Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Cuentos de la barbarie

Fernando Aramburu crea un fresco de la realidad del País Vasco en una extraordinaria colección de cuentos. En Los peces de la amargura, el autor donostiarra pone rostro y voz a las consecuencias de la violencia, el desconcierto, la culpa o la resignación. Una crónica que mira al futuro.

"Dile a tu marido que deje el puesto y se vaya. Si no, le tendrás que ir preparando la capilla ardiente y no te lo digo más. Ya estáis avisados, sinvergüenzas". Así le habla la madre de un joven muerto a la esposa de un policía municipal. Otra cita: "Y todo por meterse a concejal. Yo es que no me lo explico. Si sabe que ETA se cepilló al que ocupaba el cargo antes que él, ¿para qué se arriesga? ¿Le gusta ir de mártir por la vida o qué?". Así reflexiona el vecino apolítico de un concejal cuya casa acaba de ser atacada con botellas incendiarias. La última: "En casa del viejo, viviendo Franco, ponían en el balcón la bandera española. Si había procesión allí iban, en primera fila con boina roja, y ahora esto". Así expresa Maritxu, la madre de un etarra encarcelado, la tendencia que tienen las mayorías a apuntarse a caballo ganador (ganador porque destruye al oponente político).

LOS PECES DE LA AMARGURA

Fernando Aramburu

Tusquets. Barcelona, 2006

242 páginas. 16 euros

MÁS INFORMACIÓN

Las tres citas están tomadas

de Los peces de la amargura, la última colección de cuentos de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959). Formalmente incluye relatos en primera persona ('Lo mejor eran los pájaros', por ejemplo) y cuentos narrados por una voz omnisciente ('Enemigo del pueblo', 'Los peces de la amargura', etcétera); uno está escrito en forma epistolar ('Informe desde Creta') y otro podría considerarse más un sainete beckettiano que un cuento ('Después de las llamas'). Desde el punto de vista de los contenidos, todos traen a un primer plano el clima de violencia social que se ha vivido en el País Vasco durante las últimas décadas, con el terrorismo de la organización ETA como telón de fondo.

En algunos relatos los personajes sufrieron daños colaterales en acciones terroristas. Es el caso del que da título a la colección, 'Los peces de la amargura', y de 'Después de las llamas', que la cierra con un guiño de humor. Entre éstos también se encuentra el interludio macabro de 'La colcha quemada', que refleja la miseria espiritual de los que se lavan las manos. En otros relatos los daños son directos e irreparables. 'Enemigo del pueblo' narra un linchamiento moral, y en 'El hijo de todos los muertos' un adolescente averigua cómo mataron a su padre y cae en la cuenta de que su compañera de iniciaciones amorosas es hermana de una de las asesinas. Esta asesina, cumplida la pena, recibe un sentido homenaje -con acordeón y trajes regionales- organizado por la cosa abertzale. 'Maritxu' y 'Golpes en la puerta' muestran respectivamente el vía crucis que pasa la madre de un etarra y el relato que hace un terrorista de cómo llegó a serlo.

No son retratos alentadores. Pero reflejan la regresión que se ha producido, en buena parte del territorio, al modelo represivo del primer franquismo -o de cualquier populismo nacionalista-: delaciones, amenazas, insultos, depuraciones raciales, exclusión social, consignas homicidas (¡ETA mátalos!), chismorreos convertidos en acusaciones y acusaciones convertidas en sentencias. En resumen, historias terribles que despiertan el hechizo que sienten los hombres ante la representación compulsiva del horror.

El valor histórico de estos diez

relatos reside en que documentan la sociedad de castas identitarias modelada en el País Vasco por el nacionalismo. Para quienes se interesen -hoy y dentro de cien años- por la vida cotidiana en Euskadi a finales del siglo XX y principios del XXI, no tendrá precio. Su valor literario, hay que insistir, descansa en la representación sobrecogedora de los conflictos que ha traído consigo la imposición de este modelo social. Los peces de la amargura, con la humildad deliberada de su costumbrismo lingüístico, transmite magistralmente la resignación y la culpa inducida en los parias; y también la desgracia de los educados en el odio asesino y en el mesianismo de "salvar a Euskal Herria". A Fernando Aramburu le debemos esta crónica templada y llena de futuro, tan humilde como soberbia y tan esencial como imprescindible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006

Más información

  • Fernando Aramburu