Cartas al director
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El porqué de la destrucción

En este verano caótico e incierto, en el que la capacidad de destrucción del hombre se ha manifestado en forma de guerras, atentados e incendios, sólo ha habido dos personas que me han ayudado a entender por qué.

La comprensión de una situación no cambia en absoluto el preciso momento en el que está teniendo lugar, tan sólo atenúa la sensación de miedo e incertidumbre que te invade cuando presencias el infierno que somos capaces de crear. Pero saber por qué, reflexionar y entender, sí puede cambiar nuestro futuro.

La primera persona que me ha ayudado a entender es Alessandro Baricco, en su obra Homero, Ilíada. Después de conducirnos por la sangrienta guerra entre aqueos y troyanos, nos ofrece en su conclusión una explicación a tanto horror: por qué los hombres se lanzan a la guerra y a la destrucción desde hace siglos y cuál es la única manera de evitarlo.

La segunda persona que me ha ayudado a entender es Isaac Asimov, en su trilogía Fundación, Fundación e imperio y Segunda Fundación. En esta obra, el creador de La Fundación, Hari Seldon, psicohistoriador, no encuentra una vía inmediata para evitar una guerra entre los planetas que conducirá a los hombres a una segunda Edad Media, pero sí ve una manera de evitar que los tiempos de oscuridad se alarguen durante miles de años: preservando la cultura y el conocimiento. Evitando que se pierda el saber.

No encuentro espacio en esta breve carta para detallar el razonamiento que Baricco desgrana en sus últimas páginas. No entiendo cómo no se ha creado ya un grupo de psicohistoriadores que haga entender a los gobiernos que el Ministerio de Educación podría evitar el trabajo del Ministerio de Defensa.

Lo que sí sé es que estos libros están al alcance de muchos, y que, cuantos más los leamos, más fuerza y más argumentos tendremos para no recurrir a la violencia, a la guerra, a las prohibiciones y sanciones, a la política del miedo, cuando lo que queremos es encontrar una solución.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 19 de agosto de 2006.

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