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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Antología del ángel

Los últimos escritos descubiertos de Raymond Carver han sido reunidos en este volumen: relatos primerizos, algunos poemas y el fragmento de una novela. Lo mejor: las introducciones y dos breves ensayos.

Cuando se cumplen dieciocho años de su muerte, la obra de Raymond Carver (1939-1988) se muestra aún como un bronco motín en la sección "Etiquetado y Empaquetado" de la cultura literaria. Los capataces de ese sótano lúgubre emplean el término "carrera" como si los esfuerzos sucesivos de un narrador sólo fueran méritos que se deslizan por el riel de la exégesis para acabar opositando a la gloria. Según ese punto de vista, la carrera de Carver fue un difícil, honesto y saludable regreso del cuento norteamericano a las fuentes del realismo. Nada de original había en ello, claro, pero sin duda esa singularidad, que pronto fue movimiento y moda, o un basto entreverado de ambos fenómenos, se adornaba con un condimento nada desdeñable: sin perder categoría académica, todo se entendía. Sus antecedentes, cómo no, Hemingway y Chéjov. Su sello: ser producto óptimo de los talleres de escritura creativa. Su "tema" (otro equívoco): lo soterrado histérico, cuando no calamitoso, en la clase media baja norteamericana. La etiqueta adhesiva: realismo sucio. La consagración: los cuentos de Catedral. Un primer aliciente biográfico: disfrutar de la corona de laurel cinco años escasos. El refrendo cultural de masas: la adaptación al cine que de sus cuentos hiciera Robert Altman. Un segundo puntito biográfico: dejar una viuda lejana en carácter a las temibles viudas negras de escritores prestigiosos. Tess Gallagher posee talento propio, capacidad que no le ha impedido dedicarse en cuerpo y alma a la memoria del difunto hasta, como añadiría un malicioso, que siempre los hay, vaciar sus cajones al completo; es decir, hasta lo inadmisible. A esos maliciosos sólo les daremos una oportunidad. El presente volumen parece, en efecto, el último cajón que quedaba en el despacho de Carver. Relatos primerizos, un salteado poético, cuatro folios de algo a lo que se llama fragmento de novela, prólogos, reseñas y dos brevísimos ensayos, los cuales ya había publicado en español la editorial colombiana Norma en una antología de prosas no muy diferente a ésta. Hasta aquí la oportunidad a los mezquinos.

SIN HEROÍSMOS, POR FAVOR

Raymond Carver

Traducción de Jaime Priede

Bartleby Editores. Madrid, 2006

235 páginas. 15 euros

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Los cuentos que se incluyen en

este libro son interesantes si uno sabe quién los escribió. De los poemas cabe decir lo mismo. Mayor interés tienen las reseñas que indican la amplitud de intereses de Carver, muy por encima de la autopromoción indirecta a la hora de entronizar a sus ancestros, acariciar el hocico de sus epígonos y desdeñar lo demás. Lo mejor son las introducciones y los ensayos: al leer las primeras se nos antoja que, en sus cinco años de gloria, a Carver le obligaron a escribir los prólogos de todas las antologías de relatos cortos, medios y largos publicados en Estados Unidos. Carver no cesaba de repetir sus convicciones de un escrito a otro, ¿qué otra cosa iba a hacer? Sin embargo, lo que podía decir más alto, pero no más claro, da una idea, esta vez sí, de los aspectos más profundos de su obra; la cual no obedecía a las consignas que luego le serían adjudicadas, sino a estímulos de la imaginación y a la madura necesidad de, precisamente, contar cada vez más claro y menos alto.

En su introducción a American Short Stories Masterpieces, por ejemplo, Carver nos dice: "Quizá éste -1953-1986- haya sido el periodo más agitado de la literatura norteamericana, una época en la que la corriente narrativa fluctúa sin encontrar un curso. No obstante, parece que podemos volver a utilizar la expresión obra maestra cuando nos encontramos ante un ejemplo singular de consistencia narrativa inserto en su propia tradición". Lleva el agua a su molino, pero es agua muy refrescante y un buen molino. No hay jerarquías en orden al presunto asombro de la temporada; sólo existe la entereza del logro. Carver nos explica una y otra vez que el relato consiste en unos principios básicos donde han de confluir práctica, talento y sutil indagación en el misterio. Y no se cansa de repetirlo. Ya sea por su propia boca, "hombres y mujeres implicados en el rutinario y a veces insólito oficio de vivir, como nosotros, plenamente conscientes de su mortalidad"; ya sea por boca de Joyce: "Cuando la relevancia humana de una obra, su alma, su esencia, nos abraza de un salto dejando atrás las vestiduras de la apariencia"; ya sea por boca de Santa Teresa: "Las palabras que llevan al obrar, la ponen presta y la mueven a la ternura". Precisamente, esta cita está incluida en el último texto en prosa que escribió. Finaliza así: "Ya no tengo más palabras". Hay algo angelical en la obra de Carver. Realista, desde luego. Y ésa es la paradoja sublime. La suciedad queda para el sótano de etiquetado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de abril de 2006

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