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Tribuna:

Quo va Benedictus XVI?

Este fin de semana se celebra en Valencia el Quinto Encuentro de las Familias, presidido por el papa Benedicto XVI. Ante la prevista alta asistencia -se calculan 800.000 personas- y previsible ardor religioso, cabe preguntarse por el estilo que el por tantos todavía conocido como cardenal Ratzinger imprimirá al evento.

En lo fenoménico, no parece que los ósculos a pista abierta, el flamear amarillo de banderas, o el uso y abuso del papamóvil, comporten el estilo actual.

Más a fondo, la disyuntiva oscila entre la rígida e intransigente imagen de quien ostentó la Prefectura de la Fe y otra, tolerante y hasta aperturista, ofrecida en el año transcurrido del nuevo papado: entrevista con Hans Küng, defenestración del dirigente de los Legionarios de Cristo y presunto pederasta Maciel, solitaria y patética andadura en Auschwitz...

Y, sobre todo, su primera Encíclica. Veamos: glosar a Nietzsche para discrepar -¡faltaría más!- muy moderadamente del germano, reivindicar la memoria de Juliano el Apóstata y reconocer en la crítica marxista a la acción caritativa de la Iglesia "algo de verdad". Sobre esto ultimo señala que los errores son quizá explicables porque "los representantes de la Iglesia percibieron sólo lentamente que la estructura justa de la sociedad se planteaba (en la sociedad industrial del XIX) de un modo nuevo". Y concluye que "la sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política", y que "la Iglesia es una de estas (subrayado mío) fuerzas vivas" (las que "unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio"). Son elementos que, ciertamente, muchos no esperaban del nuevo Papa, que días antes del Cónclave había hablado de "la dictadura de los relativismos".

Si vamos aún más al fondo, el mensaje se centra en el título: Dios es amor (caritas), mensaje mucho más insistente a que sea o no logos, lo cual parece alejarnos del dogmatismo a que la propia formación intelectual del autor parecía amenazar.

Curiosamente, la Encíclica es en gran parte trasunto -adecuadamente solemnizado- de un discurso pronunciado por el entonces monseñor Ratzinger en 2004, denominado En busca de la paz y que comprende un capítulo de su libro Europa. I suoi fondamenti oggi e domani (hay traducción en la editorial Ciudad Nueva).

Fue mi afán europeísta lo que me llevó a la lectura de este texto, y no he de ocultar que quedé un tanto sorprendido. No por la elegancia del estilo y la apabullante erudición, dones indiscutibles e indiscutidos de Ratzinger, sino por comprobar en él mucha tolerancia y mucho, mucho relativismo.

Y no sólo por lo que se dice, sino por lo que se omite. Que en pleno fragor de la batalla acerca de la inclusión o no de las famosas "raíces cristianas" en el texto del Preámbulo del Proyecto de Constitución de la Unión Europea (2004), el cardenal Ratzinger no diga una sola palabra al respecto; que entre los peligros para la "dignidad humana" se ponga en guardia frente a clonación, conservación de fetos, tráfico de órganos etcétera, pero no se cite el aborto, y que este silencio venga abonado por la aseveración de que "es ser humano (...) el no nacido" (no dice el feto en cualquier momento y menos -cómo tantos por estos pagos- el embrión); y que en el conflicto balcánico se defienda una previa unión yugoslava "por la fuerza del derecho y de la historia común" sin la más mínima concesión al irredentismo católico-croata tan apoyado por su predecesor, son silencios, a mi modo de ver, significativos.

En cuanto a lo que se explicita, es muy importante su consideración de la Ilustración, la Revolución Francesa y la construcción europea como hitos indiscutibles de un acaecer transversado de racionalidad. Acude, al respecto, al spinoziano Deus sive natura. Que para explicar el impulso hegemónico europeo acuda a las tesis -a mi modo de ver totalmente periclitadas- de un Spengler errático y un Toynbee "espiritualista", no empece una cierta visión progresista que le lleva a desechar esencialidades y buscar "lo que hoy y mañana promete dar dignidad humana y una existencia conforme a ella".

Si a ello añadimos el relativismo (¿o no?) de afirmar sin concesiones que "si hay patologías en la razón, también las hay en la religión" (y del contexto resulta referirse a todas, comprendida la católica), de advertir contra el riesgo de que "Dios, o la divinidad, pueda convertirse en el modo de convertir en absoluto el propio poder, los propios intereses", de admitir -tras el rechazo de la "ideología del martirio" de los terroristas- que esos actos manifiestan también "desesperación ante la falta de justicia en el mundo"... la verdad es que este Ratzinger de la reflexión escrita no responde al de la hasta ahora versión presencial.

Bueno sería que recuperase para aquélla, la reflexiva, la futura versión activa, inequívocamente política. Desde su doble condición de Sumo Pontífice de la Iglesia Católica y jefe del Estado Vaticano tiene medios sobrados al efecto.

Y bueno será que para esa acción influyente utilice ámbitos tan multitudinarios -sería inconcebible dificultarlos- como este de Valencia.

Ojalá que en esta y ocasiones sucesivas, durante un pontificado que por razones de edad no se promete muy largo, ponga todo de su parte en acciones concretas: ecumenismo, diálogo y corresponsabilidad con laicos y laicistas (¡y que no recaiga en el tópico de contraponerles!), y, por supuesto agnósticos, para objetivos comunes como la lucha frente a la injusticia económica (habla de "cinismo de los negocios"), la degradación de la naturaleza, la plaga del terrorismo "cuyas causas deben ser buscadas", el reconocimiento de la "incondicionalidad de la dignidad humana y los derechos humanos como valores que preceden a cualquier jurisdicción estatal", etcétera.

Puesto que viene a un país con Gobierno socialista, no es del todo malo que -sin perjuicio de la defensa de las creencias y hasta de los intereses católicos- recuerde asimismo Benedicto XVI sus propias palabras del 13 de mayo de 2004 en el Senado italiano: "El socialismo democrático ha sido capaz, desde el principio, de incorporarse a los modelos existentes como un saludable contrapeso a las posiciones liberales radicales, y las ha enriquecido y corregido. (...) En muchas cosas el socialismo democrático estaba y está próximo a la doctrina social católica; en todo caso, ha contribuido considerablemente a la formación de una conciencia social".

Carlos María Bru Purón es notario, ex diputado a Cortes y al Parlamento Europeo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de julio de 2006