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Reportaje:70º aniversario del estallido de la Guerra Civil

"Los falangistas se hicieron fuertes y los fusilaron"

Ángel Aparicio, de 91 años, recuerda su huida bajo las balas del Cuartel de la Montaña

Dos Españas, dos historias. Una joven que iba para costurera en Madrid se alistó aquel 18 de julio mientras sonaban los tiros del Cuartel de la Montaña. Fue dinamitera y perdió una mano. Dentro del cuartel, un falangista de 21 años veía morir a sus compañeros durante el asalto. Escapó de milagro. Ambos recuerdan hoy aquellas primeras horas de la guerra.

El 18 de julio amaneció un sábado claro en Madrid, que no presagiaba tormenta veraniega. Calma engañosa. Unos 200 falangistas habían ingresado la noche anterior en el Cuartel de la Montaña para apoyar a los "cerca de 3.000" soldados que se levantarían en armas por la mañana. No era una noche para dormir. Al menos, el entonces joven falangista Ángel Aparicio no pegó ojo. Los mantuvo bien abiertos todo el día para escapar de las balas y para ver los cuerpos de "una treintena larga" de sus compañeros sembrados en el patio del cuartel. Lo recuerda hoy a los 91 años con un detalle prodigioso.

Temprano, se uniformó y recogió su mosquetón. "Andábamos brujuleando por las galerías del cuartel, mirando al exterior, la gente colocaba colchonetas en los balcones para protegerse. A las ocho empezaron a disparar desde fuera y se armó un bochinche... Había muchos, muchos contrarios. Cogí el mosquetón, enfilé sin apuntar y el percutor hizo clic. No funcionaba".

Balas de cañón cruzaban ya sobre las cabezas de los sublevados. "Era una sensación de falta de aire; después llegaron algunos aviones militares". Sobre "la una de la tarde", el golpe estaba sofocado. Madrid tendría que esperar. Los republicanos, una muchedumbre mal uniformada en aquellos primeros días de guerra, habían entrado al cuartel. "Algunos falangistas se hicieron fuertes y los fusilaron". Aparicio trataba de escapar de aquel patio infernal, pero su incursión desesperada por las galerías y las cocinas le devolvió de nuevo al mismo sitio. "Los fusilamientos", dice, "continuaban". Él se había quitado la guerrera porque le comprometía y, en la ruidosa confusión del momento, logró burlar las órdenes contrarias. Mientras se escabullía vio escapar a un capitán, al que recuerda fornido. Un miliciano que lo descubrió alertó a sus compañeros y, justo cuando uno de ellos disparaba al fugitivo, se cruzó en el camino de la bala uno de los rojos, un adolescente "de unos 15 años". "Cayó como un tronco, pobrecillo. Fulminante".

La gente se había echado a las calles, "como si se tratara de un espectáculo". Miraban la columna de rebeldes que eran conducidos a través de la plaza de España, flanqueados por los guardias de asalto, hasta un departamento de Sanidad que había unos metros más arriba. Allí pasó la noche Ángel Aparicio con otros 30 o 40 falangistas, sabiendo, todavía entonces, que el levantamiento en Madrid se había frustrado. Un autobús los llevó por la mañana a la cárcel Modelo. Seis meses.

Andando la guerra Aparicio logró pasar a la zona nacional para "impedir que los comunistas, y los socialistas en connivencia con ellos, hicieran de España una sucursal del comunismo ruso. No soportan que Franco derrotara al comunismo en el campo de batalla. Todavía no lo toleran".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de julio de 2006