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Reportaje:

Sierra Leona, un país hastiado de guerra

La ONU pone fin a su misión de paz en el país africano sin que hayan desaparecido las causas del conflicto civil

Dos equipos de militares nigerianos juegan al fútbol sobre la hermosísima playa de Lumley en Freetown. Desde uno de los chiringuitos, los antiguos niños soldado Abú, Filare y Sasko celebran divertidos, cerveza en mano, las torpezas de uno de los porteros. Hace seis años eran sus enemigos. Es la paz que trae imágenes extrañas. Los altavoces del bar escupen una de las canciones de moda: "¡Basta de corrupción! Seas bueno o malo, rico o pobre, di ¡basta!". Es de Daddy Saj, uno de los iconos de la nueva Sierra Leona.

Ese atardecer idílico de soldados futbolistas, espectadores guerrilleros y coches autoescuela serpenteando por la carretera playera esconde otra realidad, la de una paz imperfecta que no es la que aparece en la fotografía oficial de la ONU.

Sólo 65.000 de los 5,3 millones de habitantes de Sierra Leona tienen salario fijo

Cuatro años después del final de una de las guerras más crueles del continente, Naciones Unidas deja Sierra Leona, tras haber finalizado el 31 de diciembre su misión de mantenimiento de la paz, que llegó a ser (en marzo de 2001) la más importante de la organización, al contar con 17.500 cascos azules. Ahora, sin muletas exteriores, retorna el fantasma del miedo y las pesadillas de mayo de 2000 cuando el Frente Revolucionario Unido estuvo a punto de tomar Freetown, pese al despliegue de la ONU. Han pasado los años y ya no hay guerrilla ni soldados británicos para defender in extremis la capital, sólo queda esa paz imperfecta que no sale en las fotos y las causas que provocaron y alentaron la rebelión de 1991.

"No estoy contenta de que Naciones Unidas se vaya", confiesa Joy Samaké, empresaria sierraleonesa de 69 años y ex colaboradora de la ONU en Nueva York. "Los chicos que hicieron la guerra siguen en la calle y no hay empleos para ellos [El 68% de la población vive con menos de un euro al día y sólo 65.000 de los 5,3 millones de habitantes tienen salario fijo]. La ONU no ha creado en estos años las condiciones de una verdadera paz. Es una organización diseñada por blancos para arreglar sus problemas después de la II Guerra Mundial y que no ha sabido en todos estos años adaptarse a las necesidades de África y del Tercer Mundo".

En las atascadas calles de Freetown apenas se ven mutilados, el símbolo de un conflicto que costó la vida a más de 50.000 personas. El campamento Sinan Fakwamu for Tumara (Esperanza para Mañana), en donde vivían cientos de ellos, ha sido reemplazado por un bullicioso mercado. El Gobierno envió a los lisiados a casa, y los que se negaron, por temor o porque carecían de familia, fueron recolocados en seis campamentos del extrarradio, lejos de la vista y de la memoria de todos.

Dos calles abajo, junto a un restaurante coronado por un Papá Noel hinchable, un cartel publicitario alerta del riesgo del sida, otro de los problemas nacionales: "El futuro está en nuestras manos". Se trata de una frase desafortunada, sin tacto, pues fue el eslogan gubernamental de las elecciones de 1996 y al que la guerrilla respondió con una brutal campaña de amputaciones.

Lejos de Oriente Próximo, Sierra Leona es a su manera otro campo de batalla espiritual: imanes y predicadores enviados desde Estados Unidos pugnan por la salvación de cada alma en un país de mayoría animista. Los poda poda (taxis colectivos) circulan engalanados con dibujos y mensajes religiosos. Uno de ellos ha resuelto el dilema con sabiduría popular: "Dios bendiga a Alá". Elisa, monja clarisa mexicana que dirige un colegio católico con 2.200 niñas en Lunsar, conoce esa realidad y evita proclamar sus éxitos: "Vienen porque les damos de comer; si llegara otro que les diera también de cenar cambiarían de escuela".

De una tiendezuela del centro de Freetown brota otra canción protesta: Bordor Bele, de Emerson, un juego de dobles sentidos entre el vientre de las embarazadas y las panzas de los corruptos. El padre de estos músicos es Johnny B, reconvertido en empresario a sus 36 años. "Tengo que ser optimista, pero las causas de la guerra siguen ahí fuera: pobreza, injusticia y corrupción. Seríamos los más idiotas del mundo si permitiésemos que volviera a estallar. La mejor noticia es que estamos hartos de tanta guerra".

