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Tribuna:

Para morirse de risa

Para unos, el editor del Jyllands-Posten es un irresponsable con notable mal gusto, para otros, un pirómano de ultraderecha. Leyendo su carta del 30 de enero se aprecia algo intelectualmente más honesto: por un lado, defiende la libertad religiosa y pide perdón a los que se hayan sentido ofendidos, por otro explica la iniciativa en términos del debate sobre la libertad de expresión que vive Dinamarca (un país con una larga tradición de libertad de expresión, recuérdese que fue el primer país del mundo que, en 1969, legalizó la pornografía). El día siguiente, el primer ministro danés, a la vez que elogió la importancia central de la libertad de expresión, expresó su respeto por las creencias de los musulmanes, lamentó que la comunidad musulmana de Dinamarca se hubiera sentido ofendida y celebró que el Jyllands-Posten hubiera pedido disculpas.

El que la historia no acabe aquí demuestra claramente hasta qué punto, de tanto creernos que utilizamos un doble rasero en nuestras relaciones con el mundo musulmán, hemos terminado por aplicárnoslo a nosotros mismos. Porque ¿cuál fue la reacción del presidente iraní cuando el mundo se indignó por su negación del Holocausto y por sus bastante explícitos deseos de borrar a Israel del mapa? ¿Pedir disculpas? ¿Declarar que cree firmemente en el derecho de los judíos a vivir en paz en las tierras de sus antepasados y abrir sinagogas donde les plazca? Claro que Mahmoud Ahmadinejad no tuvo que preocuparse por la suerte de los iraníes que residen en el extranjero, ni por la seguridad de sus embajadas, ni tampoco acerca de un hipotético embargo comercial contra productos iraníes. Desgraciadamente, la vida es siempre más fácil para los fanáticos que para los demócratas. Cosa bien distinta es que hayamos renunciado a darnos cuenta.

Quien se tome la molestia de mirar las caricaturas verá que, proviniendo de autores distintos, reflejan una enorme variedad de criterios en la aproximación al tema. De hecho, aplicadas al cristianismo o al judaísmo, bastantes de las caricaturas que publicó el Jyllands-Posten entrarían dentro de lo comúnmente aceptado hoy en nuestras sociedades en términos de libertad de expresión. Por otro lado, parece evidente que la prohibición de representar gráficamente a Mahoma sólo puede vincular a quien crea en la prohibición de representar gráficamente a Mahoma. Se trata de un tabú religioso, equiparable a la prohibición de comer cerdo, beber alcohol, recibir transfusiones de sangre, interrumpir el embarazo, no usar los ascensores en sábado o llegar virgen al matrimonio. Ninguno de esos tabúes vincula a los no creyentes y, por lo tanto, su cumplimiento ni les puede ser exigido ni menos impuesto con coacciones.

Aceptar que el sinnúmero de tabúes religiosos existentes vincula a los que no los comparten o someter la libertad de expresión a la prohibición de blasfemar supondría, sin duda, el fin de cualquier posibilidad de libertad en nuestras sociedades. Precisamente, ése es el valor del concepto de tolerancia: resignarnos a aceptar aquello que siendo legal, nos disgusta moralmente. Que los líderes religiosos y políticos del mundo musulmán no quieran aceptar este hecho es lo verdaderamente preocupante porque esta manera de entender la vida y la libertad, y especialmente el papel de la religión y sus dogmas, constituye el núcleo de nuestra forma de vida y ha sido ganada sobre la base de mucho esfuerzo y sufrimiento. El editor del Jyllands-Posten ha pedido perdón a quien se haya sentido herido, pero se ha negado rotundamente a comprometerse, tal y como le exigen, a no publicar nunca más caricatura alguna de Mahoma. Es una decisión legítima, y debemos estar preparados para respaldarla, aunque no se esté de acuerdo.

