Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANACrítica
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Escuela de poetas

"Déjame que te abrace, ahora que todavía / tu piel no lleva escritas las mentiras del mundo / y tus labios son sede sólo de hermosura. / Porque sólo he querido ser bueno y verdadero / y tú puedes hacerme, déjame que te abrace". ¿Les suena? ¿Y esta otra?: "Después de terminar / una horrible relación / me fui a la eme-treinta / y pillé el borracherón. / Y allí estaba el nene / con su culo bonito / fumándose un petardo, / y tomando un cacharrito". La primera cita es un poema de Juan Antonio González Iglesias; la segunda está tomada de El marío de la cannisera [El marido de la carnicera], una canción de Rakel Winchester.

Si Hernando del Castillo hubiese vivido a caballo entre el siglo XX y el XXI, y si se le hubiera ocurrido la idea de hacer una gran compilación de la poesía de su tiempo y si, puestos a imaginar, la hubiese llevado a la práctica con criterios parecidos a los que empleó en el Cancionero general, tal vez habría incluido estas dos muestras de poesía reciente (al fin y al cabo, como señala Joaquín González Cuenca, el editor de esta titánica empresa, "con las canciones la vida se convierte en Literatura"). Pero Hernando del Castillo, un librero segoviano afincado en Valencia, vivió entre los siglos XV y XVI; dedicó casi veinte años, de 1492 a 1509, a reunir poesía dispersa en cancioneros individuales, en pliegos sueltos y en manuscritos; y por fin publicó la primera edición de su antología en la ciudad de Valencia. Corría el año 1511.

CANCIONERO GENERAL

Hernando del Castillo

Edición de Joaquín

González Cuenca

Castalia. Madrid, 2005

5 volúmenes (3.762 páginas)

260 euros

El éxito del Cancionero general fue tal que en 1514 apareció una segunda edición, también en Valencia. A las dos ediciones valencianas siguieron tres en Toledo, otras dos en Sevilla y las dos últimas en Amberes. La de 1573 cerró toda una época: la de un número uno en ventas que dejaba repartidos por el mundo 9.000 ejemplares. Si el Cancionero general no se volvió a imprimir fue por la censura moral de la inquisición y por la comercial de los editores. La primera había ordenado expurgar algunos poemas procaces, como el ingenioso Pleito del manto y el canto fálico Visión deleitable, así como obras que contravenían la política de la Iglesia en materia de divulgación de los textos bíblicos en lengua vulgar, como las Lecciones de Job, de Garci Sánchez de Badajoz. En cuanto a la censura de los editores, respondía a una cuestión puramente venal.

Censuras aparte, la obra había dado de sí todo lo que podía, deleitando a varias generaciones de lectores y enseñando a unas cuantas de poetas a colocar los "te quiero" en donde correspondía. Además, el formato mismo del libro, la fórmula del cancionero, había envejecido. Conviene recordar que en los 233 folios de la primera edición aparecían obras de unos 240 autores. Hernando del Castillo las dividió por materias en nueve grupos: "cosas de amores", canciones, villancicos, romances, invenciones y letras de justadores, glosas de motes, preguntas y respuestas, "cosas de devoción y moralidad" y, por fin, "cosas de burlas provocantes a risa". Sin embargo, como recuerda González Cuenca siguiendo a Antonio Rodríguez-Moñino, esta división no resultó efectiva porque al mismo tiempo que agrupaba los poemas atendiendo a criterios formales -romances, canciones, glosas- y de contenido -amorosos, píos, burlescos-, Del Castillo quiso también agrupar los poemas por autores. El resultado fue que una glosa religioso-moral de Lope de Estúñiga, por ejemplo, podría haber aparecido indistintamente en la sección de glosas, en la de "cosas de devoción y moralidad", y en la de los poemas del autor.

Estas características no le quitan al Cancionero general la importancia que tiene en la historia de la literatura española; sin embargo, no ha sido una obra tratada con generosidad. Ya desde comienzos del mismo siglo de su publicación corrían nuevos tiempos para la lírica; la poesía italianizante alcanzaba cotas increíbles con Garcilaso, mientras que la del cancionero llevaba claramente el sello del pasado. Muchos poetas del Siglo de Oro desdeñaron abiertamente la poesía cancioneril, pese a que el cancionero actuó como el cedazo donde se cribó y de donde salió pulido el endecasílabo en nuestra lengua. Para algunos pesos pesados como Menéndez Pidal, Menéndez Pelayo, Milà y Fontanals, el Cancionero general fue algo así como un pasado vergonzante. Identificados en gran medida con la vena toscana en la poesía del Siglo de Oro, proyectaron un origen único sobre la literatura que privilegiaban, olvidando que cada presente tiene muchos pasados o, por decirlo de otro modo, que Garcilaso y sus seguidores tuvieron muchos abuelos. El Cancionero general es uno de ellos, y nos habla de su pasado, de su presente y de su futuro como los poemas de Juan Antonio González Iglesias y las canciones de Rakel Winchester nos hablan de los nuestros.

Ilustración de Tullio Pericoli.
Ilustración de Tullio Pericoli.

Una edición impecable

JOAQUÍN GONZÁLEZ Cuenca, el editor de esta obra hercúlea, afirma que "hay que tener mucho valor (y mucha insolencia) para imponerse como tarea la edición del Cancionero general". No es jactancia, sino sorpresa y reconocimiento humilde de la propia temeridad, cuando la temeridad ha quedado atrás y se observan los frutos. En el caso de la presente edición los frutos no podían ser mejores. Desde que Rodríguez-Moñino sacó a la luz una edición facsímil en 1958 y, al año siguiente, un suplemento con todas las obras añadidas en las ediciones sucesivas, no se había publicado íntegramente el Cancionero general. La anterior edición completa, la que preparó José Antonio Belenchena para la Sociedad de Bibliófilos Españoles en 1882, sólo incluía lo añadido en las ediciones de 1527, 1540 y 1557. La que ha preparado González Cuenca lo da todo: una introducción concisa y clara, que hace accesible a cualquier lector los procedimientos del filólogo; un texto anotado con brevedad; una adaptación a la ortografía y a la puntuación modernas que facilita la lectura; notas de crítica textual apartadas del cuerpo del texto y, al final, en el último tomo, cuadros sinópticos, un glosario, índices onomásticos, de autores y de primeros versos. En los apéndices finales nos encontramos, entre otros documentos históricos y mercantiles, el contrato que firmó Hernando del Castillo con el impresor Cristóbal Cofman y con el librero Lorenzo Ganot.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 27 de enero de 2006.

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