Johnny B no oculta su admiración por Sasko, de 19 años, que aprendió hace cinco a tocar el piano eléctrico en el programa de recuperación de niños soldado del misionero español Chema Caballero en la aldea de Lakka y que ahora sueña con grabar en Europa. El 26 de noviembre Sasko, que aún conserva ese teclado a pilas, cantó en el estadio de Freetown ante 20.000 personas en un concierto organizado por Naciones Unidas. War don don. Peace don kam fue el lema (La guerra terminó. Llegó la paz). Sasko no se arrugó ante las autoridades y escogió una de sus letras más ácidas. Su primer disco, que acaba de salir, ha sido financiado con ayuda de antiguos niños soldado.

Chema Caballero tiene su nueva misión al norte del país, en Madina, en plena selva. "Es un lugar interesante: fue ocupado por la guerrilla durante casi toda la guerra y por eso apenas hubo destrucción. Ahora conviven ex guerrilleros y víctimas. Trabajamos por una reconciliación real". Las filias futboleras del misionero javeriano se han trasladado al campo de juego donde dos equipos (mitad de ex combatientes, mitad de refugiados) llevan el nombre del Real Madrid. Es viernes, día de partido y de mercado. De la vecina Guinea-Conakry cientos cruzan el río Kolente para comerciar. Si estallara una guerra al otro lado, como muchos predicen a la muerte del dictador Lansana Conté, Sierra Leona estaría de nuevo en grave peligro.

"No les abandonamos", exclama Víctor da Silva Angelo, representante especial adjunto de Kofi Annan en Sierra Leona. "Naciones Unidas no se va, sólo transforma su misión: pasamos de una de mantenimiento a otra de construcción de la paz". El portugués Da Silva Angelo estará al frente de una pequeña oficina de 150 expertos cuya labor concluirá, probablemente, en las elecciones presidenciales de 2007. El representante especial recuerda que la seguridad del país y la de su Tribunal Especial de la ONU (que apenas dispone de fondos) estarán garantizadas por los 15.000 cascos azules desplegados en Liberia, que también acaba de emerger de una larga guerra civil, y que tienen mandato para intervenir si las circunstancias lo demandaran.

Bokie Kandeh acaricia un sueño: que al menos una persona sepa leer y escribir en cada una de las 180 aldeas de su reino. Él, que gobierna su territorio con el sobrenombre de Arafan Mumini II, es uno de los 149 paramount chief de Sierra Leona, reyes que tenían el derecho sobre la vida de personas y animales antes de la llegada de los británicos. Mumini II está quejoso porque lleva seis meses sin cobrar su salario estatal y no deja de tener encontronazos con el gobernador regional elegido en 2004. La convivencia entre el sistema tradicional y la descentralización sugerida por el Banco Mundial ha generado en conflictos y multiplicado la corrupción.

"Sierra Leona es un Estado soberano con los recursos necesarios para resolver sus problemas y no debe esperar a que todo se lo arregle la ONU", asegura Ibrahim Kangbo, presidente de la Asociación de Periodistas de Sierra Leona y editor del periódico El Nuevo Ciudadano. Kangbo ha tenido que lidiar, como presidente de la Asociación, con el caso Paul Kamara, periodista que estuvo dos años en la cárcel por insultar al presidente cuando sólo recogió las críticas de un informe internacional, y el de Harry Jansaneh, asesinado a palos por el hijo de un diputado ofendido por sus trabajos.

Pese a los esfuerzos de la ONU (ha requisado 42.330 armas y más de un millón de piezas de munición y desmovilizado a 75.000 combatientes), Sierra Leona no ha logrado limpiar su imagen de país peligroso. El concierto War Don Don con el que se quiso celebrar el cumplimiento de la misión no pudo contar con artistas internacionales de relieve, aunque el senegalés Youssou N'Dour estaba dispuesto, porque ninguna aseguradora, ni la de Naciones Unidas, quiso asumir el riesgo. No es el caso del aluvión de oportunistas y aventureros (y algún empresario) que aterrizan en este país de playas paradisíacas en busca del maná en las minas de diamantes de Kono o en las de rutilo de Kanema.

Al anochecer, Freetown se disfraza de ciudad sonámbula. La única iluminación de las calles son las miles de lamparitas de petróleo con las que los vendedores callejeros alumbran su oferta. En las colinas se ven algunas casas encendidas y se escucha el zumbido constante de los generadores, el único medio para obtener luz eléctrica en la capital y en las ciudades de Kono y Kanema, donde está la riqueza. El resto del país pertenece al mapa de la oscuridad y al de la miseria (Sierra Leona ocupa el penúltimo lugar en el Índice de Desarrollo Humano de 2005 del PNUD). Cuando se pregunta por qué nada funciona, la mayoría responde resignada: "Na de system" ("Así son las cosas"). Pero otros como Raquel sonríen, se encogen de hombros y desempolvan un viejo refrán sierraleonés que, en este caso, es el de la esperanza: "Incluso el agua sucia apaga fuegos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de enero de 2006