay quienes se preguntan por qué. Desde luego no se lo cuestionan los amish, para quienes lo sucedido es sólo un ejemplo más de que el mundo es un lugar malvado en el que sólo están de paso. Pero los que no pertenecen a la congregación amish se siguen preguntando por qué.

¿Por qué un repartidor de leche se convirtió de la noche a la mañana en un asesino de niñas? ¿Estaba loco? ¿Había sufrido él mismo abusos sexuales cuando era pequeño? ¿Estaba deprimido? Bajo una plácida apariencia se escondía un volcán de odio alimentado por la muerte de su bebé recién nacido hace nueve años: odiaba a Dios por haberlo permitido. Y se odiaba a sí mismo porque, supuestamente, había abusado de dos niñas de su familia cuando tenían tres y cinco años, hace 20 años. Y además soñaba que volvía a hacerlo.

Charles Carl Roberts, de 32 años, lo escondió todo bajo el disfraz del buen padre y amante esposo de una mujer religiosa y del trabajador respetable e infatigable que era. Pero enloqueció y convirtió la pequeña escuela amish de una sola habitación en un matadero. "Diversos problemas mentales podrían haberle llevado a actuar como lo hizo", señala William Dubin, profesor de psiquiatría del Hospital Universitario de Temple. "Pero él no está disponible para que lo examinemos, así que todo lo que podemos hacer es especular y especular", concluye Dubin.

Roberts intentó explicar su comportamiento. Para ello llamó a su mujer desde la escuela y confesó su mortal secreto: había abusado de dos niñas pequeñas cuando él todavía no era un adolescente y soñó que repetía su crimen. Planeó el asalto durante toda una semana, según documentos encontrados, como los pagos del material que adquirió para hacerse fuerte en la escuela. En una detallada lista encontrada por la policía en su camión cisterna de leche, Roberts había marcado con una cruz lo que tenía y lo que le faltaba. Tenía casi de todo para encerrar, atar, violar y asesinar a 10 niñas. Tablones de madera que clavó a la pared para cegar las ventanas, cuerda para atar a las niñas, lubricante sexual, un revólver, una pistola semiautomática, un rifle y 600 balas. Le faltó tiempo para abusar de ellas. La semana anterior a que Roberts mandara al idílico mundo amish, sin luz ni coches pero con granjas y graneros del siglo XIX, al infierno de las armas automáticas del siglo XXI, un acto similar sucedió en Colorado pocos días antes. Un hombre tomó a seis chicas como rehenes, abusó de varias y violó a una de ellas antes de que la presencia de la policía le llevara a suicidarse. Aunque antes se llevó con él la vida de una de las adolescentes.

Para los psiquiatras, Roberts podría haber emulado lo sucedido en Colorado. Quizá pensó: "Si alguien puede hacerlo, yo puedo hacerlo". Pero Roberts no tenía una ficha policial, no tenía un historial médico de enfermedades mentales como el asesino de Colorado. Sus padres aseguran que nunca abusó de ninguna niña. Las supuestas víctimas también lo niegan. Los expertos se inclinan por el delirio. Roberts tenía alucinaciones.

A las tres de la madrugada del pasado día 2, el hijo de un policía retirado acababa su turno como repartidor de leche. A las nueve menos cuarto de la mañana dejó a sus tres hijos -dos varones y una niña- en el autobús del colegio. A las diez entraba en la diminuta escuela de Nickle Mines. No había detector de metales, no había guardas de seguridad como en el resto de los colegios de EE UU. A partir de ese momento, el pistolero echa a los niños varones, a las profesoras y se le escapa una niña de 10 años -una hermana suya moriría en el tiroteo y otra se encuentra en estado crítico-. Una de las profesoras avisa a la policía. Roberts llama a su esposa y le comunica que no volverá a casa. "La policía ha llegado", le dice. También le cuenta su más profundo secreto -el abuso de dos menores- y dónde puede encontrar las notas que ha dejado en casa para ella y sus hijos.

Roberts advierte a la policía que comenzará a disparar a las pequeñas si no se van en 10 segundos. Así fue. Como si de un paredón de fusilamiento se tratara, el aparente buen padre y amante esposo ató por los tobillos a las pequeñas y las colocó contra la pizarra. Y comenzó la sangría premeditada. No hubo tiempo para la pederastia. La forense, Janice Ballenger, asegura que dejó de contar los impactos de bala en uno de los cuerpos cuando pasó de 20.

Nickle Mines enterró el jueves y el viernes a sus muertos. Cinco pequeñas y sencillas cajas de pino. Los cadáveres fueron amortajados de blanco, casi la única ocasión en que los amish abandonan sus tradicionales colores oscuros. Como es costumbre, quienes acudieron a los funerales llevaron comida pero no flores. Se leyeron sermones en alemán del siglo XVI. Pero no hubo cánticos. Las mujeres vestirán todo un año de riguroso negro. Los hombres portarán camisas blancas en señal de luto.

El abuelo de dos de las niñas muertas, que han sido enterradas juntas, deambulaba pasadas las tres de la madrugada dos días después de la tragedia por una carretera de Nickle Mines. Enos Miller no puede dormir, pero sí perdonar. "Es pecado negar el perdón", responde dando la espalda a la vez que pedía no ser fotografiado.

Las carretas que cargan los diminutos ataúdes pasan por delante del cementerio de la iglesia metodista de Georgetown, donde está la tumba del bebé Elise Victoria. Pasan por delante de la casa del inglés (como denominan los amish al resto de los norteamericanos que no profesan su fe) Charles Carl Roberts. Nadie sabe cuándo darán sepultura al asesino. Sólo saben que la sinrazón de un individuo del Nuevo Mundo tiñó de horror a quienes pretenden vivir con las reglas del Viejo. Los amish han perdido el pasado poetizado en el que estaban anclados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de octubre de 2006