Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:DEBATE SOBRE MEMORIA Y COMUNICACIÓN

Experiencia colectiva

Afirma el autor que la memoria colectivizada no es más que la imposición de una determinada memoria.

Se habla mucho de memoria en estos días, en estos tiempos, donde la memoria no ha desaparecido (que no se utilice con la frecuencia que sería necesaria o aceptable es otra cosa), sino que se está convirtiendo en un signo de identidad o de distinción, un instrumento más de confrontación. Mi memoria contra la tuya; o mejor dicho, nuestra memoria contra la vuestra. De ahí a la negación de la memoria contraria y a la sacralización de la propia no queda más que un trecho, o un techo, según. Hay quien afirma con rotundidad que toda memoria es individual, que toda memoria abarca la experiencia individual, las vivencias, sentimientos y emociones de toda una vida. Sin querer polemizar, creo que no existe la experiencia puramente individual. Como ya lo dijo el poeta John Donne: "nadie es una isla". Y si alguien fuese una isla, su experiencia sería la suma o resta de las experiencias de los isleños, incluidos animales y plantas, y de la de aquellos que un buen día cayeron o recalaron por allí, vinieron y se fueron, y dejaron algo, una mirada, una brizna de sueño, un hilo de esperanza, un pequeño fósforo que el deseo encendió o apagó, a saber. No somos náufragos, habitantes de un leño, pecio, roca o ínsula solitaria. Desde el momento en que vivimos con otros seres y aceptamos esa convivencia, nuestra experiencia es puerto de todas las experiencias de las gentes que son en nosotros, o que han sido con nosotros. Nuestra individualidad no es más que un crisol donde se funden y se confunden otras individualidades. Y nuestra memoria no es más que el filtro que imponemos a las memorias de los otros seres cuya presencia aceptamos, curiosamente, a través del recuerdo o del olvido, que es lo mismo, o casi. Hace falta muy buena memoria para olvidar. Y hace falta tiempo, que, a veces, se siente como algo único, como algo que transcurre por el interior de cada cual convertido en sensación; y, otras, como un río por el que vamos nadando todos, intentando llegar a la otra orilla. Hay un tiempo interno y un tiempo externo. El tiempo del amor y del dolor son tiempos internos. Nadie puede medir nuestro amor o nuestro dolor, ni, por tanto, estar en nosotros, cuando amamos, penamos o nos dolemos. Somos amor o somos dolor. Sin embargo, sabemos que los demás también aman y sufren, como sabemos que existen amor o dolor, fuera de nosotros. Y ese saber forma parte, no sólo de nuestra existencia, sino también de nuestra memoria.

Nuestra vida es también la de los demás. Que lo queramos reconocer es otra cuestión

Decía Halbwachs en su obra La memoria colectiva, texto recuperado entre sus papeles en Buchenwald, donde fue asesinado, que el tiempo es lo que queda, lo que se hace lento y se llega a inmovilizar. Jorge Semprún también sufrió en Buchenwald. Su escritura, afianzada en la memoria, es la escritura de un superviviente, y su memoria no es móvil y cambiante, sino una estructura mental que intenta preservar el tiempo y el espacio del sufrimiento, el tiempo y el espacio del Holocausto, lo que sólo se consigue por medio de la escritura, que es otra forma de memoria. Ejemplo de memoria colectiva es la del Holocausto. Yo no lo viví, pero lo recuerdo; forma parte de mí, como muchos retazos de vidas ajenas, recuerdos robados o tomados en préstamo. Eso es la cultura, el lugar donde se guarda, no limpia e inmaculada, la memoria colectiva. Repito, no viví el Holocausto, pero lo recuerdo, porque algunos de los que sobrevivieron se encargaron de transmitir las muchas memorias que guardaron en la suya, para que nada se perdiera. Somos suma de memorias, qué le vamos a hacer. Nuestra vida es también la de los demás. Que lo queramos reconocer es otra cuestión. Pero memoria es, ante todo, comunicación.

Hace poco, el grupo de Will Wyman, músico que fue miembro de los Rolling Stones, tocó en la playa de San Sebastián con su banda. Una de las canciones que sonó, magníficamente por cierto, tenía como estribillo No nos moverán. Los músicos rogaron al público que la cantara y sucedió que muy pocos nos sabíamos, más o menos entera, la letra de la canción, y pertenecíamos, sin duda, a la generación que conoció la dictadura de Franco, aunque en sus postrimerías, bien es verdad. E indagando sobre el tema, pude darme cuenta de que los que conocíamos la canción habíamos vivido el mismo tiempo externo, pero no en el mismo espacio. Y sin embargo, en aquel momento de playa, era un recuerdo lo que nos unía y los trazos de una canción escrita sobre la arena nos hacían caminar ligeramente desde el presente hacia el pasado. Es de suponer que aquella canción, reivindicativa en su época, traería unos recuerdos diferentes a cada cual: el olor de una ciudad distinta, el sabor de una comida desigual, una lluvia o un sol no usuales, sensaciones que son individuales y únicas, porque pertenecen, al interior claro y profundo de cada ser.

Hay acontecimientos que trascienden y quedan marcados en la memoria de muchas generaciones. La muerte de Franco, el fracaso del intento golpista del 23-F, la caída del muro de Berlín, son acontecimientos señeros de mi generación, luminarias en el camino, faros indicativos de tiempos nuevos, quizá mejores, quizá no. Están grabados en la mente de quienes fuimos testigos de los mismos, aunque de distinta manera, según la sensibilidad y dotes de cada cual, y forman parte de nuestra identidad. La memoria individual define el lugar y el momento en que cada uno se encontraba en el instante del suceso. Proclama: "Yo estuve allí". La memoria colectiva nos indica que todo aquello sucedió, que fue real y verdadero, y que muchos fuimos los participantes.

Pero no hay que confundir memoria colectiva con memoria colectivizada, que no es más que la imposición de una determinada memoria, suprimiendo cualquier otra, sea individual o colectiva, que la contradiga. Es la utilización política de la memoria, como arma para atar el presente en las cadenas de un determinado e interesado pasado. Es la conversión del recuerdo en símbolo inamovible, como una bandera, un himno, un ejército de signos y de sombras.

Felipe Juaristi es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de julio de 2006