El problema es que los europeos ya no creemos en nosotros mismos. Por un lado tenemos mala conciencia. Con un pasado colonial tan tremendo y un presente tan fuera de control y, en bastantes sentidos, tan vergonzoso, tendemos a confundir los contextos, a los que tan ávidamente se recurre con fines explicatorios desde una izquierda desorientada, con las acciones que tienen lugar en dichos contextos. Pero igual que en Núremberg no se confundió el contexto de las humillaciones derivadas del Tratado de Versalles o el empobrecimiento de la clase media alemana con las acciones criminales de la jerarquía nazi, tampoco debemos quedar ahora inermes ante el fanatismo de una minoría de musulmanes violentos, que constituye una amenaza directísima no sólo para nosotros, sino para los propios musulmanes.

Por otro lado, tenemos miedo, un miedo atroz. Vivimos atemorizados individual y colectivamente ante el nuevo totalitarismo representado por el islamismo radical y su doble rasero, en el que la blasfemia se paga con la vida. La protección de la vida y la libertad constituyen la base de nuestro pacto social, pero Salman Rushdie y el cineasta Van Gogh, las Torres Gemelas y la estación de Atocha, prueban que este pacto está hoy en entredicho. Que las pancartas más violentas ("¡Decapitad a los blasfemos!") se hayan visto precisamente en las calles europeas pone en evidencia que el vaso del odio ha rebosado ya hace tiempo. El problema vendrá si la Europa impía sufre otro atentado masivo, porque se romperán todos los diques (especialmente, los electorales) que contienen una frustración, que no podemos ignorar, también es bastante elevada a este lado.

Por tanto, aunque se puede y se debe apelar a la mesura y a la responsabilidad y rechazar todas aquellas expresiones de odio religioso o xenofobia, especialmente aquellas que pretendan criminalizar el Islam en su conjunto, también sería necesario al mismo tiempo dejar claro que nuestros valores incluyen la crítica, la ironía e incluso la burla de lo religioso y que, por tanto, las representaciones gráficas de Mahoma, aunque moralmente rechazada por algunos, son legales, por lo que tienen que ser necesariamente toleradas. Complementariamente, también deberíamos recordar con toda modestia que, como ningún derecho es absoluto, en nuestras sociedades estas diferencias se dirimen ante los tribunales, no incitando abiertamente a la violencia contra las personas y los bienes y llamando al boicot comercial contra un país.

Una sencilla afirmación en éste o un sentido parecido en la carta conjunta firmada por Zapatero y Erdogan el 5 de febrero en el International Herald Tribune hubiera hecho un gran favor al futuro de la alianza de civilizaciones. Tampoco hubiera estado de más que, a cambio de las disculpas y llamadas a la calma, los europeos hubieran conseguido que los líderes políticos y religiosos del mundo musulmán afirmaran categóricamente que la violencia ejercida estos días en nombre del Islam ofende infinitamente más a Alá que cualquier viñeta o burla que se haga a costa de Mahoma. ¿Para qué sirve entonces la alianza de civilizaciones? Que Zapatero afirme que las caricaturas, siendo perfectamente legales, son "moral y políticamente rechazables", o que Solana firme una declaración con el secretario general de la Conferencia Islámica en la que se describen las caricaturas como "insultantes" (en lugar de "controvertidas") es casi tanto como condenar a los editores del Jyllands-Posten por blasfemos (es decir, más por representar gráficamente a Mahoma que por el contenido de las viñetas). ¿Supone esto que la decisión de EL PAÍS de publicar una representación no ofensiva de Mahoma en su portada es también considerada por el Gobierno como "moral y políticamente" rechazable? ¿Qué reciprocidad es ésta?

Una aclaración no estaría de más en un asunto tan sensible y que podría tener tantas repercusiones respecto al equilibrio entre la libertad de expresión y el respeto debido a toda religión u opinión. Si algo es evidente es que el equilibrio entre ambos valores no es sencillo. Por ello, el tema debe ser discutido con y desde los valores democráticos, no zanjado desde la coacción y el dogmatismo religioso.

José Ignacio Torreblanca es profesor de Ciencia Política en la UNED.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 15 de febrero de 2006