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Reportaje:FUERA DE RUTA

Namibia, mil colores y formas

Del parque nacional de Etosha a las dunas de Sossusvlei y el Kalahari

Recorrido por una tierra donde todo es paisaje: interminables praderas, arenas rojas del desierto, formaciones de granito bajo un cielo cambiante, y además, elefantes, leones y jirafas en libertad.

Este año, la pradera es magnífica. Nos lo dice el granjero, de origen alemán como tantos otros, mientras uno de sus peones bombea manualmente gasolina para llenarnos el depósito. No había llovido tanto en Namibia desde hacía más de treinta años. Por eso el campo está cubierto de hierba de un color casi blanco. Cauces que otros inviernos están secos llevan éste un escuálido reguero de agua. Entre las dunas de color albaricoque de Sossusvlei se ha formado una somera laguna, y también las arenas rojas del Kalahari están salpicadas de hierbas entre las que ramonean las gacelas. Las montañas de la meseta de Huib aparecen cubiertas de flores, y miles de renacuajos colean ignorantes de su incierto futuro en charcos que probablemente se evaporarán en el transcurso de la estación seca.

Y sin embargo, a pesar de esa magnífica pradera, Namibia, salvo en las márgenes de los ríos que la separan de Angola, no parece hecha para la subsistencia de población alguna. Sólo el 1% de la tierra es cultivable. La pobreza del suelo y las escasas precipitaciones hacen de buena parte del país un territorio semidesértico que tampoco resulta muy apto para la ganadería. Siete hectáreas necesita por oveja, me dice el granjero. Y los humanos no parecen necesitar mucho menos, porque en una superficie equivalente a la de España e Italia sumadas hay menos de la mitad de habitantes que en la comunidad de Madrid: unos dos millones.

Calor en verano, frío en invierno, sequía casi todo el año. Aguas tan gélidas que nadie se baña en ellas. Las tres principales ciudades costeras, que en otros países de latitud parecida serían concurridos balnearios, suelen amanecer envueltas en niebla, y si uno llega a ellas un domingo, tiene la impresión de haber arribado a una ciudad fantasma. Tampoco es Windhoek, la capital, conocida por su animación nocturna, ni la artesanía de Namibia es comparable a la de otros países africanos. En la principal tienda de antigüedades de Swakopmund, el dueño responde irritado a mi observación de que la mayor parte de lo que vende proviene del extranjero: "¡Si sólo vendiese lo que se produce en Namibia, tendría que cerrar!".

El parque nacional de Etosha

Cualquiera que haya leído hasta aquí se preguntará si hay destino en África menos atractivo que Namibia. Sin embargo, desde que la situación política del país se ha ido estabilizando -después de que Namibia obtuviese en 1990 la independencia de Suráfrica-, el turismo aumenta de año en año. Miles de alemanes -como viajeros individuales-, de surafricanos -en familia- y de italianos -en grupo- recorren el país de punta a punta para descubrir sus atracciones; la primera, el parque nacional de Etosha.

¿Quién no ha soñado con ver elefantes, leones, jirafas, impalas, ñúes, cebras, avestruces o rinocerontes en libertad? Resulta emocionante encontrarse con un elefante a pocos metros, descubrir una jirafa asomada al retrovisor, presenciar el trote de una bandada de avestruces -aunque tenga uno que sonreírse ante esos movimientos que recuerdan los de damiselas afectadas- o asistir en primera fila al forcejeo entre dos kudús. Sin embargo, la libertad de los animales es relativa: el parque de Etosha, aunque inmenso, está vallado. Igual que está vallada buena parte del país, incluso el Kalahari. No tanto para proteger al ganado de los animales salvajes como para proteger a éstos del hombre. Si no fuera porque se encierra a los animales en parques nacionales o privados, hace tiempo que pastores y ganaderos habrían acabado con guepardos, leopardos y todo tipo de predadores. A Namibia le corresponde el honor, por cierto, de haber sido el primer país en introducir la protección de la naturaleza y de la biodiversidad en su Constitución. La mayoría de quienes visitan Namibia lo hacen para observar los animales, asomarse al impresionante Fish River Canyon -según dicen, el segundo más grande del mundo, por detrás del Cañón del Colorado-, encaramarse al amanecer a las dunas de Sossusvlei o descubrir el arte rupestre de Twyfelfontein, por citar algunas de las principales atracciones turísticas del país. Pero en Namibia, más que en ningún otro país, se hace cierto el famoso dicho según el cual no importa tanto el destino como el trayecto.

