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Tribuna:

'Vive Mariano!'

De la ensalada de gritos y consignas con que Nicolas Sarkozy acabó de manera vibrante su discurso en la convención del Partido Popular, me quedo con el entrañable "vive Mariano!". En esa exclamación se condensaba, para bien o para mal, buena parte del mensaje de la convención con que el Partido Popular anunciaba al mundo que en España "hay futuro". Un futuro que pretende forjarse en esa mezcla extraña de un Mariano Rajoy con un perfil ideológico bajo y una pareja de hecho, Aznar-Sarkozy, con sobredosis doctrinaria. La captura de Rajoy por parte de los perdedores del 14 de marzo se expresó en mil y un detalles, y se confirmó con la potencia de aplausos que recogieron unos y otros en el significativo plebiscito de militantes y allegados. Rajoy tiene fecha de caducidad. Aznar, mientras, ha aprovechado el tiempo para entregarse en cuerpo y alma al mensaje neocon y convertirse en abanderado español de lo que es ya en Europa un inicio de cruzada antiigualitaria, darwinista (y al mismo tiempo caritativa) en lo social y ultraliberal en lo económico. Y ése puede ser el futuro del PP.

Es significativo contemplar los vídeos con que la web del Partido Popular obsequia a aquellos que no tuvimos la oportunidad de asistir al magno evento. En el que recoge el acto de clausura, vemos a un Nicolas Sarkozy que va aumentando el tono de su performance, hasta llegar al clímax de gritos y vivas con que rubrica su intervención. La pasión se desbordó al glosar Sarkozy el término popular, que comparten el PP y la Unión por un Movimiento Popular, que lidera. ¿Cuáles serían los valores comunes que se encerrarían en el término popular en la versión de Sarkozy? El trabajo, el mérito, la recompensa basada en el esfuerzo, la responsabilidad. ¿Cuáles serían los grandes enemigos de esos valores?, ¿quiénes serían los adversarios a los que batir? Sarkozy lo tiene claro: el socialismo, el igualitarismo, la obsesión por la nivelación social. Es decir, todo aquello que provoca "que muchos gocen de derechos que no se merecen". La audacia, el coraje de los populares, estribaría en denunciar esa impostura, en defender a ultranza la recompensa basada en el esfuerzo y el trabajo individual.

Detrás de esas palabras, detrás de esos eslóganes, hay bases teóricas, fundamentos ideológicos que alimentan esas ideas. Hace ya años que Charles Murray en Estados Unidos difundió la idea de los underclass, una concepción según la cual existe una clase social que es sistemática y permanentemente "escoria" y, por tanto, es absurdo seguir invirtiendo en esos sectores y esas personas. No sirve de nada. Lo único que se logra es enquistar y convertir en permanente una dependencia estructural. Ante esa realidad, sólo cabe apartar de la circulación a ese sector. "Limpiar" (en expresión de Sarkozy dedicada a la "canalla" que puebla, según él, los suburbios de las grandes ciudades francesas) de gente sin futuro las calles, para que los que quieren trabajar, progresar y obtener recompensa de su esfuerzo lo puedan lograr sin impedimentos, trabas y estorbos. Tal como dijo Aznar en la apertura de un congreso del Partido Popular hace unos años: "Sólo en el diccionario la palabra éxito está antes que la palabra trabajo". Si no quieren trabajar, les tenemos que apartar. Según esa concepción, ciertas desigualdades sociales son irrecuperables, imposibles de compensar. Sólo se pueden aliviar y compadecer, ya que no dependen de problemas colectivos, sino de errores individuales. Si, de esta manera, se despolitiza la desigualdad, entonces la caridad es una alternativa. La gente que forma la underclass es irrecuperable. Son expresión de patologías individuales y sociales. Son hechos concretos y lamentables, no problemas sociales. Y de esta manera (como afimaba Aznar cuando decía que todos los terrorismos son iguales y que sólo hay que preocuparse de los efectos del terrorismo y no de sus causas), lo que tenemos que hacer desde la perspectiva sarkozyniana es evitar los problemas que genera esa "racaille" y olvidarnos de unas causas irremediables.

Recuerdo un artículo muy interesante de Ulrich Beck, publicado hace unas semanas en EL PAÍS y titulado significativamente La revuelta de los superfluos, en el que se ponía de relieve que existen cada vez más sectores de la población mundial (y también europea) que ya no son necesarios desde el punto de vista productivo y que incluso, apunta el sociólogo alemán, ni siquiera serían necesarios desde el punto de vista del consumo. O sea que forman parte de sectores cuya existencia no nos queda más remedio que reconocer, pero que no podemos imaginar que compartan con nosotros el estatus de ciudadanía plena. Serían objeto de contención, de mantenimiento, de subsistencia, pero dejarían de serlo desde el punto de vista productivo, entendida la capacidad productiva desde la lógica de lo que el mercado requiere o no, y no desde una lógica de productividad social y colectiva.

La atronadora salva de aplausos con que el público asistente a la convención refrendó el discurso de Sarkozy contrastó con la tibieza de los aplausos con que fue recibido por el auditorio el mucho más matizado discurso de Mariano Rajoy. Las críticas dirigidas el día siguiente a Rajoy por los defensores de la nueva ortodoxia popular (editoriales, tertulias...) nos informan de cómo está el mercado de valores dentro del principal partido de la oposición. Uno sospecha que si bien España, sin duda, tiene futuro, el futuro de Rajoy en esa oleada de radicalismo de derechas que se ha adueñado del PP es más bien incierto. El "vive Mariano!" de Sarkozy señala los límites del proyecto de Rajoy y la estrechez del espacio que le deja Aznar. Y todo ello provocado por alguien como Sarkozy, a quien la organización Big Brother acaba de conceder el Premio Orwell 2005 "a la persona o colectivo que más amenaza la libertad", y se lo ha dado "por el conjunto de su obra". Como vemos, un abrazo emponzoñado, un viva a Mariano lleno de malos presagios.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de marzo de 2006