Panoramas amplísimos

"En África, todo es paisaje", me respondió una vez un francés en Madagascar cuando le dije que no quería desplazarme en avión de tal a cual ciudad porque prefería ver el paisaje. Y aunque en su momento me pareció un necio, la frase le va a Namibia a la perfección. Porque en buena parte del país apenas hay poblaciones, o son tan pequeñas que casi pasan inadvertidas; porque es posible conducir durante horas sin encontrarse con nadie, y es probable que suceda lo mismo si echa uno a caminar por cualquier monte; porque salvo la pista sobre la que se conduce y las vallas que recuerdan que la tierra tiene dueño, a menudo podría pensarse que jamás pasó nadie por aquel lugar; y sobre todo porque incluso ignorantes de la geología como yo tienen que maravillarse ante las distintas formaciones rocosas, las diversas formas de las dunas, el color cambiante de la tierra, una orografía que parece un curso ilustrado del proceso de formación del mundo. Namibia es el sueño de cualquier fotógrafo: con sus colores cambiantes -nunca he visto cielos que puedan adquirir tantas tonalidades-, sus panoramas amplísimos, la multitud de formas de su relieve, y con plantas que, quizá por haber sobrevivido en medio tan hostil, están llenas de cicatrices y parecen tener una biografía individual, como esos ancianos que con sólo mirar a la cámara transmiten una vida de desgarros y decisiones difíciles.

Cómo no encariñarse con las inmensas extensiones que se ofrecen a la vista, con esos espacios casi vacíos. Los todavía no muy abundantes alojamientos rurales saben que lo más impresionante que pueden ofrecer a los turistas es eso: los espacios desiertos. He tenido la suerte de poder asomarme desde mi ventana al Kalahari, a la cordillera de Tsaris, a la llanura de la que surgen las formaciones graníticas -grandes amontonamientos de granito rojo- que rodean Twyfelfontein, a la llanura de Garub. Y después de unos días de recorrer esos territorios, tiene uno la impresión de que respira más despacio y más hondo, incluso de que el corazón trabaja de manera más pausada.

Namibia es un país en el que las condiciones de vida son duras, pero me he encontrado con muchas personas que nacieron allí, fueron a vivir al extranjero y regresaron años después, aun sin trabajo o en condiciones precarias: no podían vivir más tiempo lejos de esos espacios abiertos, lejos de la soledad, lejos de ese denso vacío que llena la mirada.

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José Ovejero (Madrid, 1958) es autor de Las vidas ajenas (Espasa Calpe, 2005), Premio Primavera de Novela 2005, y de Mujeres que viajan solas (Ediciones B, 2004)

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos

- Prefijo internacional: 00 264.

- Namibia tiene alrededor de dos millones de habitantes, repartidos entre una decena de grupos étnicos. Su capital es Windhoek. La lengua oficial es el inglés. Un euro equivale a 10 dólares namibios.

Cómo llegar

- Air Namibia (932 17 15 74; www.airnamibia.com). Vuelos entre Madrid o Barcelona y Windhoek, vía Francfort, desde 999 euros más tasas y gastos de emisión.

- La mayorista Nobel-tours (www.nobel-tours.com) tiene un paquete para pasar 12 noches en Namibia que incluye excursiones por las dunas de Sossusvlei, estancias en Windhoek, el Parque de Etosha o la ciudad costera de Swakopmund. A partir de 3.575 euros más tasas y suplementos.

El precio incluye billetes de avión, estancia y traslados.

Información

- Oficina de turismo de Namibia en París (00 33 144 17 32 65).

- www.namibiatourism.com.na.

- Documentación requerida: pasaporte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006

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